miércoles, 15 de abril de 2009

39-. Domingo de resurrección.


Bienvenidos. Mi ruido perro sostiene que el vino en tetra-brick tiene su punto.

 

Domingo noche, la semana santa agoniza. Salgo de casa en dirección al cajero, la conciencia me remuerde pensando en los dos billetes de veinte euros que tengo intención de hacer vomitar a la máquina. Lo malo de empezar un trabajo nuevo es que no te paguen el mismo día en que te contratan, de forma que te ves obligado a esperar otro mes para poder disponer de tu dinero sin tener que sentirte culpable por no haber pagado tus deudas.

 

Cuando llego al cajero me encuentro con la estampa que desde hace varios fines de semana se ha vuelto habitual. Tres mendigos matan el tiempo al calor de la máquina con la que comparten el pequeño habitáculo. Abro la puerta y entro.

 

El más viejo de los tres duerme en una esquina, con la cara contra la pared. Ronca como el motor de un coche obligado a ir en primera y con el gas a fondo. Otro está sentado con la espalda recostada en la pared contraria. Luce un gorro de lana calado hasta las cejas y babea con la vista perdida en un punto indefinido. Compruebo sin sorprenderme que hay una hoja doblada de papel de aluminio cerca de él. El tercero intenta encenderse una colilla con la cabeza apoyada en el cajero. Huele a meados, a alcohol transpirado y a miseria.

 

De repente recuerdo que la tuberculosis se contagia a través del aire, y que un tuberculoso puede expulsar más de cuatrocientas mil gotitas infecciosas de un solo estornudo.

 

Entierro mi nariz bajo el cuello de mi camiseta y avanzo hacia la máquina sorteando charcos de aspecto sospechoso, restos de comida y cartones de vino vacío, los dos mendigos que permanecen despiertos no parecen haber advertido mi presencia.

 

Cuando inserto la tarjeta de crédito en el cajero, éste emite un pitido, y el mendigo de la colilla parece aterrizar a mi lado. ¿Cómo van las finanzas? Me pregunta con voz de lija. Mal, contesto a través del cuello de mi camiseta. Todavía no he encontrado a nadie que me diga que bien, insiste. Esos no vienen a sacar dinero aquí, esos son los dueños de los cajeros, le digo. El tipo me enseña los huecos en sus encías a modo de sonrisa.

 

No, no deseo un puto extracto, gracias, si quisiera deprimirme leería a Houellebecq.

 

Cuando saco los dos billetes y me los guardo en el bolsillo, el mendigo de la colilla alarga un brazo hacia mí y extiende el dedo índice. ¿Yo te debo algo a ti? La pregunta me sorprende de tal forma que mi nariz asoma de entre la ropa que la protegía y entra en contacto con el aire que estos desgraciados han estado envenenando todo el fin de semana. No, contesto, ¿por? Porque ya va siendo hora, ¿no crees?

 

La treta del mendigo consigue arrancarme una sonrisa. Meto mi mano en el bolsillo y le alcanzo una moneda de euro. Toma. Muchas gracias, compadre.

 

Salgo al exterior e inspiro profundamente. Visualizo a los vacilos de Koch muriendo en mis alvéolos sin tiempo de infectarme. Un matrimonio de abuelos octogenarios me miran como si yo fuera el mismísimo Cristo resucitado. Antes de que pueda preguntarles qué pasa, la mujer se me adelanta. ¿No te da miedo entrar ahí? No, contesto, y, mientras pienso en la tuberculosis, le cuento que esos tres son inofensivos, que llevan varios fines de semana pernoctando en ese cajero, que un día incluso les vi jugar al ajedrez.

 

Ah, dice ella, es que te hemos visto entrar y le he dicho a mi marido que nos esperásemos por si te hacían algo.

 

Me imagino a Matusalén y señora defendiéndome de los tres mendigos asesinos y me invade la ternura. Ella me recuerda un poco a mi bisabuela. Sonrío por segunda vez en un minuto. Les doy las gracias, dos veces. Después echo a andar.

 

Cuando vuelvo la vista atrás les veo alejarse en dirección contraria, hablando de sus cosas.

 

Canción de la noche: Miss Misery, de Elliott Smith. Porque habría sido perfecta para ese momento.

 

Buenas noches. 

domingo, 5 de abril de 2009

38-. Ese extraño sabor.



Bienvenidos. Acabo de sorprender a mi ruido perro saltando sobre dos patas en el sillón. Mientras se iba a su cama con el rabo entre las piernas, le ha dado tiempo de alzar una pezuña triunfal y desafiante.

 

Ayer recibí un email de los que siempre apetece recibir. He leído tus informes y están muy bien, decía. Felicidades, decía, acabas de ingresar en el fabuloso mundo de las personas que cobran una nómina cada mes. Durante una temporada, decía, ya no tendrás que buscar dinero en las cloacas cuando no tengas con que pagar el alquiler, vas a ganarte la vida con lo que escribes por primera vez, decía, pero los autónomos, guapo, te los pagas tú.

 

Al abrir mi mail y verlo, me imaginé que era el típico mensaje cordial. Hemos recibido tus informes, cuando tengamos un momento los estudiaremos, ya te llamaremos, déjanos en paz. Pero no. Después de leer la primera frase ya no pude continuar, un grito mitad rabia mitad júbilo nacía en el fondo de mi estómago, amenazando con precipitarse al exterior y romper los cristales de las ventanas, así que me puse de pie y abrí la boca apuntando hacia la pared, que se me antojaba más resistente.

 

Laura apareció medio segundo después, con la cara lívida, armada con el cucharón con el que, antes de que mi grito le encogiera el alma, removía la pasta. Qué pasa, preguntó. Me ha salido, contesté. Más gritos, abrazos, los dos perros bailando a nuestro alrededor. Por qué no será siempre así, esta cochina vida. 

 

Si, ya sé. Porque si en vez de en un mar de mierda nadáramos en uno de piedras preciosas no nos sorprenderíamos cuando encontrásemos un diamante.

 

Laura volvió a la cocina, conseguí que los perros dejaran de arañarme los muslos con sus saltos, me senté de nuevo delante del monitor y releí el email. Y la sensación cobijada debajo de mis pulmones me trasladó a la primera vez que experimenté ese extraño sabor.

 

Tenía seis años y estaba en primero de E.G.B., para los del otro lado del charco, la primaria que estudiamos los de mi generación. Era el día de Sant Jordi, poco menos que una fiesta nacional en Catalunya. Semanas antes, habíamos dedicado varias horas de clase a dibujar algo relacionado con la historia de ese santo. Ya sabéis, la princesa secuestrada, el santo matando al dragón para rescatarla y una rosa brotando de la sangre de la bestia muerta para ser ofrecida a la doncella.

 

Recuerdo perfectamente mi dibujo. En el lado izquierdo del folio había una bola verde enorme, que casi ocupaba la mitad del espacio, con rabo de saurio, orejas de perro y una boca llena de dientes afilados. En el lado contrario, un caballero con armadura, escudo y un penacho rojo insertado en su yelmo. Entre los dos, una espada de doble filo que volaba hacia la bestia. Todo dibujado a trazos intermitentes, infantiles, y rellenado a conciencia con ceras de color marca plastidecor.

 

La profesora, de nombre Cristina, había colgado todos los dibujos en una pared del aula, y desde ese momento, se convirtieron en mi motivo de distracción favorito.

 

Poco antes del recreo, entró el hermano director del colegio – sí, ya sé que por lo leído en este blog parece imposible, pero estudié en un colegio religioso – y nos pidió que cerráramos los ojos. En la mano llevaba dos tiras de cartulina. Una granate con la leyenda PRIMER PREMIO escrita en grandes letras negras, y una marrón que correspondía al segundo premio.

 

Lo que sigue es obvio. Cuando abrí los ojos vi la tira de cartulina granate clavada en el corcho con dos alfileres justo debajo de mi dibujo. Me levanté del pupitre y empecé a saltar por la tarima donde cada mañana rezábamos y nos preguntaban la lección gritando ¡Es el mío! ¡Es el mío!

 

El recuerdo llega hasta aquí. No sé si os pasa, pero los míos casi siempre se interrumpen de forma abrupta. No recuerdo qué pasó inmediatamente después, si mis compañeros de clase me aplaudieron o se rieron de mi reacción, ni qué gané con ese dibujo, aunque me atrevería a decir que se trataba de un libro. 


Lo que sé con toda seguridad, es que ése fue el primer triunfo de mi vida, el primer trago de ese sabor extraño, que después me ha vuelto visitar pocas veces en los veintitrés años siguientes, y que, gracias al email de ayer, aún encuentro ahora si acaricio con mi lengua las paredes internas de mis mejillas.

 

Canción de la noche: Float on, de los Modest Mouse. Porque por ahora, y supongo que el efecto aún me durará unos días, me siento como el buzo que vuelve a casa después de haber pasado un mes tumbado en la Fosa de las Marianas.

 

Bona nit.