jueves, 21 de mayo de 2009

41-. Todo zen.



Bienvenidos. Mi ruido perro anda haciendo equilibrios sobre el alféizar otra vez. El vértigo bien, gracias.

 

Escribí la anterior entrada en la víspera de mi trigésimo cumpleaños. Ahora mismo llevo treinta años, doce días, diez horas exactas y algunos segundos sobre este planeta. Mi padre me dijo cuando me llamó para felicitarme que me lo tomara con calma, que para él los treinta fueron mucho peor que los cuarenta o los cincuenta, que le sentó muy mal darse cuenta de que esto iba en serio de repente. Claro que él a mi edad tenía una hipoteca y dos hijos, de seis y cuatro años.

 

Nada es nunca como te imaginas. Aparecen de pronto invitados inesperados, y otros a los que esperabas llegan tan tarde que dudas si dejarlos entrar o no. Algunos van y vienen, sin tener claro qué hacer primero. Gintonic o tortilla. Esa chica es mona, este tipo me hace reír, tú podrías terminar siendo un buen amigo, pero probablemente todos tengamos cosas mejores por hacer que doblar la esquina juntos.

 

Los trabajos se suceden unos a otros, no te quedarías en ninguno el resto de tu vida, pero te comportas como si te fueran a dar un oscar o un premio Nobel en cada uno de ellos. Puto intelectualoide. Jamás consigues lo que deseas en ese momento, y cuando por fin lo alcanzas te habías olvidado de ello, y la ilusión siempre es menor.

 

Chequea otra vez el Facebook. Parece que Iniesta podrá jugar la final. He pisado otra mierda. Mándales el puto certificado de contratistas que la agencia tributaria ha tardado tres semanas en expedirte. Kafka vive.

 

¿Se sabe algo de las novelas? ¿Tienes un billete? ¿Cuándo venís? ¿Y ese curro como lo has conseguido? ¿No ibas a empezar a correr cada día? ¿Y ese pelo? ¿Qué quieres de postre? ¿Es ensayo o grabamos? ¿Te pongo otra?  ¿Ese capítulo no lo habíamos visto ya?

 

Madrid, Barcelona, Calonge, Palamós, Alicante. Quizá Viena en unos meses.

 

¿Viena?

 

Concierto de U2 en junio. Conozco más músicos de los que podría escuchar en seis vidas, pero me siguen emocionando las canciones con las que aprendí a pelear, a follar, a drogarme, a vivir. Tremor Christ, Paranoid android, On a plain, Shy, Add it up, Life on mars, Dead and Bloated, Fuzzy, Hey, There is a light that never goes out, The day I tried to live, So young, Love will tear us apart, Say it ain’t so, Would?, Everybody’s weird, Purr, With age, Beetlebum, Under the bridge, Jane says, Glycerine, Lightning crashes, Tattva, The riberboat song…

 

Todas estaban en los cuarenta y cuatro gigas de música que perdí hace dos días dentro de una cajita negra, quizá signifique algo.

 

Y de fondo la insatisfacción labrada tras años de bollería industrial, pajas clandestinas y videoclips en una tele de tubo. Pero no nos cuesta nada sonreír cada vez que alguien nos pregunta una dirección.

 

Según mi padre, la entrada en los treinta debería parecerse a la escena final de El club de la lucha, rascacielos explotando a mi alrededor y yo observándolo todo, asiendo la mano de mi chica, mientras Black Francis, que no Frank Black, se desgañita preguntándose dónde está su cabeza.

 

Pero ya veis que no, por aquí todo zen.


Canción de la noche: Everything zen, de Bush. Porque todo ha empezado con esta canción y porque, francamente, me la sopla si Elvis murió sentado en su retrete o nos engañó a todos para largarse a correr en taparrabos por una isla desierta.

 

You met me at a very strange time of my life.

jueves, 7 de mayo de 2009

40-. Flores.

Bienvenidos. Mi ruido perro dice que no recuerda dónde diablos estaba la letra hache en el teclado.

 

Ahora. HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH.

 

Llevo tantos días sin escribir aquí que todo lo ocurrido se amontona en el compartimiento estanco de mi cabeza que nutre a este blog. El blanco, el negro y el millón de diferentes gamas de gris por las que he pasado estos veintitantos días son ahora un magma ante el que me enfrento sin más herramientas que mis dos dedos índices.

 

Y siempre he sido un vago.

 

Y hay cosas que no quiero contar.

 

He decidido entonces, después de horas intentando ponerme de acuerdo conmigo mismo, que no es fácil, crear una cortina de humo, que a fin de cuentas es del mismo color que estos veintitantos días, tras la que ocultarme mientras los comentarios se van añadiendo al pie de esto que escribo, e intentar tras ello retomar el ritmo que llevaba antes de la tormenta.

 

Domingo al mediodía. Estoy de pie frente a la tumba de mi madre. No ha sido premeditado. Mi padre estaba preparando la comida y le he cogido el coche. Hace un día radiante. De hecho el sol está empezando a quemarme la nuca a pesar del refugio nuclear que es mi pelo. Supongo que me sentía culpable por no haber vuelto aquí desde el día del entierro. Supongo que soy estúpido.


De repente me doy cuenta de que no tengo nada que ofrecerle, no he traído una triste flor, ni ninguna de las piedras que eran suyas y guardo en mi casa, en Madrid, en mi altar de cosas bonitas. Me siento ridículo, observando una lápida sin foto, intentando sentir tristeza, intentando calcular cuánto tiempo debo permanecer en esta posición antes de dar media vuelta y meterme de nuevo en el coche.

 

De repente, veo en la tumba de al lado un bonito ramo de flores blancas. La tumba es de un niño que murió en 1897. La posibilidad cruza por mi mente un segundo, pero robarle las flores al muerto de alguien para ponérselas al mío es demasiado incluso para mí.

 

En lugar de eso, salgo del cementerio. La primavera ha hecho estallar de sangre los campos cercanos. Me meto en ellos y, con sumo cuidado, voy cortando las amapolas que salen a mi paso. Cinco minutos después tengo un pequeño ramo que ato con un trozo de cordón que he encontrado en el coche. Regreso al cementerio y meto el ramo en una de las argollas metálicas de la lápida. Permanezco de pie delante de la lápida unos minutos más. Después acaricio con mi dedo el nombre de mi madre y salgo de allí.

 

Mientras me meto en coche y regreso a casa no paro de preguntarme quién seguirá llevando flores a la tumba de un niño muerto hace ciento doce años.

 

Canción de la noche: Bubamara, de Goran Bregovic. Porque, por lo contado y también por lo omitido, ha vuelto esa extraña sensación como de vivir dentro de una película de Kusturica.


Djindji rindji Bubamaro cknije suzije ajde more goj romesa.