viernes, 27 de febrero de 2009

35-. A la manera de Merseyside.


Bienvenidos. Mi ruido perro está haciendo cábalas para que no se rompa el hechizo.

 

Por lo visto, sigo instalado en el paréntesis que se abrió con el madrugón de los oscar. Ayer laura recibió un inesperado cheque por los derechos de imagen que ha generado en los cines de Suiza el pase de una película que hizo, aquí, en España, y con parte del dinero me fui a comprar un disco duro multimedia a la Fnac. Lo tengo delante los ojos ahora mismo, relleno como un pollo en la mesa de Navidad con las series y las películas que me acompañan en las noches que me declaro en huelga del resto, y no tengo más que palabras de agradecimiento para los cinéfilos suizos, por si acaso alguno me lee.

 

Me siento un poco raro siendo optimista por segunda vez seguida en este blog, escribiendo, en una tarde luminosa como la de ayer, algo que ya sé ahora –  después de, curiosamente, trece líneas – que etiquetaré con la frase de los buenos momentos. Por si acaso, tengo el primer disco de Interpol sonando en el equipo, no vaya a ser que faltara un poco de ansiedad.

 

Soy un poco cenizo, lo sé. Soy como el hipocondríaco que una mañana se despierta sin síntoma alguno de enfermedad dolorosa y mortal y lo primero que hace es echarlos de menos. Como diría Supercrisis, mierda de generación.

 

Volviendo al paseo de ayer, hubo un momento en el que tuve un chute sobredosificado de primavera, y mi organismo casi no lo soporta. Entré en la Plaza Mayor con un disco de Broken Social Scene en los oídos, no recuerdo cuál, y la ausencia de nubes clavada en las retinas, cuando divisé al grupo de los rumanos. Si los habéis visto alguna vez en esa plaza o en Sol sabéis de quién os hablo. Quince gitanos, que parecen arrancados de una peli de Kusturica,  armados con acordeones, contrabajos e instrumentos de viento, y dejando claro que la educación musical de nuestro país, comparada con la de cualquier país del este, da pena. Había un chico de unos trece años que tocaba su trompeta como yo, después de años de conservatorio, jamás podré tocar mi piano. Cada vez que los veo y escucho me dan ganas de casarme con Laura y así poder contratarles para que toquen en el banquete.

 

Mientras escuchaba a los rumanos paseé la vista por la plaza, los grupitos de chicos y chicas calentando su sangre al sol como si fueran lagartijas poblaban gran parte de los adoquines. De repente, irrumpió en mi campo de visión un tipo enorme vestido con la camiseta del Liverpool. Tenía una retirada a Sloth, de los Goonies. La cabeza afeitada, el ceño fruncido y los músculos recubiertos de grasa del que un día se mató en el gimnasio y después empezó a hacerlo en los bares.

 

Andaba a grandes pasos, muy deprisa, y parecía cabreado. Por un momento desfilaron por mi cabeza, tan llena de prejuicios como cualquier otra, las imágenes de hooligans ingleses liándola en cualquier desplazamiento de su equipo que todos hemos visto alguna vez en televisión. Mierda, pensé, este hijo de puta nos va a joder la tarde a todos, e intenté encontrar con mi mirada al pobre infeliz que, en pocos segundos, estaría la mar de entretenido recogiendo sus dientes del suelo.

 

Le seguí con la vista hasta que se detuvo frente a un grupo de cuatro chicas que no debían pasar de los veinte años. Una vez allí, se quitó la camiseta, que lucía el número nueve y el nombre de Fernando Torres, el ídolo de todos los hinchas del Liverpool, hincó una rodilla al suelo, y se la acercó con la mano a la más guapa de las cuatro.

 

Después, dejando a la chica – y a todos los que estábamos observando – totalmente anonadados, se dio media vuelta y se encaminó, sonrisa triunfal y tatuajes carcelarios al viento, hacia donde sus amigos, con pintas tan poco recomendables como la suya propia, le esperaban vitoreándole por su valentía.

 

Despacio, sin querer abandonar del todo ese momento pero sabiendo que nada podía superar a lo que acababa de ver, me coloqué los auriculares en los oídos y cruzé la plaza hasta abandonarla, de puntillas y con una minúscula sonrisa en la boca, tratando de hacer mutis por el foro sin molestar a la vida que no está incluida dentro de la frontera de mi piel.

 

Al llegar a Bailén un autobús casi me atropella, pero ésa es otra historia.

 

Canción de la noche: I’ve got a feeling, de The Beatles. Dedicada al quijote scouser, hooligan sensible y enamoradizo que ahora debe estar trabajando en cualquier fábrica a orillas del Mersey para poderse comprar otra camiseta de su equipo.

 

Buenas noches. 

lunes, 23 de febrero de 2009

34-. Hacía mucho, demasiado.


Bienvenidos. Mi ruido perro duerme a mi lado, la sonrisa aún cuelga de su hocico.


Son las siete y cinco minutos de la tarde. Llevo despierto trece horas y mis párpados amenazan con declararse en huelga y cortar mi comunicación con el mundo. No recuerdo la última vez que salté de la cama a esa hora.


Esta mañana, Laura se había quedado dormida frente al televisor viendo la ceremonia de los oscar, y mientras sorbía una taza de café he visto como Danny Boyle y un ejército de indios subían a recoger su premio por esa especie de drama romántico postmoderno y de olor a cúrcuma. En cambio, a Micky Rourke al final no le han dado el que todo el mundo creía que era para él, y encima esta semana se murió su perro. Vaticino un nuevo descenso a los infiernos de este hombre que si se hubiera muerto sería recordado como James Dean, pero que tuvo la desgracia de seguir vivo a pesar de sus intentos por autodestruirse.


Después de cotillear un poco los oscar he salido a fumar a la galería, pero el coche de producción ya estaba aparcado debajo de mi casa, y no he podido obviar los destellos de sus focos conminándome a bajar aunque aún no era la hora. Ya en el coche, en un ejercicio más bien sádico, me he enchufado el último disco de Dan Deacon en los oídos y, sin saber muy bien por qué, me ha venido a la cabeza Kerouac. Me he entretenido durante todo el trayecto en imaginar mi cuerpo lleno de fabulosos cohetes amarillos que explotaban como arañas.


Hoy me he vuelto a sentir actor, he pisado un rodaje de nuevo muchos meses después. Desde luego, no es un papel que vaya a convertirse en un punto de inflexión en mi carrera, pero lo he agarrado como si fuera un Roberto Zucco, o un Laertes, y lo he sangrado como sangro a mi cama después de una borrachera de dos días.


Pero como en casi todo lo que hago dentro de estas viñetas dibujadas por Daniel Clowes que conforman mi vida, el absurdo ha hecho acto de presencia una vez más. Mi último trabajo como actor me salió mientras un cáncer se comía a mi madre en un hospital de Girona, y consistía en dar vida a un tipo que es detenido por la policía acusado de proporcionarle marihuana a su madre enferma de cáncer. Ja. Como no podía ser de otra forma, ahora que mi madre ha muerto, hoy me he tirado todo el día rodeado de coronas de flores y ataúdes, dentro de un tanatorio de verdad, fingiendo que se me había muerto un amigo. Ja al cuadrado. Lo pienso y os juro que me río. Por suerte, parece que las cicatrices ya están secas y aguantan sin tirar demasiado. A ver qué tal mañana.


De todos modos, el momento que me ha impulsado a escribir lo que leéis no tiene nada que ver con el absurdo, ni, por una vez, con dolor, tristeza o muerte. Más bien todo lo contrario.


Habíamos terminado de comer, y, mientras los técnicos iluminaban para grabar la siguiente secuencia, me he tumbado a leer en el patio del tanatorio con un cigarro en la boca y un té humeante cerca de mi mano derecha. El primer sol cargado de buenas noticias del año me pellizcaba las mejillas. A mi izquierda, una de las mujeres más bonitas que he visto en mi vida tarareaba una canción que no he reconocido, a mi derecha, risas provocadas por bromas inocentes, incluso un tanto estúpidas, con sabor a chicle de fresa ácida. Detrás, la satisfacción de un trabajo bien hecho, delante, la perspectiva de seguir haciendo una de las cosas que más me gustan.


Hacía mucho que no quería detener el tiempo, quedarme a vivir en un instante, demasiado.


Canción de la noche: Wash away, de Joe Purdy. Porque si mi vida fuera una película dirigida por mí mismo en lugar de un cómic de Daniel Clowes, habría puesto un tema como éste de fondo en ese momento.


Hoy sí. Buenas noches.

lunes, 9 de febrero de 2009

33-. Tribulaciones de un disc-jockey borracho.



Bienvenidos. Mi ruido perro acaba de desmontar mis auriculares más caros, dice que para ver a los músicos pequeñitos que tocan dentro.


Bajo por Montera con una tasa de alcohol en sangre que haría explotar cualquier alcoholímetro. Me doy cuenta de que, a pesar de la borrachera, tengo hambre, y me detengo en la tienda veinticuatro horas que hay a mitad de calle. Me abro paso entre un grupo de putas subsaharianas y miro en los estantes de las distintas neveras hasta que me decido por un sándwich de pavo. En el mostrador, un tipo que parece hindú pero no tiene ni pizca de acento me saluda con demasiada efusividad. Odio la gente que es demasiado simpática, siempre esconde algo, y parece que esta vez no será una excepción, pues aquí el amigo, animado por el hedor a alcohol que debo exhalar con cada nueva respiración, me da diez euros de menos al devolverme el cambio.


Reclamo mi billete y el tipo duda un instante, como si sopesara mi reacción si se niega a devolvérmelo. Los dos sabemos de sobra que me está intentando timar, pero se resiste a darse por vencido. Finalmente, y tras unos segundos absurdos en los que nos hemos mirado a los ojos sin decir nada, saca un billete del cajón y lo tira sobre el mostrador de mala gana. Agarro el billete y el bocadillo y salgo de allí. No me parece mal que intente redondear sus ganancias con los idiotas que se emborrachan tanto como para no darse cuenta, simplemente no soy uno de esos.


Beth Gibbons llora encerrada en mis auriculares. No sé por qué, pero Portishead me subvierten mucho más que cualquier guitarra distorsionada. Sobretodo el tema del enlace. Cada vez que escucho a estos cabrones me dan ganas de fundar una secta antisistema, con sus ceremonias orgiásticas y sus atentados contra todos los que no formen parte de ella. Pero ésa es otra historia.


Desde que estoy totalmente arruinado, es decir, desde un poco antes de navidad, los fines de semana pincho en un garito de Malasaña. El de poner música en garitos es un trabajo al que recurro cada vez que no tengo un duro. Hasta ayer, a pesar de lo jodidamente poco que cobro, no era un mal trabajo para salir del paso, podía pinchar lo que me daba la gana y beber todo lo que me cupiera en el estómago. Además, me pone mucho hacer bailar a la gente, lo reconozco.


Digo que hasta ayer éste era un buen trabajo alimenticio porque ayer recibimos una visita inesperada. De repente, poco antes de que termine la sesión, veo a una tipa abriéndose paso a codazos. Es vieja, gorda y fea, por lo que está totalmente fuera de lugar. Al principio creo que ha entrado para comprar tabaco, por lo que alcanzo el aparatito para activar la máquina expendedora. Cuando llega a la barra, en uno de los falsetes más desagradables que he escuchado en mi vida, apreciable incluso por encima del tema de Soulwax que está sonando, me suelta que si no quito la música llamará a la policía en ese mismo momento.


La situación me repugna tanto que mi primera reacción es contestarle que si se espera un poco podrá llamar a la policía después de que la agarre del pelo y le reviente la cara contra la barra, pero me contengo. Quiero seguir sin antecedentes penales, el bar no es mío y, por desgracia, hoy no está el jefe, así que, teniendo en cuenta que ya queda muy poco para cerrar y que mi jefe es un buen tipo y no le quiero meter en ningún lío, me trago los veinte litros de hiel que me provoca tener que doblegarme ante ese engendro y corto la música en seco. Mi intención después de bajarme los pantalones de una forma tan dolorosa es hablar con el troll y hacerle entender que estábamos en horario, pero cuando vuelvo la vista a la barra la veo escabulléndose por la puerta, y el bar está demasiado lleno como para atraparla. Sin poder hacer nada más, me resigno a aguantar las cien miradas asesinas que me taladran, me encojo de hombros y apuro mi copa.


Eso fue ayer. Hoy, consecuencia lógica de lo narrado hasta ahora, he pinchado a una décima parte del volumen habitual, lo que significa que a partir del segundo grupo de gente que ha entrado no se oía una mierda. Lo mismo daba que pusiera a New Order que a Joselito, en serio. A partir de hoy soy el primer disk-jockey que pincha música que no se escucha, y mi trabajo se equipara en absurdidad al de, si existieran, los peluqueros para calvos. Viva.


El único aspecto positivo, así, a bote pronto, que le encuentro a esta situación, es que ya no seré consciente de la ignorancia de quien me escucha pinchar. Pongo un tema de The Ting Tings y todo dios se vuelve loco, lo mezclo magistralmente con 24 hour party people de The Happy Mondays y siempre hay diez o doce pares de ojos que se levantan de la pista y me escrutan preguntándose si me he vuelto loco. Y lo que me revienta no es que haya gente que no sepa quiénes son The Happy Mondays, no llego a esos niveles de fascismo, lo que me repatea es que parte de esa gente – en su mayoría modernos menores de veinticinco – no haga el esfuerzo de escuchar un momento lo que les propongo, de que no tengan el interés necesario para descubrir una banda que para ellos es nueva, pero que sin ella no existirían la mitad de las bandas con las que se corren cada vez que las pincho.


Entiendo que no todo el mundo está tan enfermo como yo, que me puedo tirar seis horas escogiendo temas que combinen bien con este blog para la Radio Perruna que tenéis a la derecha, y no me voy a poner en plan grandilocuente para soltaros que tal disco me salvo la vida, pero la música no es sólo algo que rellena los espacios entre las carcajadas y los viajes al baño.


Esto me está quedando muy largo y me duele la cabeza, y ya que ha salido la Radio Perruna, iré directamente al final. Daré rienda suelta a mi neurosis y plantearé abiertamente algo de lo que he hablado por encima en comentarios de anteriores entradas. Hace días que me obsesiona saber qué suena cuando me leéis, así que si teníais pensado comentar esto que escribo y no es demasiado pedir, me gustaría que me contarais qué tema sonaba, y ya de paso, si os ha provocado algo digno de mencionar, aunque sean ganas de partirme la boca.


Canción de la noche: High fidelity, de Elvis Costello. Porque me quiero quedar a vivir en la tienda de discos de la novela de Hornby que toma su título de esta canción.

Dios, qué resaca mañana.

miércoles, 4 de febrero de 2009

32-. Efecto martini.


Bienvenidos. Mi ruido perro dice que acaba de ver un batiscafo por la ventana, pero creo que él también anda un poco narcótico.


Cuando un submarinista desciende demasiado o demasiado rápido en su inmersión, el nitrógeno presente en las bombonas que carga a la espalda penetra en las células nerviosas cerebrales, impidiendo la correcta comunicación entre las neuronas. Ese síndrome recibe el nombre de narcosis hidrogénica, o, en la calle, efecto martini o borrachera de las profundidades.


Los síntomas son parecidos a los de una borrachera convencional, con el problema añadido de que esta vez es debajo del agua. Hay casos documentados de buzos que se han quitado la mascarilla y han seguido con la inmersión a pulmón libre. Otros han intentado compartir su oxígeno con los peces, animalitos, e incluso algunos han muerto ahogados por culpa de un ataque de risa.


Andaba releyendo el blog, algo bastante estúpido puesto que lo escribo yo, y me he dado cuenta de que quizá las últimas entradas han descendido demasiado rápido hacia mis recovecos más profundos, y, sinceramente, no me da la gana de cargar con vuestras muertes porque el efecto martini os provoque un ataque de risa y os ahoguéis, así que he decidido escribir algo banal y estúpido, una anécdota verídica pero surrealista y ridícula a la vez, que os haga ascender unos metros en vuestra inmersión, y así la densidad del hidrógeno en vuestro cuerpo no os mate, aunque algunos os lo merezcáis. De nada.


Una vez, Loles León me pegó tal golpe de teta en la cabeza que casi me deja inconsciente.


Era en una entrega de premios en la Joy Eslava, creo que eran unos Tps de oro o similar. Laura, yo y alguien más estábamos sentados alrededor de una de las muchas mesas que habían colocado en la diminuta pista de baile para la ocasión. Eran mesas circulares y bajas, como las que solía haber antes en algunos locales nocturnos poco recomendables y en los programas de José Luis Moreno, y, en consecuencia, los taburetes dispuestos alrededor de las mesas también eran muy bajos. Con deciros que yo, que jamás he sido alto y no creo que lo llegue a ser, me sentía como se debe sentir Gasol – Pau o Marc, qué más da – sentado en un cine. Por si no hubiera bastante con lo recién escrito, había decenas de mesas, lo que dificultaba sobremanera la libre circulación por el firme. Esa noche, más de un escote y una espalda quedaron bañados de gintonic.


De repente, noté un golpe en la nuca. De hecho, no fue sólo un golpe, fue una de las sensaciones más extrañas que he experimentado en mi vida. El objeto con el que había sido golpeado era blando y contundente a la vez, como si me hubieran dado con una pecera hecha de gomaespuma y rellena de agua. Por si os lo estáis preguntado… sí, dolió.


Me di la vuelta con el mal humor que me caracteriza recién despertado, dispuesto a, por lo menos, obligar a mi agresor a sentirse un poco culpable, y poco más que me quedé amorrado a un par de tetas superlativas, embutidas en un tejido oscuro, debajo del que, pese a los esfuerzos de su dueña, se adivinaban dos pezones como canicas.


Poco a poco, retrocedí unos centímetros que resultaron valiosísimos para mi kinosfera, y, al mismo tiempo, levanté la vista de ese paraje amenazador y la dirigí unos centímetros más arriba, donde me encontré con los ojos de Loles León.


Holaaaaaaaaaaaaaaa, dijo con una voz que se me antojó melosa en exceso y estudiada mil veces delante de la luna de un armario. Yo, todavía aturdido, balbuceé un hola como pude y me parapeté detrás de mi gintonic hasta que pasara la tormenta, que fue pronto. Años después, no puedo acordarme de esa escena sin pensar en Úrsula, la sepia malvada de La Sirenita, mientras me pregunto si la señora León me golpeó con su potente seno izquierdo queriendo o sin querer.


Por lo demás, el domingo me acosté otra vez a la hora que las beatas van a misa – llegará el día en que me decida y las acompañe a ver al tío cuervo – y hasta hoy he conseguido no pensar demasiado en mi madre, la muerte, la vida, mi futuro, crecer y este tipo de cosas.


Canción de la noche: Army, de Ben Folds, porque la música de este tipo siempre me hace reír, y esto iba de reírse para no morir de risa, o algo por el estilo.


Buenas noches.