jueves, 25 de diciembre de 2008

28-. El curioso incidente de la mujer a media tarde.


Bienvenidos. Mi ruido perro se ha quedado con el ojo pegado a la mirilla, y dice que nos avisa la próxima vez.


Llevo tantos días sin escribir que los temas se me han amontonado en la libretita. Podría hablaros de la peripecia de Xavi con una estatua en el Reina Sofía, o podría hablaros de por qué al final, y después de tirarme meses temiendo estas fiestas, las estoy pasando en Madrid con Laura, a setecientos kilómetros de lo que queda de mi familia. O de un gitano llamado Ricardo Montoya y sus tácticas de supervivencia.


Prometo desgranar todas esas anécdotas en próximas entradas, tampoco tengo mucho más que hacer estos días durante las horas de sol, pero ahora os quiero hablar de otra cosa.


Primero os tengo que poner en antecedentes.


El piso donde vivo es bastante especial. En él murió Ignacio Zuloaga. Se da la curiosa casualidad de que él murió aquí, al lado de donde escribo, el treinta y uno de octubre de 1945, y Laura y yo entramos a vivir en el que fue su estudio el treinta y uno de octubre de 2006. La verdad es que daría para una película de terror, pero a Laura y a mí siempre nos ha gustado todo lo singular, y tenemos un pequeño juego al respecto casi desde el primer día. Cada vez que cruje el parqué o tintinea una bombilla, que suele ser muy a menudo, uno de los dos dice: “Don Ignacio, estése quieto, que no me deja oír la tele”, o algo similar. Además, nuestros perros siempre se habían portado mal cuando se quedaban solos en otros pisos, y aquí todavía no han roto nada. Nos gusta pensar que es porque no se quedan solos nunca, no sé si me explico.


Cuando supe que Zuloaga había pisado donde yo piso, y dormido donde yo duermo, investigué un poquito. Y descubrí que aquí también había dormido Rilke, amigo del pintor, antes de que los dos partieran de viaje hacia Andalucía, que gran parte de la Generación del 98 tomó el fresco en mi balcón, y que gente como Ortega y Gasset, Valle-Inclán o Pérez de Ayala posaron para él en el que ahora es mi salón.


Llevo más de dos años viviendo aquí, y aún se me eriza el vello de los brazos al pensarlo.


Dicho esto, ayer por la tarde estábamos Laura y yo tumbados en el sofá, en pijama - sí, en pijama, qué pasa - viendo la televisión, cuando sonó el timbre. Me levanté con el corazón encogido, pues últimamente por la tarde sólo nos visita el cartero para darnos alguna mala noticia, y descolgué el teléfono del portero automático. ¿Sí? Dije. Hola, queríamos subir a ver la casa de Zuloaga, contestó una voz de mujer. De todo lo que me podrían haber dicho en ese momento, ésa era la posibilidad que menos esperaba. Es que esto ahora es una casa particular, objeté entre balbuceos. Ya lo sé, dijo la voz, ¿pero no podría dejarnos subir un momento? Dudé unos segundos. La verdad es que no me costaba nada, y a la mujer, por la razón que fuera, parecía hacerle mucha ilusión. Laura estuvo de acuerdo.


Encerré a los perros en la habitación – suelen ser muy efusivos, conozcan o no a la visita – y esperé en el rellano. Después de un tiempo muy superior al que se tarda en subir dos pisos, aparecieron una mujer que aparentaba sesenta años, aunque he hecho cálculos y debía ser bastante mayor, y una niña que debía rondar los diez. La mujer iba vestida con un traje-chaqueta lila de muy buen corte, a juego con su sombra de ojos. La niña era rubia, llevaba su larga melena recogida en una cola de caballo e iba vestida con unos pantalones de pana verdes y un jersey blanco de lana. Las dos entraron como si estuvieran en su casa.


Después de las típicas frases cordiales fruto de la incomodidad, la mujer empezó a interrogarnos mientras se paseaba por el salón. Debía salir de una comida familiar, porque sus pasos estaban cercanos al tambaleo, y su aliento olía a coñac. Laura y yo fuimos contestando a todas sus preguntas, totalmente estupefactos. Cuando tuvo toda la información referente a nuestras profesiones e inquietudes artísticas, pasó a describirnos cómo era nuestra casa hace medio siglo. En ese punto yo ya empecé a acojonarme, porque describió ciertas cosas, como por ejemplo dónde tenía la alcoba Don Ignacio, que yo ya sabía, y lo hizo con una exactitud brutal. Al ver nuestra cara de pasmo, detuvo su explicación y sonrió.


- Es que yo soy la nieta de Zuloaga, y ella – dijo señalando a la niña – es su tataranieta.


La visita duró poco más. La mujer me corroboró todo lo que yo había investigado sobre la vida del pintor en esta casa, y nos contó unas cuantas anécdotas más. La niña no abrió la boca en todo el rato. Al marcharse, nos dijo que estaba muy contenta porque en casa de su abuelo seguía viviendo gente que se dedicaba al arte, y nos pidió los teléfonos, quién sabe por qué. El olor de su perfume mezclado con el del coñac permaneció con nosotros varios segundos después de haber cerrado la puerta tras sus pasos.


Canción de la noche: Qualsevol nit pot surtir el sol, de Jaume Sisa. Porque es una canción maravillosa, porque me traslada a las navidades de mi infancia y porque, entre otras cosas, también habla de visitas y visitantes.


Buenas noches.


Por cierto, Lua, he visto tu comentario sobre este blog en el blog de “la segona hora”. Muchas gracias, pero la segunda parte me ha dejado de piedra y no sé quién eres. Si estás leyendo esto ¡Manifiéstate!

miércoles, 10 de diciembre de 2008

27-. Aitana, Lucas y María.


Bienvenidos. Pregunta mi ruido perro si yo sería capaz de decir algo así de él.

 

Domingo al mediodía. Estoy con Aitana en la terraza de Joaquín. Yo apuro un cigarrillo, ella se cuelga de la barandilla como si fuera un monito, y se ríe cada vez que choca contra los barrotes. Aitana tiene cinco años, y desde hace unos meses está inmersa en esa etapa en que las niñas se disfrazan de princesa a la menor ocasión. Del disfraz de hoy destacan una larga falda de raso rosa con mucho vuelo y cubierta por un tul del mismo color, y una diadema plateada de plástico. Lleva los labios pintados de rojo y sombra oscura sobre los ojos.

 

De repente, se suelta de la barandilla y se tumba en la hamaca de un salto. Se me queda mirando. Tengo una mascota nueva, dice. ¿Ah, sí? Sí, es un ratón y se llama María. ¿Y qué tal se lleva con Lucas?

 

Hago la pregunta por inercia, por seguir manteniendo la conversación con la niña. Lucas es su perro. Hace unos meses un coche le golpeó y perdió un ojo. Al principio no se sabía qué iba a pasar con él, pero ahora es un feliz perro pirata, con el párpado cosido a la mejilla. Cuando oye el nombre de su perro, Aitana muda la expresión. Su mirada se ensombrece y su voz pasa del acostumbrado tono agudo e impertinente al susurro.

 

Es que Lucas se ha ido, dice. Empiezo a pensar que he metido la pata hasta el fondo. Me gustaría que la conversación terminara aquí, pero la mirada inquisidora de la niña me obliga a seguir preguntando. Trago saliva. ¿Adónde ha ido? Aitana, que sigue tumbada en la hamaca, vuelve el rostro hacia la pared y, sin mirarme, suelta la frase que lleva unos minutos revoloteando a nuestro alrededor como un murciélago.

 

Se ha ido al cielo, dice. Joder. El día se ensombrece de golpe, acabo de hacer que una niña de cinco años se acuerde de la muerte de su perro. Me quiero abofetear. ¿Qué puede ser lo siguiente? ¿Contarle que los reyes son los padres? Ella me sigue mirando sin pestañear, con el ceño fruncido y unos pucheros dignos de Popeye. El carmín corrido le confiere un aire de muñeca rota. No tengo ni la más remota idea de qué puedo decir. Seguimos mirándonos unos segundos que me parecen eternos, hasta que la llaman desde el salón, ya está la comida y hay que lavarse las manos.

 

La niña suspira, se levanta de la hamaca, se sacude la falda como se estila en la corte del príncipe azul y me deja solo. Noto la sangre latiendo en mis sienes y, a pesar de que el día es frío, tengo las mejillas encendidas. ¿Por qué nadie me ha dicho que Lucas se ha muerto? ¿Y qué le ha pasado? No puede ser del accidente, hace dos semanas estuve jugando con él en esta misma terraza. ¿Habré removido una herida que ya estaba cicatrizando gracias a María el ratón?

 

Entro buscando a Laura para que me aclare qué ha pasado con el perro y me topo con Itxaso, la madre. Me aclaro la voz. Oye, Itxaso, creo que la he cagado. No sabía lo de Lucas, y Aitana me ha contado lo del ratón y… bueno, que creo que se ha puesto triste.

 

La madre me mira como si yo fuera Lucas resucitado, como si le estuviera hablando en polaco, como si estuviera desnudo. Soy Lucas resucitado y le estoy hablando a Itxaso en polaco mientras me rasco las pelotas como mi difunta madre me trajo al mundo. Dioses.

 

Intento recomenzar mi explicación por la parte en la que yo no sabía que Lucas estaba muerto, pero Itxaso me corta antes de que pueda decirle cuánto siento haber entristecido a la niña, y me dice que Lucas está en su casa, vivito y coleando. En ese justo momento, Aitana irrumpe en el salón envuelta en una carcajada, salpicando con sus manitas húmedas el rostro de su padre, que la lleva en brazos. Itxaso me da la espalda y le pregunta a la niña qué me ha contado sobre Lucas.

 

Que estaba en el cielo, responde como si dicha respuesta fuera la más lógica posible. ¿Y por qué le has dicho eso? Inquiere la madre. La niña se encoje de hombros mientras tuerce la boca como sólo los niños saben hacerlo. Veo que tiene moquitos resecos en sus pequeñas fosas nasales, sobre esos labios rojos de carmín y debajo de esos ojos enmarcados en oscuro. Todo cobra un matiz grotesco y empiezo a pensar de nuevo si estaré loco. Aitana parece cerca de las lágrimas, no quiero que Itxaso la riña. Estoy a punto de intervenir. Por suerte, la borrasca pasa deprisa. Itxaso se vuelve hacia mí de nuevo y me asegura otra vez que Lucas está en su casa y que no existe ningún ratón llamado María. Todos reímos, más o menos, la niña también. Joaquín aparece con el arroz y nos sentamos a comer.

 

Hablamos de lo que acaba de ocurrir durante gran parte de la comida. Aitana tatarea una canción infantil mientras mastica, como si la conversación no fuera con ella. Los mayores deciden que la niña es tan inteligente como imaginativa, que sólo era un juego. Yo pienso en las veces que habrá jugado con Lucas, y me imagino a mí mismo bromeando sobre la muerte de mis perros. Un escalofrío recorre mi espalda. Aitana se levanta antes de haber terminado su plato para ver una película de dibujos amorrada al televisor. Hipnotizada por los monigotes en la pantalla, probablemente ya no se acuerde de que hace unos minutos ha matado a su perro tuerto en beneficio de un ratón imaginario llamado María.

 

Yo me sigo acordando días después, y me pregunto si, a pesar de que el desconocimiento de la ley no nos exime del cumplimiento de la misma, no saber lo que es la maldad nos libra de ella. Los enormes ojos de Aitana, llenos de dibujos animados, podrían ser un argumento a favor de tal teoría. Aunque yo no la comparta.  

 

Canción de la noche: Kids with guns, de Gorillaz. Porque, como canta Damon Albarn, igual son ellos los que nos convierten en monstruos a nosotros. Es decir, puede que con sus juegos desenmascaren nuestra oscuridad.

 

Buenas noches.    

jueves, 4 de diciembre de 2008

26-. Tuxedo.

Bienvenidos. Mi ruido perro se ha hecho un nudo Windsor con la correa y quiere bajar a la calle a ver qué pasa ahora.


- Quiénes?


El hombre embutido dentro de un smoking, cincuenta, barriga prominente, barba de intelectual progresista, pajarita alrededor del cuello y novia de veinticinco colgada del codo, me mira con los ojos muy abiertos, y a mí se me antoja harto complicado explicarle quién coño son The Rapture, un grupo que empezó a ensayar en el garaje de los padres del cantante, allá en Nueva York, poco después de que él se divorciara de su primera mujer. Mientras espera mi respuesta, el tipo da otra calada de su Partagás. Su novia arruga la nariz.


De repente, el tema de The Rapture termina, y empieza a sonar el primer acorde, afilado como la navaja de un barbero, de London calling, de The Clash. Por fin un nexo de unión como dios, así, en minúscula, manda. Esta vez la balanza se inclina de su lado, lo admito. Él probablemente pisó el Londres que la voz rota de Joe Strummer describe en la canción, yo sólo lo he podido imaginar. Pero mi imaginación es como una Uzi, advierto. El contacto visual con este hombre embutido en su smoking, o tuxedo, como dirían los de The Rapture, se intensifica, y soy capaz de encontrar en el fondo de sus ojos los gramos de cocaína que han remontado la pendiente adversa de sus fosas nasales, los tratos sellados con un apretón de manos y un trago de Chivas, las veces que decepcionó a sus dos ex esposas, los ceros que, a través de los años, se han ido acumulando a la derecha de la cifra que importa, en sus distintas cuentas corrientes.


Él advierte abismos parecidos entre mis pestañas. Strummer nos cuenta que la ciudad se ahoga y él vive cerca del río, y la explicación que nos llevó a establecer este curioso contacto visual, nunca verbalizada, deja de ser importante. Él es el primero en cerrar los ojos, poco a poco se da la vuelta y sacude su cabeza al ritmo de la canción, feliz por pisar terreno conocido por primera vez en más de una hora. Yo me llevo el vaso a la boca y también le doy la espalda despacio. Simón baila con una chica a la que no había visto antes.


Esa décima de segundo en la que los dos nos hemos olido el culo como si fuéramos perros en un parque y nos hemos reconocido sigue flotando detrás de mis ojos, entre mis orejas.


En veinte años a partir de este momento yo también vestiré un smoking cortado a medida para celebrar los cumpleaños de mis amigos, tomaré viagra cuando lo necesite, tendré una casa en la Costa Brava y un apartamento en Pedralbes, fumaré cigarros Partagás y escribiré artículos de opinión en El País.


En veinte años a partir de este momento estaré a punto de publicar, después de muchos sinsabores, mi primera novela. En una editorial pequeña, casi desconocida, pero verla en los estantes de cualquier librería me provocará un orgasmo tan intenso como el primero. Seguiré viviendo de alquiler.


En veinte años a partir de este momento seré el propietario de un pequeño club en la costa, música en vivo y buenos cocktails, y recordaré, con algún que otro pinchazo en el amor propio, mi anhelo de ser escritor como la locura bohemia que no pudo ser. Mi hígado estará tan castigado como en cualquiera de las dos opciones anteriores.



En veinte años a partir de este momento llevaré diez dentro del ataúd más barato que le pueda ofrecer la funeraria a Laura o a mi hermana. La carne de mis mejillas se habrá convertido en polvo, pero mi pelo y mis uñas seguirán creciendo. Como el de Strummer, mi corazón dirá basta en algún punto todavía por determinar, y me iré al suelo con los dos dedos medios extendidos.


En cualquier caso, recordaré estos frustrantes años de dificultades, de no saber cómo pagaré el alquiler dentro de dos meses, de bastarme un ron con coca para ser Keith Richards, de matar el tiempo escribiendo cosas que nadie lee, de oler las oportunidades de los demás por las esquinas, de saludar al sol con los ojos inyectados en sangre, de ver la tele tapado con una manta por el frío, de follar sin condón sobre sábanas desteñidas, de, en definitiva, negarme a reverenciar los smokings que me voy encontrando mientras noto el sabor acre de la envidia en la comisura de mis labios, como una de las épocas más felices de esta broma pesada que nos empeñamos en llamar vida.


Canción de la noche: como no podía ser de otra forma, London Calling, de The Clash. Por ese bajo que, como nos tocaría hacer a nosotros, se cuela sin invitación, y porque, como canta Strummer en el último verso, I never felt so much a’like.


Buenas noches.