lunes, 6 de junio de 2011

56-. Dos exorcismos.

Dos exorcismos en diez días son demasiados incluso para alguien como yo, al que el diablo siempre le pareció un tipo gracioso, y que ostenta, a modo de cartel de neón sobre la cabeza, un doctorado cum laude en el arte de sobreponerse y seguir andando.

Puede que no haya ayudado el hecho de vagabundear cuatro días por el paraíso, con las pupilas dilatadas como rodajas de limón y el cuerpo acribillado a aguijonazos de colores, para luego tener que volver a este lugar del que no provengo, pero al que, por lo visto, pertenezco.

La cuestión es que dos son demasiados.

Incluso para mí.

El primero era un negocio cerrado. Un producto con fecha de caducidad. Todo estaba perfectamente acordado, y aún así salió mal. 'No se llora en mi cama' es algo que debería grabar con un cuchillo en la puerta de mi habitación a modo de aviso para navegantes. No se llora en mi cama ni se escupe a menos que se quiera ser escupido de vuelta.

El segundo no tendría ni que haber ocurrido. Nada escrito en la agenda, ninguna fecha señalada en rojo en el calendario, y el demonio sabe que todos los poros de mi piel estaban cerrados a cal y canto. Aun así ocurrió, como el nacimiento de una de esas orquídeas cuyas raíces parecen no estar enterradas en la tierra. Sin alimento. No hizo falta demasiado, de hecho no hizo falta nada de nada, y quizá eso sea lo que más desconcertó al músico disfrazado de cura que recitó las oraciones mientras yo vomitaba a sus pies.

Uno apareció esta tarde por sorpresa en la pantalla de mi ordenador, subvirtiendo las reglas del juego a las que me había condenado sin pensar que quizá, quizá, el momento agonizaba de inanidad, precisamente la condición que dio alas al otro.

Ahora, el pecho enjuto sigue subiendo y bajando al ritmo de mis pasos, qué son dos muescas diminutas para alguien con querencia por las cicatrices. Pero mentiría si dijera que los colores de este invento en el que habito no están un poco más apagados.

No hay nada que un estricto régimen construido a base de Radiohead y Michael Cunningham, de bailes solitarios en mi habitación y palabras que hubiera deseado escribir yo, no pueda curar. Seguiré haciéndome sangrar los oídos debajo de los auriculares en la oscuridad para que la gente de mi alrededor pueda seguir celebrando la noche. Pero por momentos yo no estaré allí.

Si yo fuera el inventor de todo esto habría muchos más encuentros fortuitos que desencuentros programados. Noruega sería un jersey colgado dentro de mi armario y todos los pisos con gato dentro tendrían ascensor. Si yo hubiera inventado esto, las palabras no serían más que palabras, y no se podrían usar como escondite, arrojar como bombas de mano, o retorcer para ser encajadas en sitios a los que no pertenecen.

Si esto hubiera sido inventado por alguien como yo, se haría de noche y de día a nuestro antojo, y podríamos acumular horas de sueño para luego permanecer despiertos el tiempo que nos quedara aquí. Si esto fuera mío, aún andaríamos cogidos de la mano.

No, mejor, no nos habríamos conocido nunca.

Si yo hubiera inventado esto, un piano cabría en un bolsillo de un pantalón vaquero, y me habría reservado el derecho a tocar como Bill Evans. Tocar como Bill Evans, escribir como Huidobro y follar como John Holmes. Aunque mucho me temo que las buenas críticas de Holmes se debían más a una cuestión de tamaño que de pericia. Un idiota jamás puede ser un buen amante.

Por mucho rabo que tenga.

Si yo fuera el inventor de todo esto, Gill Scott Heron no habría ido más allá de meterse rayas, Rimbaud no habría dejado de escribir a los veinte años, y Mark David Chapman se habría quedado en casa masturbándose ese maldito ocho de diciembre.

Si esto fuera mi invento, Steve Reich no tendría setenta y cuatro años, Al padre de Marvin Gaye no le habrían gustado las armas de fuego, Buddy Holly y Otis Redding habrían decidido coger el autobús, y Francesca Woodman habría seguido disparando hasta convertirse en una anciana, en vez de saltar por la ventana de su piso en el Lower East side.

Si todo esto fuera mío, Miguel Hernández le habría podido cantar esas nanas a su hijo, y Susan Sontag habría muerto plácidamente, la misma muerte que mi propia madre se hubiera merecido.

Si éste fuera mi invento, esto jamás habría sido escrito.

Let it all drop.

Canción de la noche: Spitting venom, de Modest Mouse, por razones obvias.