lunes, 4 de abril de 2011

55-. Madre, niño, perro.

Una de las cosas que más me gustan de Madrid es que sólo hace falta salir a la calle para encontrar cosas sobre las que escribir. Los atardeceres vendrían inmediatamente después.

hoy por la tarde volvía del mercado, envuelto en uno de esos atardeceres que me reconcilian con esta maldita ciudad, cuando me he cruzado con el niño que no sabe que su perro no es su perro. La última vez que le vi, yo todavía vivía con Laura.

ha crecido, algo esperable en un niño de su edad. Incluso puede que haya crecido lo suficiente como para descubrir que su perro, en realidad, no es su perro. El animal trotaba a su lado con media lengua fuera, ajeno a la impostura en la que vive.

Una tarde, el niño apareció con su madre y un perro en el parque donde nosotros paseábamos a los nuestros. Por aquel entonces, su perro todavía era su perro, se lo habían regalado sus padres por una navidades, o un cumpleaños, y estaba aprendiendo a pasearlo.

Aunque parezca mentira, a pasear perros también se aprende, sobretodo si eres un niño.

Su perro y los míos hicieron buenas migas, y desde entonces no era extraño que nos encontráramos tarde sí y tarde también. Recuerdo en particular una conversación con la madre acerca de los beneficios que le aporta a un niño crecer con un perro al lado: ocuparse de él, tener una responsabilidad, aprender acerca del amor incondicional, del respeto, aprender también a entender las necesidades de otro ser, a protegerlo...

De repente dejaron de venir. Con Laura lo comentamos al principio con extrañeza, pero esa sensación se fue diluyendo un poco más con cada nuevo paseo, hasta terminar desapareciendo.

Cuando ya casi no les recordábamos, una tarde nos vino a visitar la madre. Sin niño ni perro. Al pobre animal lo había atropellado un coche en plena calle Bailén. Lo llevaban suelto, se asustó y echó a correr. El conductor ni siquiera paró a ver qué era lo que había golpeado a su vehículo. El perro murió casi en el acto. Al niño, ausente en el fatídico momento, le contaron que lo habían llevado a una granja para que creciera con otros animales, que quizá volvería con ellos cuando se hiciera mayor. La mentira piadosa de hoja más afilada que conozco.

Un par de meses después, Laura y yo vimos a niño, madre y perro paseando por la calle tan alegres.

Una vecina nos desveló el misterio. Ignoro como lo consiguieron, si fueron a buscarlo al mismo sitio de donde sacaron al anterior o removieron cielo y tierra hasta que dieron con un perro igual al difunto. La cuestión es que el parecido era asombroso. Lo encontraron, se lo llevaron a casa y lo bautizaron con el mismo nombre.

Para el niño, el perro ya había crecido lo suficiente como para volver de la granja y santas pascuas.

hay varias cosas que me llaman la atención de esta historia, os prometo que totalmente verídica. Por un lado, el disgusto de los padres, de cualquier dueño, en realidad, cuando se te muere un perro. Una de las cosas más complicadas por las que he pasado. Una pena amplificada, en este caso, por la obligación de tener que hablarle de la muerte a un niño.

También resalto la opción, alguien podría pensar que un poco cobarde y de moral dudosa, pero totalmente comprensible, de mentir a tu hijo para resguardarlo del dolor, para retrasar ese contacto inevitable el mayor tiempo posible.

Y si hablamos de cobardía e inmoralidad, es justo también remarcar la fuerza de voluntad y la capacidad de sacrificio de esos mismos padres. Resueltos a conseguir algo prácticamente imposible sólo para mantener intacta la fe, poca o mucha, que su niño haya empezado a depositar en esta vida.

Sin duda, el golpe de efecto de conseguir un perro igual al anterior y hacerlo pasar por éste a los ojos de tu hijo para salvaguardar tu mentira y su inocencia de una tacada, tiene una fuerza dramática y una originalidad digna de un guión firmado por Charlie Kauffman.

Pero para mi gusto, donde reside el poder de esta historia es en el futuro. En lo que no está escrito todavía. En esos padres que deberán optar por mantener esa mentira, con el cargo de conciencia que les presupongo, repitiéndose a sí mismos de noche y con la luz apagada que hicieron lo que tenían que hacer. O por descubrirla en algún punto del crecimiento de su hijo, con el consiguiente enfrentamiento a conceptos con tanto peso como la verdad o la confianza.

Y sobretodo, en ese hijo que crecerá en las sombras, ajeno a una mentira pero también de espaldas a algo realmente bello que sus padres hicieron por él. Manipulado, sí, pero por una gran causa. O que hablará del perro que no era su perro como la génesis de la difícil relación con su madre en cada primera cita con un psicólogo.

La vida es tan bella como perversa.

Canción de la noche: Rebellion (lies), de The Arcade Fire. Porque cuando la vida me fascina y me da miedo a partes iguales, la banda sonora siempre es este disco.