jueves, 11 de agosto de 2011

58-. Exoterror.

Nueve de agosto. Las ocho y media de la tarde. Dana y yo andamos por Malasaña. Aunque el día está casi vencido, el calor todavía tiene la fuerza suficiente para subir reverberando desde el asfalto y pegarnos la ropa a la piel. A nosotros y a cualquier ser vivo con el que compartamos espacio y esté vestido. La poca gente con la que nos cruzamos parece moverse a cámara lenta.

Poco antes nos hemos fumado un porro mientras andábamos sin rumbo y nos poníamos al día. La última vez que nos vimos queda ya muy atrás y había mucho que contar, sobretodo por su parte. Pero tranquilos, la historia de hoy no va de dos personas que se reencuentran y bla, bla. Cero por ciento sandeces sensibleras. Hoy no. Primero porque no es el caso, segundo porque lo que me apetece contar es mucho más prosaico.

El caso es que, gracias a un par de sustos de otra vida, que afortunadamente se resolvieron sin subir de categoría, no acostumbro a fumar marihuana, pero, vete a saber tú por qué, me ha parecido descortés rechazar el porro cuando ella me lo ha pasado, así que me he autoadministrado la dosis que, desde que dejé de consumir esta droga, considero dentro de la zona de seguridad: tres caladas.

A pesar de ello, hace rato que los baldosines de las aceras emiten un fulgor azulado que no les recordaba, y todas las personas que veo se parecen a Angela Landsbury. Niños incluidos. Un poco como en este vídeo de Aphex Twin, pero en plan vieja repelente. Quizá la velocidad a la que percibo que andan tampoco sea efecto del calor.

Cuando Dana propone que nos acerquemos a la plaza a por un zumo, imagino a las maravillosas propiedades de la fruta fresca y recién exprimida esparciéndose por todo mi cuerpo, desde el estómago hasta las puntas de los cabellos, mientras ahuyentan, a golpe de vitamina y antioxidante, a esta neblina molesta y surrealista. No hay nada que necesite más ahora mismo. Tras intentar despegar mis labios tres veces sin conseguirlo, asiento, sonrío y la sigo.

No recuerdo como se llama el sitio de los zumos. Es una pequeña ventana que da a una de las calles adyacentes a la plaza del Dos de mayo. Los que vivís aquí seguro que habéis pasado por delante mil veces. Detrás de la ventana sólo hay sitio para un par de licuadoras, otras tantas neveras, una mesa y una chica con sobrepeso, tocada con una ridícula visera naranja.

Mientras Dana y yo fingimos hablar, moviendo los labios pero sin emitir ningún sonido, o eso es lo que me parece, veo por el rabillo del ojo como la chica se aparta con brusquedad de la licuadora en la que, hasta ese momento, trabajaba en nuestros zumos. Cuando me giro, me la encuentro mirándome, lívida. Lo primero que pienso es que se ha cortado con algo, pero tras unos segundos de silencio algo incómodos, me saca de mi error.

Cucaracha.

¿Qué? Acierto a decir, aunque la palabra ha llegado cristalina a mis oídos. Que acabo de ver una cucaracha y les tengo fobia. No me puedo mover. Mi primer impulso es pincharla con algo, para ver si se mueve o no, pero en lugar de ello miro a Dana, que no dice nada. Supongo que nos miramos durante mucho rato, porque al final, una señora, situada a nuestras espaldas y de la que no teníamos noticia hasta ese momento, chasquea la lengua y decide intervenir.

Oye, que la cucarachas no hacen nada y yo tengo un poco de prisa.

No, si ya lo sé, contesta la chica, pero de verdad que es superior a mí, si veo una no me puedo mover. ¿Qué hago, llamo a mi jefe? En ese momento me da por mirar al muro situado detrás de la chica, y veo que al menos cinco parientes de la causante de este entuerto han decidido también asomarse a ver qué ocurría, y andan por las baldosas verdes hacia el techo dibujando rayos de sol equidistantes, siempre y cuando entendiéramos la licuadora como el núcleo solar. Como no podía ser de otra forma, la chica, siguiendo mi mirada, se da la vuelta.

Estoy a punto de gritar que no lo haga en plan película mala de miedo, pero no me da tiempo. Un chillido, cercano en megaherzios al que emitiría una orca en celo, nos perfora los tímpanos. La chica nos vuelve a mirar, aproximadamente el doble de lívida que la primera vez, y decide obsequiarnos con un mantra, quizá con la intención de sanar nuestros maltratados oídos. La canción, repetitiva como todo buen mantra, dice algo como: yoasinopuedotrabajaryoasinopuedotrabajaryoasinopuedotrabajaryoasinopuedotrabajar...

Llegados a cierto punto, la chica decide interrumpirse a sí misma, y, clavando sus ojos en los míos de un modo tan malévolo como intencionado, nos dice que si alguien quiere entrar y matarlas le hará un favor muy grande. Genial. Ahora las tres me miran. El subtexto de esas miradas no es nada difícil de entender. Mis ancestros homínidos que salían a cazar dinosaurios a golpes de garrote y toda la evolución machista desde entonces, todas las historias de caballeros matando a dragones y cien años de películas, me obligan a enfrentarme a las bestias a pecho descubierto.

Lo que estas tres no saben es que sólo las garrapatas me dan más miedo que las cucarachas. Y las razones de ese pavor sobrehumano e imposible de superar, totalmente justificado, no como el de la cobarde con visera, quedan perfectamente explicadas en este post de hace unos años.

Sabiendo que no voy a ser capaz de admitir que preferiría desnudarme y bailar esto a entrar allí dentro, vacío de aire mis pulmones y levanto la barra de madera para entrar en el infierno. La primera víctima intenta esconderse dentro de las hojas de una piña, pero agarro la fruta, con el vello erizado del asco que siento, y la sacudo hasta que la pequeña hija de puta da con su exoesqueleto contra el suelo. Cuando la aplasto con mi zapatilla no puedo evitar cerrar los ojos y contraer los músculos de mi cara. Por suerte, estoy de espaldas a las tres culpables de mi suplicio. Me da tiempo a matar una segunda, con una especie de mano de mortero, mientras corretea por la barra, antes de que se presenten las primeras náuseas. La otras tres cucarachas parecen haber entendido que es mejor esperar un rato antes de volver a asomar las antenas, no hay ni rastro de ellas. Gracias, dios, en mi vida he pensado que existieras, pero en este momento no me da vergüenza pronunciar tu nombre.

Cuando Dana y yo nos alejamos de la pequeña ventana con sendos vasos de zumo en la mano, oímos la voz de la señora que esperaba tras nosotros.

Da igual, déjalo, que se ha hecho muy tarde.

Canción de la noche: Radioactivity, en la versión de Señor Coconut, por la consabida historia sobre cucarachas y catástrofes nucleares, y porque esta versión tropicalizada, habiendo luchado a muerte con ellas entre piñas y mangos, me parece más apropiada que la original de Kraftwerk.

2 comentarios:

6PELAIWASS dijo...

"la cucaracha, la cucaracha...."
salud mandrileña!

Anónimo dijo...

Te hecho de menos...