jueves, 27 de noviembre de 2008

25-. Cucarachas.


Bienvenidos. Mi ruido perro hace rato que mastica algo crujiente, pero no atino a ver qué es.


Si le arrancas la cabeza a una cucaracha no muere en el acto, como sería de esperar desde un punto de vista más o menos humano. Una cucaracha sin cabeza sobrevive varios días, y cuando muere por fin, no es porque se haya desangrado, o de dolor, razones que – insisto – tendería a pensar cualquier humano que se precie. El bicho termina muriendo de hambre. Si no hay cabeza no hay boca, si no hay boca no hay comida, y si no hay comida te mueres. Bonito silogismo. 


Leí este curioso dato hace días, y no puedo sacármelo de la cabeza. Quién sabe por qué. Siendo como soy, me podría haber obsesionado con cualquier otro dato inútil de los muchos que he ido recabando a lo largo de los años, como por ejemplo que no podemos chuparnos el codo, que los elefantes no pueden saltar o que los delfines son los únicos animales, junto con nosotros, que follan por el simple placer de follar. Pero no, tocan cucarachas.


El primer piso en el que viví cuando me mudé a Barcelona, un cuchitril en pleno Raval, estaba infestado de cucarachas. Había tantas que, al contrario de lo que suelen hacer estos bichos, no esperaban a que no estuviéramos presentes para hacer sus cosas. Cruzaban la cocina a plena luz del día mientras desayunábamos, y si te encontrabas con una en el pasillo no se escondía. Se quedaba quieta, esperando pacientemente a que entraras en el baño, o en la habitación, y luego reemprendía su marcha. Años después siguen siendo las cucarachas con más cojones que he visto en mi vida. Si es eso posible.


La tarde que se nos ocurrió prepararle una fiesta sorpresa a Àlex por su cumpleaños supimos que algo había que hacer. Pretendíamos llenar el piso de gente, cuanta más mejor, y los bichos podían herir alguna sensibilidad que otra. Organizamos una expedición a los paquis – lo que en Madrid serían chinos – de la calle contigua para armarnos como requería la ocasión. Leer los prospectos de dichas armas te hacía sentir tan poderoso como Kissinger, joder, que se cargó a todos los gobiernos suramericanos que le apeteció y encima luego le dieron el Nobel de la Paz.


Nos decidimos por unos cepos cuyo veneno era de acción retardada. Las cucarachas comían, se iban tan tranquilas a dormir la mona y morían en sus madrigueras, dondequiera que éstas estuvieran. Era perfecto, nosotros no las veríamos nunca más, y ellas se pudrirían lentamente en sus rincones, reforzando con su polvo de insecto los cimientos de nuestro edificio. Sembramos el piso de cepos y nos fuimos a dormir.


Algo falló. A la mañana siguiente nuestro piso parecía el campo de batalla de una de las guerras organizadas por Kissinger. El pasillo, el salón, la cocina, el baño. Sembrados de cadáveres. Nunca os fiéis de unos cepos para cucarachas comprados en unos paquis – o chinos, si vivís donde yo –. La hipótesis aceptada como más probable por unanimidad fue que el veneno actuó demasiado rápido, mató a las cucarachas antes de que ganaran su refugio. Contamos más de cincuenta. La mayor medía siete centímetros – juro por mis perros que la medimos con una regla – y todavía hoy me pregunto cómo nunca detectamos la entrada a su madriguera, ya que debía ser de dimensiones considerables. Días después, una de las supervivientes – que las hubo – vengó el genocidio colocándose unos centímetros delante de la nevera, en el lugar exacto donde aterrizó mi pie descalzo décimas de segundo después. En ese lugar se erige hoy el único monumento conocido que honra el valor de una cucaracha kamikaze.


La fiesta salió muy bien. Recuerdo dos momentos con especial cariño. En el primero yo salía de una de las habitaciones cuando me encontré a un viejo sentado en el pasillo, tocando mi guitarra con un porro enorme en la boca. Y tú quién eres, pregunté. El vecino de arriba, contestó. He bajado a echaros la bronca, pero visto el buen rollo que hay aquí he subido a casa a por marihuana y he vuelto. En el segundo momento, cuando abrimos el balcón para que entrara un poco de aire nos encontramos con otro vecino apuntándonos con una escopeta de caza desde el balcón que teníamos enfrente, mientras gritaba fuera de sí que quitáramos la puta música. Pero esa es otra historia.


Canción de la noche: Hoy, como caso excepcional, son dos. Bugs, de Pearl Jam, y 24 hour party people, de The happy Mondays. Las dos a la memoria de los caídos. 


Buenas noches.

7 comentarios:

Lorena Ceballos dijo...

Juro que reí a montones con esta historia...

lo de las cucarachas lo debiste de haber hecho hace mucho tiempo, no crees?

CirCuloapOlaR dijo...

jajajajaja, sólo tengo una idea q aportar a tu historia, y creo que no te va a gustar, estaba bastante claro que el veneno actuó bien, lo que pasa que el nido de esas cucarachas era vuestra casa....
Experiencias con ellas tengo varias, pero afortunadamente no tan multitudinarias como esas. Cómo corren las cabronas!!!!

Pato dijo...

Ja, ja, ja! ¡Ay, qué falta me hacía reírme hoy! Muchas gracias.
Te cuento mi historia cucarachil:
Nuestro último día en Laos. Motel baratito. Cucarachón enorme en el suelo, quieto parado, como los que describes, como esperando a que nos fuésemos. Theon logró colocarle un cubo encima y atrapar a la bestia, que, lo juro, fue capaz de mover el cubo unos milímetros. Bajamos a recepción e intentamos explicar con mímica que debajo del cubo había un bicho horrible, que no lo levantaran. Demasiado tarde; en medio del teatro escuchamos un grito. Era la pobre señora de la limpieza que debió decirse ¿qué hace este cubo aquí en medio? La recepcionista se rió con nosotros, pero la cara de la señora de la limpieza no dejó lugar a dudas: deseaba matar a todos los turistas finolis que temen a esos minúsculos bichitos.
Cuánto juego dan las jodidas.
Bico x

Pi dijo...

Te ha faltado describir ese delicado "crack" que habrás escuchado al posar tu piecito encima de la víctima... y esa sangre blaanca...
ahhh!!!

emma dijo...

Yo temo a las malditas cucarachas. Es ese miedo ancestral inscrito en el genoma humano supongo. Madrid esta plagado de ellas, las veo como seres humanos minusculos, seres que un dia fueron humanos perdon y que el karma les transformo en insectos repugnantes. Eso es lo que pienso sobre ellas cuando las veo.
Fiestas con escopetas de caza, mmm, interesante.

ruidoperro dijo...

Lorena:

supongo que sí, pero a ciertas edades uno es capaz de vivir en un estercolero con tal de no mover un dedo cuando está en casa, a no ser que sea para matar seres virtuales con la playstation.

Circuloapolar:

totalmente de acuerdo. Ellas estaban allí antes, y a pesar de nuestros esfuerzos genocidas, allí seguían cuando dejamos el apartamento.

Pato:

Pobre mujer, estoy seguro de que pensó que lo habíais hecho a posta. Y como broma, no negaré que tenía mucho potencial. Gracias a tí por tu risa. Las mismas gracias para Lorena y círculo.

Pato:

para serte sincero, fue más un plop que un crack, porque más que aplastarla la hice estallar por la presión. De la sangre blanca no me acuerdo, quizá porque estaba demasiado ocupado vomitando la cena en el baño. je.

Emma:

es muy curioso, porque no pican, y lo de que transmiten enfermedades es un bulo, pero todos las tememos.
Y sí, fue una fiesta interesante. Por suerte, la mujer del cazador salió al balcón al oír gritar a su marido y, entre sus ruegos y nuestra promesa de dejar de hacer ruido, conseguimos calmarle.

chafandika dijo...

Creo yo que os hubiera salido más barato (y eso que yo me hincho a comprar en el chino) una desinsectación.
A mi me dan miedito, no porque piense que alguna de ellas me va a comer o algo, no, solo que no tiene ojos y un vicho sin ojos ahi en plan crujiente....yo paso. Lo mismo con las mantys religiosas esas, las muy putas, o saltamontes.
Ahora bien, dejando a un lado a los bichos yo quiero, y lo que es más, preciso una vecina como la tuya (el de la guitarra y porro).