domingo, 19 de julio de 2009

42-. Cuestión de equilibrio (todavía).


Bienvenidos. Mi ruido perro no está entre estas cuatro paredes nuevas, y yo me siento tan extraño como el león que comía ensalada.


Me despierta un golpe seco, y recuerdo de golpe que estoy dentro de un avión, a más de ocho kilómetros del suelo. Mientras me desperezo escucho la conversación que mantienen el sobrecargo y una azafata. Él es la típica musculoca de gimnasio, pelo engominado, moreno de cabina y pectorales de tortuga ninja. Por su acento podría ser brasileño, o portugués. Ella es de algún país del este de Europa, y su aspecto obedece a su procedencia, piel transparente, ojos gélidos y una fuerza bruta que presumiblemente duplica o triplica a la mía. Hablan en inglés.


Pues el domingo llega mi amiga, dice ella. ¿Cómo era su nombre? Responde él solícito. Sida. Joder, dice él, no sé si es muy práctico llamarse así en España. Sí, dice ella tras una sonrisa de circunstancias, ya le he dicho que cuando conozca a alguien se invente otro nombre.


Él se queda unos segundos en silencio, valorando si debe o no seguir por el camino que ella ha apuntado. Al fin sonríe. Pues yo tengo una amiga que se llama Porcina. Ella le mira como miraría uno a un perro que se estuviera lamiendo las pelotas en medio de un parque infantil. ¿En serio? Sí, sí, de verdad. ¿No será de México? No, dice él, es de mi ciudad. Ella aplaude, una sola vez, ha tenido una gran idea. Las podríamos presentar, dice con su boca llena de dientes.


Sí, añado yo mentalmente, para que vayan juntas de compras a la farmacia.


Deslizo los auriculares dentro de mis orejas y, a medida que las notas de With Age, de Karate, me inundan el cerebro, las ganas de reventar la puerta de la cabina a patadas y hundir el avión en el oceáno van remitiendo.


Alguien ha clavado un puñal en el pedal acelerador de mi vida, como hacen los tipos esos de los espectáculos automovilísticos, y no tengo ninguna bolsa a mano por si aparecen las náuseas.


Lo más curioso de todo es que ese alguien tenía unas facciones sospechosamente parecidas a las mías.


Un Koala japonés, Milán, quinientos euros por la habitación, no, a los perros los veo cada día, deberías llamar a J, a F y, ya puestos, a mí padre, ¿Cuánto queda por pagar del crédito? Feltrinelli, bueno, igual ahora tienes tiempo para montar el grupo de una vez por todas, eso ya lo podía haber hecho antes, ¿Cuándo vuelves a ir a Barcelona? Creo que la semana que viene. Es una pasa, ¿no? Ni sé las parejas de amigos que lo han dejado este mes. ¿Cuándo me pegáis un tiro? No lo sé, tu personaje no molesta. ¿Y os lleváis bien? De momento sí. ¿cómo vas a meter el piano en el ascensor? Es un piano eléctrico, las patas se separan del cuerpo. ¿Existen los coleccionistas de vibradores usados? ¿Y la gente que se casa con sus animales? No, hoy no salgo, me quedaré pensando como relleno los vacíos de mi nueva habitación.


Ya sé que en post anterior, tan anterior que parece de otra vida, y muy probablemente lo sea, hice lo mismo, pero es que la catarata de palabras aún no me ha abandonado, y he descubierto que funciona de perlas para no hablar de lo que debería estar hablando ahora mismo. Además, no me apetece estrujarme el cerebro para contentaros.


Las hojas de reclamación están al fondo a la izquierda, en el segundo cajón, junto al camaleón tuerto.


Canción de la noche: Crossroad, de Robert Johnson. Porque allí estoy, como él, lo que no sé es si, también como le pasó a él, el diablo anda escondido tras un árbol para enseñarme a tocar la guitarra.


Buenas noches.