sábado, 8 de enero de 2011

47-. Alguien.

Efectivamente, el pedo fue antológico.


Como esa mañana no esperaba a los reyes magos, y los camellos me habían visitado horas antes sin sus pomposos amos, llegué a casa en un estado y a una hora totalmente desaconsejables si la autodestrucción no es un propósito.


Dormí dos horas escasas, y más tarde quedé en Lavapiés con alguien que fue muy importante en mi vida años atrás, y una ausencia ilustre desde entonces. Nos habíamos encontrado por casualidad en un aeropuerto días antes, y la cita de esa tarde respondía al socorrido y obligado café propuesto en estos casos.


Aunque, para ser sinceros, en mi caso no tuvo nada de obligado. Me he pasado tanto tiempo preguntándome o preguntando a los demás de forma periódica qué había sido de Alguien, nombraré a esta persona así a partir de ahora para no traicionar sus deseos, que la sola posibilidad de la cita arañaba con sus uñas las paredes internas de mi estómago hasta enrojecerlas. Esa misma tarde descubrí, al contrario de lo pensado hasta entonces, que ese sentimiento estaba, cuando menos, cerca de la reciprocidad.


Es increíble cómo el cuerpo recuerda. Y no me refiero a la memoria convencional, al típico momento "te acuerdas de cuando..." seguido de carcajadas o rubor, que también los hubo, sino a como, poco a poco, el cuerpo desentierra posturas y sensaciones largamente olvidados que, una vez limpiados del óxido y las telarañas, vuelven a sentar como un traje hecho a medida, sin importar el tiempo transcurrido desde la última vez que fueron lucidos.


Hablo sobretodo de un tipo de memoria más física, de cómo diablos pueden encajar matemáticamente dos pares de labios separados durante media vida, como si sus propietarios no hubieran abandonado jamás el videoclip que eran sus vidas en ese momento remoto; y a otra memoria más léxica: de cómo las conversaciones vuelven a tener toda la organicidad que tuvieron entonces, cuando los dos somos seres completamente distintos, no ya a los que éramos, sino también a los que creíamos que seríamos ahora.


Me preguntó, con la incisivad con la que siempre había recordado a Alguien, en qué me había cambiado la muerte de mis padres, y yo, acostumbrado a salir de cualquier apuro verbal con la suavidad del vuelo de una hoja en otoño, tuve que tomarme un momento y darle un trago a mi cerveza antes de poder contestar. No por el dolor aún sin digerir del suceso, sino por lo inesperado de la pregunta, y el largo tiempo transcurrido desde la última vez que alguien me había sorprendido en el transcurso de una conversación.


La tarde transcurrió abrazada a la nostalgia. Yo sostenía que la nostalgia es un sitio bastante confortable cuando uno se acostumbra a ella, y pensaba que lo decía con conocimiento de causa, pues me instalo allí con frecuencia de un tiempo a esta parte. Alguien pensaba de forma opuesta, sostenía que la nostalgia es básicamente una putada muy difícil de sobrellevar. Hoy, transcurridos varios días, estoy cerca de darle la razón.


Encontrar a Alguien ha sido como recuperar una reliquia de gran valor, extraviada y añorada largo tiempo. Ese beso, esos besos, fueron, de forma sorprendente, como un regreso a casa después de cruzar a pie años de desierto, pero, al mismo tiempo, enfrentarme a ella ha supuesto darme cuenta, una vez más, de que la vida va en serio, como escribió Gil de Biedma, de que ya no soy quien era, ni seré nunca muchos de los que quería ser entonces, y de que muchos de los que imaginé a mi lado cuando ese momento llegara, simplemente no estarán.


Con la madrugada herida de muerte acompañé a Alguien a buscar un taxi, pensando que, probablemente, en los múltiples universos paralelos que conviven junto al nuestro, habría dos de nosotros que jamás se separaron, con un proyecto de vida en común, quién sabe si ya con pequeños monstruos cagones dando saltitos alrededor suyo, dos de nosotros que se habrían acuchillado el uno al otro y yacerían en cementerios distintos, y dos de nosotros que habrían descubierto el remedio para no crecer nunca y habrían decidido, casi sin tener que pensarlo, no compartirlo con nadie.


Al día siguiente desperté pensando que nada había ocurrido realmente, pero las manchas de vino en mi escritorio y en la portada de mi ejemplar de From Hell disolvieron cualquier atisbo de irrealidad. Lo que no se ha marchado aún es la sensación de estar sentado sobre una bomba atómica en caída libre, como Peter Sellers en la peli de Kubrick.


Desde entonces, sólo escucho a Band of Horses, y ando por la vida de puntillas, tratando de que el hechizo, que ya presenta sus primeras grietas, no temine de romperse.


Canción de la noche: podrían haber sido mil, de Live a Radiohead pasando por cualquier grupo que Alguien y yo hubiéramos escuchado tumbados en la cama después de hacer el amor, pero me quedo con Is there a ghost, de Band of Horses, porque, efectivamente, desde esa noche hay un fantasma en mi habitación, vestido con unos pantalones verde militar y una camiseta roja con la efigie del Ché serigrafiada en el pecho.

7 comentarios:

loca sin definición! dijo...

Aaaaay! que me gustó esta historia..
Ya sabés.. linkeando y linkeando llegué acá..
Muy linda la historia, de verdad.. y cómo la contas.. y.. como te debes sentir.. aaay.. que linda sensación me dejó!!! :)

Elisa dijo...

Com trobava a faltar llegir-te! Espero que no deixis d'escriure altra vegada (ho dic molt egoïstament). Molts records i més petons!

lolita dijo...

La piel recuerda las cicatrices aparentemente borradas por los años... Y el sabor termina siendo un tanto dulce, un tanto fragil. Conservarlo en la memoria es una bomba de tiempo, pero al mismo tiempo es un regalo.

Saludos Ruido!!! Que bueno tenerte de vuelta y re-loaded! Abrazos

ruidoperro dijo...

Loca:
Bienvenida y muchas gracias, espero verte más por aquí.

Elisa:
diguem que necessitava una pausa per digerir varies coses que ja s´ha acabat. Merci.

Lolita:
Estoy de acuerdo con las dos cosas, regalo dulce y bomba de tiempo, a ver por dónde sale. Muchas gracias, yo también me alegro de volver a verte por aquí.

PARBA dijo...

Qué buen sabor de cuerpo me dejó tu relato.
Siempre he pensado, y pienso, que un reencuentro deja un sabor agri-dulce.

Anónimo dijo...

I like it!!
-exjefa-

ruidoperro dijo...

Parba:
Gracias, Y sí, tanto el sabor del momento como el poso en los días siguientes fueron bastante agridulces.

Ex-jefa:
Gracias. Y gracias por la aclaración en forma de firma, aunque de ex-jefas tengo ya unas cuantas. Cita en la pecera?