Bienvenidos. Mi ruido perro se ha quedado con el ojo pegado a la mirilla, y dice que nos avisa la próxima vez.
Llevo tantos días sin escribir que los temas se me han amontonado en la libretita. Podría hablaros de la peripecia de Xavi con una estatua en el Reina Sofía, o podría hablaros de por qué al final, y después de tirarme meses temiendo estas fiestas, las estoy pasando en Madrid con Laura, a setecientos kilómetros de lo que queda de mi familia. O de un gitano llamado Ricardo Montoya y sus tácticas de supervivencia.
Prometo desgranar todas esas anécdotas en próximas entradas, tampoco tengo mucho más que hacer estos días durante las horas de sol, pero ahora os quiero hablar de otra cosa.
Primero os tengo que poner en antecedentes.
El piso donde vivo es bastante especial. En él murió Ignacio Zuloaga. Se da la curiosa casualidad de que él murió aquí, al lado de donde escribo, el treinta y uno de octubre de 1945, y Laura y yo entramos a vivir en el que fue su estudio el treinta y uno de octubre de 2006. La verdad es que daría para una película de terror, pero a Laura y a mí siempre nos ha gustado todo lo singular, y tenemos un pequeño juego al respecto casi desde el primer día. Cada vez que cruje el parqué o tintinea una bombilla, que suele ser muy a menudo, uno de los dos dice: “Don Ignacio, estése quieto, que no me deja oír la tele”, o algo similar. Además, nuestros perros siempre se habían portado mal cuando se quedaban solos en otros pisos, y aquí todavía no han roto nada. Nos gusta pensar que es porque no se quedan solos nunca, no sé si me explico.
Cuando supe que Zuloaga había pisado donde yo piso, y dormido donde yo duermo, investigué un poquito. Y descubrí que aquí también había dormido Rilke, amigo del pintor, antes de que los dos partieran de viaje hacia Andalucía, que gran parte de la Generación del 98 tomó el fresco en mi balcón, y que gente como Ortega y Gasset, Valle-Inclán o Pérez de Ayala posaron para él en el que ahora es mi salón.
Llevo más de dos años viviendo aquí, y aún se me eriza el vello de los brazos al pensarlo.
Dicho esto, ayer por la tarde estábamos Laura y yo tumbados en el sofá, en pijama - sí, en pijama, qué pasa - viendo la televisión, cuando sonó el timbre. Me levanté con el corazón encogido, pues últimamente por la tarde sólo nos visita el cartero para darnos alguna mala noticia, y descolgué el teléfono del portero automático. ¿Sí? Dije. Hola, queríamos subir a ver la casa de Zuloaga, contestó una voz de mujer. De todo lo que me podrían haber dicho en ese momento, ésa era la posibilidad que menos esperaba. Es que esto ahora es una casa particular, objeté entre balbuceos. Ya lo sé, dijo la voz, ¿pero no podría dejarnos subir un momento? Dudé unos segundos. La verdad es que no me costaba nada, y a la mujer, por la razón que fuera, parecía hacerle mucha ilusión. Laura estuvo de acuerdo.
Encerré a los perros en la habitación – suelen ser muy efusivos, conozcan o no a la visita – y esperé en el rellano. Después de un tiempo muy superior al que se tarda en subir dos pisos, aparecieron una mujer que aparentaba sesenta años, aunque he hecho cálculos y debía ser bastante mayor, y una niña que debía rondar los diez. La mujer iba vestida con un traje-chaqueta lila de muy buen corte, a juego con su sombra de ojos. La niña era rubia, llevaba su larga melena recogida en una cola de caballo e iba vestida con unos pantalones de pana verdes y un jersey blanco de lana. Las dos entraron como si estuvieran en su casa.
Después de las típicas frases cordiales fruto de la incomodidad, la mujer empezó a interrogarnos mientras se paseaba por el salón. Debía salir de una comida familiar, porque sus pasos estaban cercanos al tambaleo, y su aliento olía a coñac. Laura y yo fuimos contestando a todas sus preguntas, totalmente estupefactos. Cuando tuvo toda la información referente a nuestras profesiones e inquietudes artísticas, pasó a describirnos cómo era nuestra casa hace medio siglo. En ese punto yo ya empecé a acojonarme, porque describió ciertas cosas, como por ejemplo dónde tenía la alcoba Don Ignacio, que yo ya sabía, y lo hizo con una exactitud brutal. Al ver nuestra cara de pasmo, detuvo su explicación y sonrió.
- Es que yo soy la nieta de Zuloaga, y ella – dijo señalando a la niña – es su tataranieta.
La visita duró poco más. La mujer me corroboró todo lo que yo había investigado sobre la vida del pintor en esta casa, y nos contó unas cuantas anécdotas más. La niña no abrió la boca en todo el rato. Al marcharse, nos dijo que estaba muy contenta porque en casa de su abuelo seguía viviendo gente que se dedicaba al arte, y nos pidió los teléfonos, quién sabe por qué. El olor de su perfume mezclado con el del coñac permaneció con nosotros varios segundos después de haber cerrado la puerta tras sus pasos.
Canción de la noche: Qualsevol nit pot surtir el sol, de Jaume Sisa. Porque es una canción maravillosa, porque me traslada a las navidades de mi infancia y porque, entre otras cosas, también habla de visitas y visitantes.
Buenas noches.
Por cierto, Lua, he visto tu comentario sobre este blog en el blog de “la segona hora”. Muchas gracias, pero la segunda parte me ha dejado de piedra y no sé quién eres. Si estás leyendo esto ¡Manifiéstate!