domingo, 19 de julio de 2009

42-. Cuestión de equilibrio (todavía).


Bienvenidos. Mi ruido perro no está entre estas cuatro paredes nuevas, y yo me siento tan extraño como el león que comía ensalada.


Me despierta un golpe seco, y recuerdo de golpe que estoy dentro de un avión, a más de ocho kilómetros del suelo. Mientras me desperezo escucho la conversación que mantienen el sobrecargo y una azafata. Él es la típica musculoca de gimnasio, pelo engominado, moreno de cabina y pectorales de tortuga ninja. Por su acento podría ser brasileño, o portugués. Ella es de algún país del este de Europa, y su aspecto obedece a su procedencia, piel transparente, ojos gélidos y una fuerza bruta que presumiblemente duplica o triplica a la mía. Hablan en inglés.


Pues el domingo llega mi amiga, dice ella. ¿Cómo era su nombre? Responde él solícito. Sida. Joder, dice él, no sé si es muy práctico llamarse así en España. Sí, dice ella tras una sonrisa de circunstancias, ya le he dicho que cuando conozca a alguien se invente otro nombre.


Él se queda unos segundos en silencio, valorando si debe o no seguir por el camino que ella ha apuntado. Al fin sonríe. Pues yo tengo una amiga que se llama Porcina. Ella le mira como miraría uno a un perro que se estuviera lamiendo las pelotas en medio de un parque infantil. ¿En serio? Sí, sí, de verdad. ¿No será de México? No, dice él, es de mi ciudad. Ella aplaude, una sola vez, ha tenido una gran idea. Las podríamos presentar, dice con su boca llena de dientes.


Sí, añado yo mentalmente, para que vayan juntas de compras a la farmacia.


Deslizo los auriculares dentro de mis orejas y, a medida que las notas de With Age, de Karate, me inundan el cerebro, las ganas de reventar la puerta de la cabina a patadas y hundir el avión en el oceáno van remitiendo.


Alguien ha clavado un puñal en el pedal acelerador de mi vida, como hacen los tipos esos de los espectáculos automovilísticos, y no tengo ninguna bolsa a mano por si aparecen las náuseas.


Lo más curioso de todo es que ese alguien tenía unas facciones sospechosamente parecidas a las mías.


Un Koala japonés, Milán, quinientos euros por la habitación, no, a los perros los veo cada día, deberías llamar a J, a F y, ya puestos, a mí padre, ¿Cuánto queda por pagar del crédito? Feltrinelli, bueno, igual ahora tienes tiempo para montar el grupo de una vez por todas, eso ya lo podía haber hecho antes, ¿Cuándo vuelves a ir a Barcelona? Creo que la semana que viene. Es una pasa, ¿no? Ni sé las parejas de amigos que lo han dejado este mes. ¿Cuándo me pegáis un tiro? No lo sé, tu personaje no molesta. ¿Y os lleváis bien? De momento sí. ¿cómo vas a meter el piano en el ascensor? Es un piano eléctrico, las patas se separan del cuerpo. ¿Existen los coleccionistas de vibradores usados? ¿Y la gente que se casa con sus animales? No, hoy no salgo, me quedaré pensando como relleno los vacíos de mi nueva habitación.


Ya sé que en post anterior, tan anterior que parece de otra vida, y muy probablemente lo sea, hice lo mismo, pero es que la catarata de palabras aún no me ha abandonado, y he descubierto que funciona de perlas para no hablar de lo que debería estar hablando ahora mismo. Además, no me apetece estrujarme el cerebro para contentaros.


Las hojas de reclamación están al fondo a la izquierda, en el segundo cajón, junto al camaleón tuerto.


Canción de la noche: Crossroad, de Robert Johnson. Porque allí estoy, como él, lo que no sé es si, también como le pasó a él, el diablo anda escondido tras un árbol para enseñarme a tocar la guitarra.


Buenas noches.

jueves, 21 de mayo de 2009

41-. Todo zen.



Bienvenidos. Mi ruido perro anda haciendo equilibrios sobre el alféizar otra vez. El vértigo bien, gracias.

 

Escribí la anterior entrada en la víspera de mi trigésimo cumpleaños. Ahora mismo llevo treinta años, doce días, diez horas exactas y algunos segundos sobre este planeta. Mi padre me dijo cuando me llamó para felicitarme que me lo tomara con calma, que para él los treinta fueron mucho peor que los cuarenta o los cincuenta, que le sentó muy mal darse cuenta de que esto iba en serio de repente. Claro que él a mi edad tenía una hipoteca y dos hijos, de seis y cuatro años.

 

Nada es nunca como te imaginas. Aparecen de pronto invitados inesperados, y otros a los que esperabas llegan tan tarde que dudas si dejarlos entrar o no. Algunos van y vienen, sin tener claro qué hacer primero. Gintonic o tortilla. Esa chica es mona, este tipo me hace reír, tú podrías terminar siendo un buen amigo, pero probablemente todos tengamos cosas mejores por hacer que doblar la esquina juntos.

 

Los trabajos se suceden unos a otros, no te quedarías en ninguno el resto de tu vida, pero te comportas como si te fueran a dar un oscar o un premio Nobel en cada uno de ellos. Puto intelectualoide. Jamás consigues lo que deseas en ese momento, y cuando por fin lo alcanzas te habías olvidado de ello, y la ilusión siempre es menor.

 

Chequea otra vez el Facebook. Parece que Iniesta podrá jugar la final. He pisado otra mierda. Mándales el puto certificado de contratistas que la agencia tributaria ha tardado tres semanas en expedirte. Kafka vive.

 

¿Se sabe algo de las novelas? ¿Tienes un billete? ¿Cuándo venís? ¿Y ese curro como lo has conseguido? ¿No ibas a empezar a correr cada día? ¿Y ese pelo? ¿Qué quieres de postre? ¿Es ensayo o grabamos? ¿Te pongo otra?  ¿Ese capítulo no lo habíamos visto ya?

 

Madrid, Barcelona, Calonge, Palamós, Alicante. Quizá Viena en unos meses.

 

¿Viena?

 

Concierto de U2 en junio. Conozco más músicos de los que podría escuchar en seis vidas, pero me siguen emocionando las canciones con las que aprendí a pelear, a follar, a drogarme, a vivir. Tremor Christ, Paranoid android, On a plain, Shy, Add it up, Life on mars, Dead and Bloated, Fuzzy, Hey, There is a light that never goes out, The day I tried to live, So young, Love will tear us apart, Say it ain’t so, Would?, Everybody’s weird, Purr, With age, Beetlebum, Under the bridge, Jane says, Glycerine, Lightning crashes, Tattva, The riberboat song…

 

Todas estaban en los cuarenta y cuatro gigas de música que perdí hace dos días dentro de una cajita negra, quizá signifique algo.

 

Y de fondo la insatisfacción labrada tras años de bollería industrial, pajas clandestinas y videoclips en una tele de tubo. Pero no nos cuesta nada sonreír cada vez que alguien nos pregunta una dirección.

 

Según mi padre, la entrada en los treinta debería parecerse a la escena final de El club de la lucha, rascacielos explotando a mi alrededor y yo observándolo todo, asiendo la mano de mi chica, mientras Black Francis, que no Frank Black, se desgañita preguntándose dónde está su cabeza.

 

Pero ya veis que no, por aquí todo zen.


Canción de la noche: Everything zen, de Bush. Porque todo ha empezado con esta canción y porque, francamente, me la sopla si Elvis murió sentado en su retrete o nos engañó a todos para largarse a correr en taparrabos por una isla desierta.

 

You met me at a very strange time of my life.

jueves, 7 de mayo de 2009

40-. Flores.

Bienvenidos. Mi ruido perro dice que no recuerda dónde diablos estaba la letra hache en el teclado.

 

Ahora. HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH.

 

Llevo tantos días sin escribir aquí que todo lo ocurrido se amontona en el compartimiento estanco de mi cabeza que nutre a este blog. El blanco, el negro y el millón de diferentes gamas de gris por las que he pasado estos veintitantos días son ahora un magma ante el que me enfrento sin más herramientas que mis dos dedos índices.

 

Y siempre he sido un vago.

 

Y hay cosas que no quiero contar.

 

He decidido entonces, después de horas intentando ponerme de acuerdo conmigo mismo, que no es fácil, crear una cortina de humo, que a fin de cuentas es del mismo color que estos veintitantos días, tras la que ocultarme mientras los comentarios se van añadiendo al pie de esto que escribo, e intentar tras ello retomar el ritmo que llevaba antes de la tormenta.

 

Domingo al mediodía. Estoy de pie frente a la tumba de mi madre. No ha sido premeditado. Mi padre estaba preparando la comida y le he cogido el coche. Hace un día radiante. De hecho el sol está empezando a quemarme la nuca a pesar del refugio nuclear que es mi pelo. Supongo que me sentía culpable por no haber vuelto aquí desde el día del entierro. Supongo que soy estúpido.


De repente me doy cuenta de que no tengo nada que ofrecerle, no he traído una triste flor, ni ninguna de las piedras que eran suyas y guardo en mi casa, en Madrid, en mi altar de cosas bonitas. Me siento ridículo, observando una lápida sin foto, intentando sentir tristeza, intentando calcular cuánto tiempo debo permanecer en esta posición antes de dar media vuelta y meterme de nuevo en el coche.

 

De repente, veo en la tumba de al lado un bonito ramo de flores blancas. La tumba es de un niño que murió en 1897. La posibilidad cruza por mi mente un segundo, pero robarle las flores al muerto de alguien para ponérselas al mío es demasiado incluso para mí.

 

En lugar de eso, salgo del cementerio. La primavera ha hecho estallar de sangre los campos cercanos. Me meto en ellos y, con sumo cuidado, voy cortando las amapolas que salen a mi paso. Cinco minutos después tengo un pequeño ramo que ato con un trozo de cordón que he encontrado en el coche. Regreso al cementerio y meto el ramo en una de las argollas metálicas de la lápida. Permanezco de pie delante de la lápida unos minutos más. Después acaricio con mi dedo el nombre de mi madre y salgo de allí.

 

Mientras me meto en coche y regreso a casa no paro de preguntarme quién seguirá llevando flores a la tumba de un niño muerto hace ciento doce años.

 

Canción de la noche: Bubamara, de Goran Bregovic. Porque, por lo contado y también por lo omitido, ha vuelto esa extraña sensación como de vivir dentro de una película de Kusturica.


Djindji rindji Bubamaro cknije suzije ajde more goj romesa.

miércoles, 15 de abril de 2009

39-. Domingo de resurrección.


Bienvenidos. Mi ruido perro sostiene que el vino en tetra-brick tiene su punto.

 

Domingo noche, la semana santa agoniza. Salgo de casa en dirección al cajero, la conciencia me remuerde pensando en los dos billetes de veinte euros que tengo intención de hacer vomitar a la máquina. Lo malo de empezar un trabajo nuevo es que no te paguen el mismo día en que te contratan, de forma que te ves obligado a esperar otro mes para poder disponer de tu dinero sin tener que sentirte culpable por no haber pagado tus deudas.

 

Cuando llego al cajero me encuentro con la estampa que desde hace varios fines de semana se ha vuelto habitual. Tres mendigos matan el tiempo al calor de la máquina con la que comparten el pequeño habitáculo. Abro la puerta y entro.

 

El más viejo de los tres duerme en una esquina, con la cara contra la pared. Ronca como el motor de un coche obligado a ir en primera y con el gas a fondo. Otro está sentado con la espalda recostada en la pared contraria. Luce un gorro de lana calado hasta las cejas y babea con la vista perdida en un punto indefinido. Compruebo sin sorprenderme que hay una hoja doblada de papel de aluminio cerca de él. El tercero intenta encenderse una colilla con la cabeza apoyada en el cajero. Huele a meados, a alcohol transpirado y a miseria.

 

De repente recuerdo que la tuberculosis se contagia a través del aire, y que un tuberculoso puede expulsar más de cuatrocientas mil gotitas infecciosas de un solo estornudo.

 

Entierro mi nariz bajo el cuello de mi camiseta y avanzo hacia la máquina sorteando charcos de aspecto sospechoso, restos de comida y cartones de vino vacío, los dos mendigos que permanecen despiertos no parecen haber advertido mi presencia.

 

Cuando inserto la tarjeta de crédito en el cajero, éste emite un pitido, y el mendigo de la colilla parece aterrizar a mi lado. ¿Cómo van las finanzas? Me pregunta con voz de lija. Mal, contesto a través del cuello de mi camiseta. Todavía no he encontrado a nadie que me diga que bien, insiste. Esos no vienen a sacar dinero aquí, esos son los dueños de los cajeros, le digo. El tipo me enseña los huecos en sus encías a modo de sonrisa.

 

No, no deseo un puto extracto, gracias, si quisiera deprimirme leería a Houellebecq.

 

Cuando saco los dos billetes y me los guardo en el bolsillo, el mendigo de la colilla alarga un brazo hacia mí y extiende el dedo índice. ¿Yo te debo algo a ti? La pregunta me sorprende de tal forma que mi nariz asoma de entre la ropa que la protegía y entra en contacto con el aire que estos desgraciados han estado envenenando todo el fin de semana. No, contesto, ¿por? Porque ya va siendo hora, ¿no crees?

 

La treta del mendigo consigue arrancarme una sonrisa. Meto mi mano en el bolsillo y le alcanzo una moneda de euro. Toma. Muchas gracias, compadre.

 

Salgo al exterior e inspiro profundamente. Visualizo a los vacilos de Koch muriendo en mis alvéolos sin tiempo de infectarme. Un matrimonio de abuelos octogenarios me miran como si yo fuera el mismísimo Cristo resucitado. Antes de que pueda preguntarles qué pasa, la mujer se me adelanta. ¿No te da miedo entrar ahí? No, contesto, y, mientras pienso en la tuberculosis, le cuento que esos tres son inofensivos, que llevan varios fines de semana pernoctando en ese cajero, que un día incluso les vi jugar al ajedrez.

 

Ah, dice ella, es que te hemos visto entrar y le he dicho a mi marido que nos esperásemos por si te hacían algo.

 

Me imagino a Matusalén y señora defendiéndome de los tres mendigos asesinos y me invade la ternura. Ella me recuerda un poco a mi bisabuela. Sonrío por segunda vez en un minuto. Les doy las gracias, dos veces. Después echo a andar.

 

Cuando vuelvo la vista atrás les veo alejarse en dirección contraria, hablando de sus cosas.

 

Canción de la noche: Miss Misery, de Elliott Smith. Porque habría sido perfecta para ese momento.

 

Buenas noches. 

domingo, 5 de abril de 2009

38-. Ese extraño sabor.



Bienvenidos. Acabo de sorprender a mi ruido perro saltando sobre dos patas en el sillón. Mientras se iba a su cama con el rabo entre las piernas, le ha dado tiempo de alzar una pezuña triunfal y desafiante.

 

Ayer recibí un email de los que siempre apetece recibir. He leído tus informes y están muy bien, decía. Felicidades, decía, acabas de ingresar en el fabuloso mundo de las personas que cobran una nómina cada mes. Durante una temporada, decía, ya no tendrás que buscar dinero en las cloacas cuando no tengas con que pagar el alquiler, vas a ganarte la vida con lo que escribes por primera vez, decía, pero los autónomos, guapo, te los pagas tú.

 

Al abrir mi mail y verlo, me imaginé que era el típico mensaje cordial. Hemos recibido tus informes, cuando tengamos un momento los estudiaremos, ya te llamaremos, déjanos en paz. Pero no. Después de leer la primera frase ya no pude continuar, un grito mitad rabia mitad júbilo nacía en el fondo de mi estómago, amenazando con precipitarse al exterior y romper los cristales de las ventanas, así que me puse de pie y abrí la boca apuntando hacia la pared, que se me antojaba más resistente.

 

Laura apareció medio segundo después, con la cara lívida, armada con el cucharón con el que, antes de que mi grito le encogiera el alma, removía la pasta. Qué pasa, preguntó. Me ha salido, contesté. Más gritos, abrazos, los dos perros bailando a nuestro alrededor. Por qué no será siempre así, esta cochina vida. 

 

Si, ya sé. Porque si en vez de en un mar de mierda nadáramos en uno de piedras preciosas no nos sorprenderíamos cuando encontrásemos un diamante.

 

Laura volvió a la cocina, conseguí que los perros dejaran de arañarme los muslos con sus saltos, me senté de nuevo delante del monitor y releí el email. Y la sensación cobijada debajo de mis pulmones me trasladó a la primera vez que experimenté ese extraño sabor.

 

Tenía seis años y estaba en primero de E.G.B., para los del otro lado del charco, la primaria que estudiamos los de mi generación. Era el día de Sant Jordi, poco menos que una fiesta nacional en Catalunya. Semanas antes, habíamos dedicado varias horas de clase a dibujar algo relacionado con la historia de ese santo. Ya sabéis, la princesa secuestrada, el santo matando al dragón para rescatarla y una rosa brotando de la sangre de la bestia muerta para ser ofrecida a la doncella.

 

Recuerdo perfectamente mi dibujo. En el lado izquierdo del folio había una bola verde enorme, que casi ocupaba la mitad del espacio, con rabo de saurio, orejas de perro y una boca llena de dientes afilados. En el lado contrario, un caballero con armadura, escudo y un penacho rojo insertado en su yelmo. Entre los dos, una espada de doble filo que volaba hacia la bestia. Todo dibujado a trazos intermitentes, infantiles, y rellenado a conciencia con ceras de color marca plastidecor.

 

La profesora, de nombre Cristina, había colgado todos los dibujos en una pared del aula, y desde ese momento, se convirtieron en mi motivo de distracción favorito.

 

Poco antes del recreo, entró el hermano director del colegio – sí, ya sé que por lo leído en este blog parece imposible, pero estudié en un colegio religioso – y nos pidió que cerráramos los ojos. En la mano llevaba dos tiras de cartulina. Una granate con la leyenda PRIMER PREMIO escrita en grandes letras negras, y una marrón que correspondía al segundo premio.

 

Lo que sigue es obvio. Cuando abrí los ojos vi la tira de cartulina granate clavada en el corcho con dos alfileres justo debajo de mi dibujo. Me levanté del pupitre y empecé a saltar por la tarima donde cada mañana rezábamos y nos preguntaban la lección gritando ¡Es el mío! ¡Es el mío!

 

El recuerdo llega hasta aquí. No sé si os pasa, pero los míos casi siempre se interrumpen de forma abrupta. No recuerdo qué pasó inmediatamente después, si mis compañeros de clase me aplaudieron o se rieron de mi reacción, ni qué gané con ese dibujo, aunque me atrevería a decir que se trataba de un libro. 


Lo que sé con toda seguridad, es que ése fue el primer triunfo de mi vida, el primer trago de ese sabor extraño, que después me ha vuelto visitar pocas veces en los veintitrés años siguientes, y que, gracias al email de ayer, aún encuentro ahora si acaricio con mi lengua las paredes internas de mis mejillas.

 

Canción de la noche: Float on, de los Modest Mouse. Porque por ahora, y supongo que el efecto aún me durará unos días, me siento como el buzo que vuelve a casa después de haber pasado un mes tumbado en la Fosa de las Marianas.

 

Bona nit.  

sábado, 21 de marzo de 2009

37-. Attica State.



Bienvenidos. Me pregunta mi ruido perro que por qué siendo zurdo, toco la guitarra como los diestros, y yo no sé qué contestar.


Yo tenía quince años y un piano, pero en 1993 todos queríamos ser Kurt Cobain, y con un piano no ibas a ningún lado, así que lo aparqué en una esquina del salón de mi casa y conseguí que mis padres me regalaran una guitarra eléctrica de las baratas por mi cumpleaños.


Poco después empecé a recibir clases de un guitarrista de mi barrio que tocaba en un trío especializado en bodas, bautizos y comuniones, pero no nos entendimos. Yo hablaba de Jimmy Page y él de bossanova. Duramos poco. En esa época empecé a sacarme discos enteros por la noche, de oído, con los auriculares puestos para no molestar a padres ni vecinos.


Un día me enteré que Litus y Magán tenían un grupo, y entrar a tocar con ellos se convirtió en la misión más importante de mi vida. Un domingo por la tarde me hicieron una prueba. No recuerdo qué toqué, probablemente algo de Nirvana, y después improvisé un solo ortopédico con la única escala que me dio tiempo a aprender.


El veredicto fue tajante. Ellos lo que querían era un bajista. O soltaba la guitarra y agarraba el bajo o no había grupo. Así terminó mi corta carrera como guitarrista. El mismo día de mi ingreso en el grupo echamos al hijo del médico del pueblo, que además de no saber tocar, no tenía pintas ni actitud. Nunca nos lo perdonó. Supongo que el hecho de que la batería que usábamos fuera suya y nos negásemos a devolvérsela o pagársela tuvo mucho que ver.


Nos llamábamos Requiem, así, sin tilde, y ensayábamos por la tarde después del instituto y los fines de semana, en el garaje de la abuela de Magán, hasta que la pobre mujer o algún otro vecino golpeaba en la persiana metálica hartos de no oír el televisor. A mí el nombre nunca me gustó. Mi primer bajo fue un fender jazzbass precioso que me prestó el hermano mayor de Litus. Pesaba un quintal.


Meses después de empezar a ensayar nos llegó el primer concierto, junto con otras bandas del pueblo, en las fiestas de mi barrio. Sólo me dio tiempo a aprender a usar la primera cuerda del bajo, el resto estaban de adorno. Cantábamos en inglés, pero Litus, el cantante, no sabía ni media palabra de ese idioma, y el resultado eran unas ensaladas ininteligibles de vocablos arapahoes la mar de divertidas. Aun así, tuvimos las agallas de “versionar” a U2, a Nirvana y a Bad Religion.


Con el tiempo me compré un bajo, un Washburn negro que todavía conservo y toco, y aprendí a usar las tres cuerdas restantes. Litus mejoró su rasgueo y su acento de Bristol, y Magán se compró una batería propia. Nos mudamos a un local más decente y la que más se alegró fue la abuela. Conseguí que nos cambiáramos el nombre por el de Attica State, que es el título de una canción poco conocida de Lennon. Empezamos a componer. Yo escribía las letras, en inglés, con la ayuda de un diccionario, y Litus la música.


Pasó un año, o quizá dos. Entre ensayos y conciertos, los tres perdimos la virginidad, los tres bebimos hasta vomitar, los tres probamos las primeras drogas, a los tres nos destrozaron el corazón.


Tocábamos casi cada fin de semana, en fiestas y bares de nuestro pueblo y pueblos vecinos. Con cada concierto empezamos a adquirir una fama de tipos raros que nos encantaba. Nosotros éramos los que salíamos a tocar en pijama, los que dábamos conciertos piratas improvisados desde la emisora de radio local, los que tocábamos tumbados en el escenario, los que introducíamos sus conciertos con medio minuto de gritos. Vistos ahora, no parecen grandes alardes, pero dentro de la comunidad post-adolescente de un pueblo de quince mil habitantes causaban su efecto.


Empezamos a rivalizar con otro grupo del pueblo, llamado Nothing Against Noise. El origen de esa rivalidad residía en que mi novia me había puesto los cuernos con su cantante. En esa época fue una tragedia. Al final, la chica pasó de los dos e inició una historia mucho más estable con el batería de ese grupo, que hoy es un gran amigo. De ella hace años que no sabemos nada.


Llegó EL CONCIERTO. El premio era grabar una maqueta. Diez minutos antes de salir a tocar yo me estaba metiendo speed en un baño, invitado por dos rostros que con los años han perdido sus facciones, y Litus vomitaba en el baño contiguo, víctima de una de sus resacas inolvidables. Magán ni siquiera había llegado. Aún así tocamos. Quedamos cuartos, pero no nos importó, los que ganaron hacían rock en catalán, nosotros estábamos en una onda muy distinta.


Litus y Magán se fueron a la universidad, a Barcelona. A mí todavía me quedaba un año para poder acompañarles. Abandonamos a Kurt Cobain y adoptamos a Thom Yorke como referente. Las canciones compuestas en esa época pasaron a tener más de tres acordes, yo ya no necesitaba el diccionario para escribir, y la voz de Litus adquirió el grado de rotura con el que siempre habíamos soñado.


Decidimos que era indispensable grabar una maqueta por nuestros medios, lo que hacíamos era demasiado bueno como para quedarse entre las paredes del contenedor naval en el que ensayábamos, pero siempre aparecía algo más importante que hacer. Los ensayos quedaron relegados al sábado por la noche y solían terminar en horizontal. Al final, nos acostumbramos a tocar en los bolos sin ensayar y con instrumentos prestados.


El sueño duró poco más. No recuerdo por qué, agradecería a cualquiera de los dos aludidos que completaran la historia en este punto. Sólo sé que ese verano empecé a trabajar en el bar de moda y no pedí fiesta para tocar en un concierto. Litus y Magán lo interpretaron como que por fin había terminado de venderme, fuera quién fuera el comprador. Puede que fuera verdad, pero también es cierto que ya no tenía ganas de seguir tocando.


Ahora, cuando regreso al pueblo, solemos montar conciertos improvisados en algún local. En ellos están todos los que estaban en esa época, más muchos de los que me vieron intentar ser inmortal años después. Siempre me sorprende que siga acordándome de las canciones.


La foto que ilustra lo que escribo iba a ser la portada de nuestra maqueta. Nos la sacó Montse, inmortal por méritos propios y lo más parecido a una groupie que tuvimos jamás, una noche de tantas en el puerto. Ella misma la escaneó y me la envió hace tiempo, acompañada de un "¿te acuerdas?" seguido de muchos signos de admiración. Yo estoy en el medio, Litus a la derecha, Magán es el que queda.


El otro día leí que la media anterior a un éxito en un proyecto personal es de diez fracasos. El dato me pareció una parida, pero me hizo hacer una lista de mis fracasos mientras espero ese éxito prometido, y de todos ellos, Attica State es el que recuerdo con más cariño.


Canción de la noche: Jeremy, de Pearl Jam. Porque una vez hicimos una versión tremenda de ese tema en un garito de San Antonio, o al menos así la recuerdo.


Buenas noches.

miércoles, 4 de marzo de 2009

36-. Hornby sabrá perdonarme.


Bienvenidos. Mi ruido perro no termina de entender la regla del fuera de juego.

 

El primer recuerdo que tengo del Barça es, al mismo tiempo, el primer recuerdo que tengo de estar enfermo. Yo tenía seis años, era sábado por la noche y la gripe campaba a sus anchas por mi organismo. Una semana antes, el Barcelona había ganado 1 a 2 en el campo del Valladolid, gracias a un penalti detenido por Urruti a dos minutos del final, y se había proclamado campeón de liga. Ese sábado, exactamente el treinta de marzo de 1985, después del partido que enfrentaba al Barça con el Sporting de Gijón, estaban previstas las celebraciones por la conquista de dicho título.

 

Recuerdo que me despertó un ruido, y al abrir un ojo, difuminado por las brumas de la fiebre, vi a mi abuelo, mejillas encendidas, barriga prominente, sonrisa campechana, con una botella de cava recién descorchada en la mano. Pese a mi gripazo, juraría que mi abuelo me dejó dar un sorbo de su copa, y en ese caso, también fue el primero.

 

Esas navidades, los reyes magos me trajeron mi primera equipación blaugrana, marca Meyba. Recuerdo que, hasta que ese mismo día de reyes, que ese año caía en sábado, no vi a los jugadores saltar al campo vestidos como yo, no me creí que fuera la auténtica pese a los esfuerzos de mi padre por hacérmelo entender. Al día siguiente, mi madre me cosió el número cuatro a la espalda, como el de Julio Alberto, mi primer ídolo.

 

Cinco meses después aprendí que los mayores no siempre dicen la verdad. Era el día antes de mi octavo cumpleaños, y el Barça jugaba en Sevilla su segunda final de la copa de Europa. Absolutamente TODOS los hombres adultos de mi familia me habían asegurado que no podíamos perder. Enfrente teníamos a un equipo desconocido, un tal Steaua de Bucarest, de Rumanía, un país de tebeo, pensaba yo, presidido por el Conde Drácula.

 

No recuerdo nada del partido, pero por lo visto fue muy malo y terminó sin goles. La tanda de penalties posterior la recuerdo perfectamente, porque es la única vez que he visto en mi vida a un portero parar cuatro lanzamientos seguidos. Un tal Ducadam detuvo los tiros de Alexanko, Pedraza, Pichi Alonso y Marcos, y nos robó una copa que yo creía nuestra por decreto. Esa noche me acosté entre las primeras lágrimas futbolísticas de mi vida, abandonando mi cena en la mesa, y tanto mi padre como mi madre tuvieron que venir en distintos momentos a consolarme.

 

Al fin de semana siguiente, completamente restablecido del disgusto, no paré hasta que mis padres me dejaron recibir a los invitados a mi octava fiesta de cumpleaños vestido con la equipación que me habían traído los reyes.  

 

El catorce de mayo de 1994 yo era un adolescente repleto de hormonas que celebraba de nuevo su cumpleaños. Hacía pocos días que había cumplido quince, y mis padres, en un acto que rebosaba confianza, desaparecieron del piso en el que vivíamos a primera hora de la tarde y prometieron no volver hasta medianoche. Yo había estado todo el E.G.B. profundamente enamorado de Miriam, una niña de ojos azules y pelo rubio, a la que a veces aún veo, convertida en mujer, cuando regreso a mi pueblo. Ese día vino con su prima.

 

La fiesta no tuvo nada de especial, o tuvo todo lo especial de ese tipo de fiestas. Bailamos canciones lentas y rápidas, bebimos cerveza – algo que mis padres me habían prohibido ex profeso – y, a instancias de mis amigos, en un momento puse en el vídeo una película porno que no recuerdo de donde salió. No sé qué esperábamos que ocurriera, pero lo único que conseguimos fue un amplio muestrario de muecas de asco, cortesía de todas las chicas presentes.

 

A las nueve pusimos el Depor – Valencia. El Barça iba segundo, detrás del Depor, que si ganaba esa noche salía campeón. A un minuto del final del partido, con 0 a 0 en el marcador, el árbitro pitó un penalty a favor del Depor. Todos enmudecimos. Bebeto, la estrella del Depor, se acojonó como un niño en el dentista, y Djukic, un buen defensa central del equipo gallego que pasó injustamente a la posteridad por ese momento, agarró el balón y lo plantó en el césped. Después resopló, cogió carrerilla y chutó flojo y al cuerpo de González, el portero del Valencia. Todos, incluidos Miriam y yo, explotamos de júbilo y empezamos a saltar y a abrazarnos como si nuestras vidas dependieran de esa parada. Al día siguiente, el Barça le ganó 5 a 2 al Sevilla y se proclamó campeón.

 

Ese abrazo, sucedido en el peor momento de la vida del pobre Miroslav Djukic, fue el contacto más estrecho que conseguí con el cuerpo de Miriam, aprendido de memoria tras recorrerlo tantas veces con mi imaginación en la soledad de mi cama.     

 

Dos años antes habíamos ganado nuestra primera Champions. Sucedió el 20 de mayo de 1992, en el estadio de Wembley, Londres. Esta vez, no hizo falta que nadie me asegurara que no podíamos perder, yo lo sabía de sobra. Jugábamos contra la Sampdoria, un equipo al que ya habíamos ganado en la final de la recopa tres años antes, y además, a mí me la debían todos desde la final de Sevilla, Conde Drácula incluido. Dudo que haya un culé que no tenga clavado en sus retinas el minuto 111 de partido, la imagen de Koeman corriendo hacia el balón después de que Stoichkov lo tocara suavemente y Bakero lo parara, mientras Vialli, la estrella rival, se tapaba el rostro con una toalla desde el banquillo para no verlo.

 

De esa champions, más que el del gol de Koeman, mi recuerdo más nítido es el del gol de Bakero en Kaiserslautern. Fue el 6 de marzo de 1991. Yo tenía doce años. El Barça se jugaba el pase a los cuartos de final. Habíamos ganado 2 a 0 en Barcelona, pero el partido de vuelta fue nefasto, y los alemanes ganaban 3 a 0. En el último minuto, Koeman, cómo no, colgó la pelota hacia el área rival a la desesperada y, de repente, Bakero saltó entre dos alemanes que le sacaban tres palmos y remató a gol. Yo debía estar estudiando, o haciendo los deberes, porque recuerdo un montón de folios volando por el salón y mi padre y yo saltando abrazados. Segundos después nos fuimos corriendo sin dejar de gritar hacia la habitación donde dormía mi madre para hacerla partícipe de un momento tan importante en la historia de la humanidad. La pobre mujer nos miró como debieron mirar los científicos de la Nasa al marciano de Roswell, nos preguntó si nos habíamos vuelto locos y nos echó como pudo de la habitación.

 

Hablando de mi madre, la segunda Champions que ganó el Barça, la de Saint Denis, para mí siempre tendrá un regusto amargo. A mi madre le habían detectado el cáncer que terminaría matándola tan sólo una semana antes. Aún no sabíamos qué iba a pasar. A pesar de la expulsión de Lehmann, el Arsenal se avanzó con un gol de Campbell, y el Barça parecía nervioso, sin ideas. En el descanso lo daba todo por perdido, pero en la segunda parte, en tan sólo cuatro minutos, Eto’o empató y Belletti, en una jugada llena de surrealismo, le dio la vuelta al marcador. Cuando el partido terminó, mientras salía a emborracharme, le mandé un mensaje a mi padre por el móvil, diciéndole que ése era un ejemplo de que a veces hay cosas que empiezan mal y terminan bien. Durante un tiempo nos lo creímos.

 

El sábado pasado fui al Calderón. No veía un partido del Barça en directo desde hacía diecisiete años. Y perdimos, sí, de mala manera además, y llegué a casa mustio y sin apetito, y el mal humor me duró hasta bien entrado el lunes. Pero mientras estaba en el campo, las porciones de mi vida ligadas a algo tan estúpido como veintidós tipos persiguiendo un balón – Borges se preguntaba con razón por qué no le daban uno a cada jugador – desfilaron detrás de mis ojos, entre mis orejas. Algunos los tenía muy presentes, otros no tanto, y por eso decidí rescatarlos aquí.

 

Me quedan muchos en el tintero, las dos ligas de Tenerife, el gol de Messi al Getafe, la final de Atenas, Roberto abandonando la concentración del equipo en holanda para fichar por el Valencia, Alexanko acusado de violación, la muerte de Urruti, los goles de Ronaldinho en el Bernabéu, la entrada de Goikoetxea a Maradona… y estoy convencido de que, con un poco de esfuerzo podría, como hizo Nick Hornby en Fever Pitch, asociar un momento importante de mi vida a todos esos recuerdos. Pero esto no es un libro, y, sobretodo, yo no soy Hornby.

 

Canción de la noche: Hoy puede ser un gran día, de Joan Manel Serrat. Porque me encanta, porque Serrat es del Barça, y porque la secuencia del partido de fútbol de Smoking Room, con este tema de fondo, es memorable.

viernes, 27 de febrero de 2009

35-. A la manera de Merseyside.


Bienvenidos. Mi ruido perro está haciendo cábalas para que no se rompa el hechizo.

 

Por lo visto, sigo instalado en el paréntesis que se abrió con el madrugón de los oscar. Ayer laura recibió un inesperado cheque por los derechos de imagen que ha generado en los cines de Suiza el pase de una película que hizo, aquí, en España, y con parte del dinero me fui a comprar un disco duro multimedia a la Fnac. Lo tengo delante los ojos ahora mismo, relleno como un pollo en la mesa de Navidad con las series y las películas que me acompañan en las noches que me declaro en huelga del resto, y no tengo más que palabras de agradecimiento para los cinéfilos suizos, por si acaso alguno me lee.

 

Me siento un poco raro siendo optimista por segunda vez seguida en este blog, escribiendo, en una tarde luminosa como la de ayer, algo que ya sé ahora –  después de, curiosamente, trece líneas – que etiquetaré con la frase de los buenos momentos. Por si acaso, tengo el primer disco de Interpol sonando en el equipo, no vaya a ser que faltara un poco de ansiedad.

 

Soy un poco cenizo, lo sé. Soy como el hipocondríaco que una mañana se despierta sin síntoma alguno de enfermedad dolorosa y mortal y lo primero que hace es echarlos de menos. Como diría Supercrisis, mierda de generación.

 

Volviendo al paseo de ayer, hubo un momento en el que tuve un chute sobredosificado de primavera, y mi organismo casi no lo soporta. Entré en la Plaza Mayor con un disco de Broken Social Scene en los oídos, no recuerdo cuál, y la ausencia de nubes clavada en las retinas, cuando divisé al grupo de los rumanos. Si los habéis visto alguna vez en esa plaza o en Sol sabéis de quién os hablo. Quince gitanos, que parecen arrancados de una peli de Kusturica,  armados con acordeones, contrabajos e instrumentos de viento, y dejando claro que la educación musical de nuestro país, comparada con la de cualquier país del este, da pena. Había un chico de unos trece años que tocaba su trompeta como yo, después de años de conservatorio, jamás podré tocar mi piano. Cada vez que los veo y escucho me dan ganas de casarme con Laura y así poder contratarles para que toquen en el banquete.

 

Mientras escuchaba a los rumanos paseé la vista por la plaza, los grupitos de chicos y chicas calentando su sangre al sol como si fueran lagartijas poblaban gran parte de los adoquines. De repente, irrumpió en mi campo de visión un tipo enorme vestido con la camiseta del Liverpool. Tenía una retirada a Sloth, de los Goonies. La cabeza afeitada, el ceño fruncido y los músculos recubiertos de grasa del que un día se mató en el gimnasio y después empezó a hacerlo en los bares.

 

Andaba a grandes pasos, muy deprisa, y parecía cabreado. Por un momento desfilaron por mi cabeza, tan llena de prejuicios como cualquier otra, las imágenes de hooligans ingleses liándola en cualquier desplazamiento de su equipo que todos hemos visto alguna vez en televisión. Mierda, pensé, este hijo de puta nos va a joder la tarde a todos, e intenté encontrar con mi mirada al pobre infeliz que, en pocos segundos, estaría la mar de entretenido recogiendo sus dientes del suelo.

 

Le seguí con la vista hasta que se detuvo frente a un grupo de cuatro chicas que no debían pasar de los veinte años. Una vez allí, se quitó la camiseta, que lucía el número nueve y el nombre de Fernando Torres, el ídolo de todos los hinchas del Liverpool, hincó una rodilla al suelo, y se la acercó con la mano a la más guapa de las cuatro.

 

Después, dejando a la chica – y a todos los que estábamos observando – totalmente anonadados, se dio media vuelta y se encaminó, sonrisa triunfal y tatuajes carcelarios al viento, hacia donde sus amigos, con pintas tan poco recomendables como la suya propia, le esperaban vitoreándole por su valentía.

 

Despacio, sin querer abandonar del todo ese momento pero sabiendo que nada podía superar a lo que acababa de ver, me coloqué los auriculares en los oídos y cruzé la plaza hasta abandonarla, de puntillas y con una minúscula sonrisa en la boca, tratando de hacer mutis por el foro sin molestar a la vida que no está incluida dentro de la frontera de mi piel.

 

Al llegar a Bailén un autobús casi me atropella, pero ésa es otra historia.

 

Canción de la noche: I’ve got a feeling, de The Beatles. Dedicada al quijote scouser, hooligan sensible y enamoradizo que ahora debe estar trabajando en cualquier fábrica a orillas del Mersey para poderse comprar otra camiseta de su equipo.

 

Buenas noches. 

lunes, 23 de febrero de 2009

34-. Hacía mucho, demasiado.


Bienvenidos. Mi ruido perro duerme a mi lado, la sonrisa aún cuelga de su hocico.


Son las siete y cinco minutos de la tarde. Llevo despierto trece horas y mis párpados amenazan con declararse en huelga y cortar mi comunicación con el mundo. No recuerdo la última vez que salté de la cama a esa hora.


Esta mañana, Laura se había quedado dormida frente al televisor viendo la ceremonia de los oscar, y mientras sorbía una taza de café he visto como Danny Boyle y un ejército de indios subían a recoger su premio por esa especie de drama romántico postmoderno y de olor a cúrcuma. En cambio, a Micky Rourke al final no le han dado el que todo el mundo creía que era para él, y encima esta semana se murió su perro. Vaticino un nuevo descenso a los infiernos de este hombre que si se hubiera muerto sería recordado como James Dean, pero que tuvo la desgracia de seguir vivo a pesar de sus intentos por autodestruirse.


Después de cotillear un poco los oscar he salido a fumar a la galería, pero el coche de producción ya estaba aparcado debajo de mi casa, y no he podido obviar los destellos de sus focos conminándome a bajar aunque aún no era la hora. Ya en el coche, en un ejercicio más bien sádico, me he enchufado el último disco de Dan Deacon en los oídos y, sin saber muy bien por qué, me ha venido a la cabeza Kerouac. Me he entretenido durante todo el trayecto en imaginar mi cuerpo lleno de fabulosos cohetes amarillos que explotaban como arañas.


Hoy me he vuelto a sentir actor, he pisado un rodaje de nuevo muchos meses después. Desde luego, no es un papel que vaya a convertirse en un punto de inflexión en mi carrera, pero lo he agarrado como si fuera un Roberto Zucco, o un Laertes, y lo he sangrado como sangro a mi cama después de una borrachera de dos días.


Pero como en casi todo lo que hago dentro de estas viñetas dibujadas por Daniel Clowes que conforman mi vida, el absurdo ha hecho acto de presencia una vez más. Mi último trabajo como actor me salió mientras un cáncer se comía a mi madre en un hospital de Girona, y consistía en dar vida a un tipo que es detenido por la policía acusado de proporcionarle marihuana a su madre enferma de cáncer. Ja. Como no podía ser de otra forma, ahora que mi madre ha muerto, hoy me he tirado todo el día rodeado de coronas de flores y ataúdes, dentro de un tanatorio de verdad, fingiendo que se me había muerto un amigo. Ja al cuadrado. Lo pienso y os juro que me río. Por suerte, parece que las cicatrices ya están secas y aguantan sin tirar demasiado. A ver qué tal mañana.


De todos modos, el momento que me ha impulsado a escribir lo que leéis no tiene nada que ver con el absurdo, ni, por una vez, con dolor, tristeza o muerte. Más bien todo lo contrario.


Habíamos terminado de comer, y, mientras los técnicos iluminaban para grabar la siguiente secuencia, me he tumbado a leer en el patio del tanatorio con un cigarro en la boca y un té humeante cerca de mi mano derecha. El primer sol cargado de buenas noticias del año me pellizcaba las mejillas. A mi izquierda, una de las mujeres más bonitas que he visto en mi vida tarareaba una canción que no he reconocido, a mi derecha, risas provocadas por bromas inocentes, incluso un tanto estúpidas, con sabor a chicle de fresa ácida. Detrás, la satisfacción de un trabajo bien hecho, delante, la perspectiva de seguir haciendo una de las cosas que más me gustan.


Hacía mucho que no quería detener el tiempo, quedarme a vivir en un instante, demasiado.


Canción de la noche: Wash away, de Joe Purdy. Porque si mi vida fuera una película dirigida por mí mismo en lugar de un cómic de Daniel Clowes, habría puesto un tema como éste de fondo en ese momento.


Hoy sí. Buenas noches.