miércoles, 16 de febrero de 2011

49-. Asfixia.

Abro los ojos exactamente a las cuatro y cincuenta y siete de la madrugada. Lo primero que escucho es el zumbido de mi ordenador sobre el escritorio, preparado para despegar en cualquier momento.

Me he quedado dormido sobre las dos, pero estoy tan despierto, mis sentidos tan afilados, que podría convencerme de que he disfrutado de una larga y relajada noche de sueño reparador.

No lo entiendo.

Busco en google INSOMNIO + CAUSAS sin estar convencido de que mi trastorno sea ése, no tengo ningún problema en dormir durante las horas de sol. Hay algunas enfermedades que pueden causarlo, como las úlceras de estómago, una actividad desmesurada de la tiroides, la artritis o el asma. Que yo sepa, no sufro ninguna de ellas. No veo escrita por ningún lado la palabra tumor, pero lo que leo acerca de la relación entre el insomnio y las insuficiencias cardíacas o los derrames cerebrales basta para que se me encoja el estómago.

También descubro un nuevo trastorno, llamado síndrome de las piernas inquietas y me reconozco en casa síntoma descrito. Para los hipocondríacos, usar internet es a veces como intentar cortarte las venas con el cuchillo de la mantequilla, una tortura que te aleja de tu propósito cuanto más crees que te estás acercando.

Afuera es de noche. Mientras decido en que ocupar las tres horas que faltan para poder salir a desayunar me entretengo haciendo una pirámide con los filtros de tabaco que hay desperdigados en mi escritorio. Siete en la primera fila, seis en la siguiente, etc. Mi obra se derrumba cuatro veces antes de estar concluida.

Veinte minutos después he terminado de leer la novela que me ha mantenido ocupado estos días, Asfixia, de Palahniuk, y vuelvo a estar en la casilla de salida. Lo leído no ha conseguido mejorar mi estado de ánimo. Trópico de cáncer me espera dentro de mi mochila. Leo la primera página de la introducción como los perros mean en las esquinas, para marcar el territorio, para decirme a mí y al libro que ya lo he empezado, y lo cierro sobre mi pecho.

Oigo la vibración de un aparato. Mi teléfono descansa en la mesilla de noche, me declaro inocente, señoría, y es demasiado pronto para que suene el despertador de Ricard. Facebook me aburre, no me apetece prepararme la sesión del viernes, ni la de esta noche - nota mental: recuerda dormir algo por la tarde, no puedes ir a pinchar llevando casi veinticuatro horas despierto, sabes por qué - y prefiero guardarme el documental sobre Bukowski que tengo a medias para otro momento.

Media hora después he terminado el videobook de Gorka. Pasará a recogerlo esta noche, antes de que yo me largue a Charada a pinchar. No era lo que más me apetecía hacer, es más divertido mirar las uñas de mis dedos a ver si crecen, pero era a lo que menos le faltaba para estar terminado.

Creo que sé cuando empezó todo esto. El día uno de noviembre, día de todos los santos, a las doce del mediodía. Yo volvía de un after cuando mi hermana me llamó para decirme que mi padre acababa de morir de un infarto. Tuve otra época parecida antes, yo tenía diecisiete años y estaba yendo al psicólogo. Mis padres, tan adorables como ilusos, creían que así me iba a curar de algo llamado adolescencia. Según mi psicólogo - me resisto a escribir esta palabra sin la P inicial igual que jamás escribiré güisky o guion sin tilde por mucho que hombres y mujeres mucho más sabios y leídos que yo digan que es lo correcto - sostenía que esos patrones tan extraños en mis horas de sueño eran provocados por mi miedo a morir. Que mi subconsciente se resistía a dejarme dormir por miedo a no volver a despertarme.

Coincidencia no es la palabra correcta, pero es la primera que te viene a la mente.

Decía que sé cuando empezó y por qué, y que mis escapadas ocasionales a lomos de cualquier substancia psicoactiva que se me ponga delante seguro que no ayudan demasiado. He delimitado los factores, la ecuación parece resuelta, que no anulada, pero no puedo evitar pensar que hay algo más que no estoy viendo, algo que no funciona como es debido de la piel para adentro.

Vuelvo del mercado a las diez y media de la mañana, después de desayunar una tostada con tomate y un café con leche, y de haberme aprovisionado de todo lo que transitará del exterior a mi interior esta semana, tabaco incluido. Al llegar, tras meter la compra en la nevera y liarme un cigarrillo, pongo el kid A de radiohead y decido terminar este post. Noto los párpados pesados, el cerebro comprimido, los hombros quejumbrosos, con un poco de suerte dormiré algo antes de la hora de comer.

En la novela de Palahniuk asistimos a la última etapa del proceso autodestructivo de su personaje central. El mundo se derrumba a su alrededor, y él con todo lo que conoce, pero, sorprendentemente, la redención le llega en un giro argumental sublime, cuando acepta que eso es lo que es él, ésa la vida que le ha tocado vivir, y ésos los seres con los que debe compartirla.

"Tengo suficiente educación como para disuadirme a mí misma de hacer cualquier cosa. Para deconstruir cualquier fantasía. Para convencerme de abandonar cualquier meta. Soy tan lista que puedo abandonar cualquier sueño."

Obviamente, algo tan brillante sólo puede ser de este señor, pero pocas veces un puñado de palabras me han pegado tan fuerte.

Como le pasa al personaje de Palahniuk, lo que me rodea tiene poquísimo sentido, y yo parezco una pieza cortada exactamente para encajar de forma milimétrica en este puzzle dado vuelta, pero me repito que entre él y yo hay algunas diferencias, que yo soy un ser funcional, que soy capaz de ir al mercado a hacer la compra, de sentarme y traducir a palabras los fantasmas que tengo dentro, de ponerme detrás de una mesa de mezclas y hacer bailar a quinientas personas durante cuatro horas.

Me pregunto cómo recordaré esta época dentro de unos años.

Canción de esta mañana que para mi será noche dentro de unos minutos: I bleed, de The Pixies. Porque llevo tres días viviendo dentro de esa canción.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

http://www.youtube.com/watch?v=P82V5TEEVWc

ruidoperro dijo...

El hecho de que me hayas contestado con una de mis canciones favoritas de una de mis bandas favoritas me hace querer saber quién está detrás del comentario.

Anónimo dijo...

o no....

ruidoperro dijo...

Ya veo, valía la pena intentarlo...

NoSurrender dijo...

El exceso de información (médica en este caso) es más peligrosa que la falta de ella, desde luego. La salud está en la ignorancia.

Tampoco creo que Palahniuk sea lo más adecuado para una relajación, la verdad (espero que Miller tenga mejor efecto). Yo, antes de dormir, estoy leyendo la biografía de Keith Richards, y funciona muy bien.

Ánimo y tiempo, amigo.

ruidoperro dijo...

No surrender: no sólo la salud está en la ignorancia, desgraciadamente, la felicidad creo que también. Y no, Palahniuk no era lo más adecuado, seguro, ni creo que lo sea Miller, pero, desde luego, no se me ocurre nada que me pueda inspirar mejor para quemar la noche que la biografía de Keith Richards, libro, por otro lado, que ardo en deseos de leer.

Gracias por tus palabras, un honor tenerte por aquí.