jueves, 30 de octubre de 2008

22-. Uno de tantos.


Bienvenidos. Mi ruido perro acaba de aterrizar encima de un la menor sin previo aviso.


Debajo del apartamento donde crecí, en el segundo piso, vivía un profesor de piano. Cada vez que pasaba delante de su puerta, botando la pelota, de camino a la panadería o al bar a comprarles tabaco a mis padres, oía las notas que sus dedos, o los de sus alumnos, liberaban a través de las teclas. Llegaban a mí amortiguadas por una gruesa puerta de madera oscura, envueltas en un aura de misterio, de secreto no revelado.


Tenía siete años cuando, de la mano de mi madre, me atreví a llamar al timbre de esa puerta. Quería aprender a tocar el piano, quería ser como esos chicos y chicas que bajaban las escaleras de mi edificio muertos de risa cada tarde de la semana. El profesor nos dijo que aún era pronto, que sólo aceptaba a niños de ocho o nueve años, porque a esa edad ya habían aprendido las fracciones en la escuela.


El día que cumplí ocho años volví a llamar al timbre. Aún no tenía ni idea de lo que eran las fracciones, pero poco me importaba. Él había dicho ocho o nueve y yo ya tenía ocho. Mi vecino, supongo que por no darme un segundo disgusto, cumplió su palabra. Esa misma primavera empecé las lecciones.


Mi primera clase fue un lunes a las seis de la tarde. Aparecí en casa de mi vecino armado con un bloc pentagrafiado, dos lápices staedler del número dos, una goma milán verde y los libros que él previamente me había apuntado en un papel. Entre ellos, uno que se llamaba El petit pianista (el pequeño pianista). Era una selección de canciones sencillas, la mayoría tradicionales, y, en la portada, un perro tocaba un piano de cola mientras un pájaro le sujetaba las partituras delante de los ojos con el pico. Todavía debe estar en la otra punta de país, en esa casa que ahora parece demasiado grande, dentro de un cajón, criando polvo.


Aprendí lo que eran las fracciones con la música. Mi vecino, cargado de paciencia, me las enseñó con el solfeo y la teoría musical, mucho antes de que llegara a ellas en la escuela.


Las lecciones de El petit pianista y el curso preliminar de piano las estudié con un teclado electrónico yamaha bastante simple, que me compraron mis padres. Supongo que esperaban a ver si lo mío con la música iba en serio o no, pero cuando empecé primero el teclado se me quedó corto.


Lo recuerdo perfectamente. Era un lunes de invierno, las nueve de la noche. Yo cumplía diez años esa semana. Estuve en casa de mi vecino hasta esa hora, ya estaba en el turno de los medianos. Al terminar, subí la veintena de escalones que separaban su piso del mío y metí mi llave en la cerradura. La sopa ya estaba en la mesa, así que me senté a cenar. Cuando levanté la vista del plato, dos pares de ojos me miraban estupefactos. Mi padre y mi madre. ¿Qué pasa? Pregunté. ¿Será posible que no lo hayas visto? Respondieron muertos de risa. Entonces volví la cabeza y lo vi. Un precioso Pearl River negro reposaba contra la pared más cercana a la mesa. Un piano. Mi piano.


Todavía vive, abandonado la mayor parte del año, cada vez más desafinado, en mi habitación de esa casa que crece con el pasar de los días. Ese piano y un cachorro de cocker spaniel llamado Ruski fueron los dos regalos más importantes de mi infancia. De mi vida. Con los años descubrí que mis padres tuvieron que pedir cien mil pesetas a mis abuelos para poder comprarlo.


A El petit pianista le siguieron el Beyer, el Wird y el Czerny, y el Shostakovich. Y el Bartok. Las escalas, los arpegios. La armonía. Primero, segundo, tercero, cuarto y quinto de solfeo. Las fichas de teoría. Los dictados a una mano al principio, después a dos. Una vez al año, en verano, mi vecino nos llevaba en su coche a examinarnos al conservatorio del pueblo vecino. Yo era de los que aprobaba siempre.


Hasta que dejé de ser un niño. O tan niño. Hasta que cambié los pantalones de pana por los vaqueros, las camisas con animalitos por las camisetas, las zapatillas paredes por las Doctor Martens, los polvos de talco por las cuchillas de afeitar de mi padre. Hasta que descubrí que era más divertido pasar la tarde jugando a la botella con chicos y chicas de mi clase que practicar arpegios primero, que era más fácil ligar berreando temas de Nirvana con un bajo colgado del hombro que tocando sonatinas de Köhler después.


Me acostumbré a no dar ni golpe durante el invierno y la primavera para machacarme un mes antes del examen. Lo que habían sido matrículas eran ahora aprobados justísimos. También suspendí alguna vez. Mi vecino subía a mi casa para decirles a mis padres que no había oído el piano en toda la semana, que en los cursos en los que estaba mi nuevo sistema de estudio dejaría de funcionar pronto.


Tenía razón. Suspendí sexto en junio y en setiembre, y, al empezar de nuevo en octubre, mi vecino me dijo que no me quería más en clase. Que igual yo no estaba hecho para el conservatorio, que explorara otras posibilidades. Blues quizá, otros instrumentos. En ese momento no me importó. Es más, fue un alivio. Tenía diecisiete años y una banda de rock. Sabía todo lo que hay que saber. Pronto me iría a estudiar a Barcelona, a encontrarme con el resto de mi vida, y no me daba la gana perder un segundo de mi precioso tiempo lamentándome por un estúpido piano con sus estúpidos Granados, Albéniz, Mendehlsson y Liszt.


La pasada navidad, Laura me regaló un piano eléctrico magnífico. Cinco octavas, pedales, teclas sensibles, salida usb. Fantástico. Intento tocar un poco cada día, recuperar por mí mismo los años perdidos. Compongo algo de vez en cuando. Toco piezas fáciles, las gimnopedias, por ejemplo, o algún vals de Brahms. Y música más cercana. Temas de la Penguin café orchestra, o temas como She's a rainbow, de los rolling, o Hope there's someone, de Anthony, y de una decena de bandas más que le pondrían los pelos de punta a mi vecino el profesor.


Cuando tenga algo más de tiempo y dinero buscaré un profesor aquí, en Madrid, que preferiblemente no sea mi vecino para que no me riña si no me oye estudiar, e intentaré desoxidar los dedos, devolverles la agilidad perdida para que vayan tan rápido como la cabeza. Enmendaré un error.


Canción de la noche: Libertango, de Astor Piazzolla. Porque es lo último que he tocado antes de sentarme a escribir.


Buenas noches.

10 comentarios:

Sofia Elena dijo...

Libertango es una de mis piezas favoritas del mundo entero... De hecho, el año pasado escribí un relato que se llama así, Libertango. Me encantaría saberla tocar en acordeón, sólo que no sé tocar el acordeón, ni tengo uno. Algún día. Así como algún día aprenderé a tocar el piano para poder tocar la Rach. 3 de Rachmaninoff....aunque mi madre diga que estoy loca.

Un beso.

se.

Elisa dijo...

Quina vida més paral·lela que tenim.Jo vaig deixar de tocar per acte de rebeldia, quan m van fer triar entre anar de colònies a 8è d'EGB a Sant Pere Pescador o examinar-me de 4t, així que 4t no ho vaig arribar a aprovar mai, sort que el solfeig ja l'havia acabat, de fet estava fent harmonia i vaig acabar deixant-la a segona, sense examen que demostrés que sabia composar, d'alguna manera...
Em sento molt identificada, jo ara torno a tenir el piano a casa, però en dani també em va regalar un teclat fa 3 anys usb... De fet, que sàpigues que m'han saltat les llàgrimes mentre llegia aquesta entrada, sentir-te identificat és una d'aqueslles coses que emocionen.
Si algun dia passes per aquí passa per casa i toca el meu piano, se sent abandonat i sol i, tot i que jo també m'he plantejat tornar a fer classes i tornar-lo a tocar, tot el què he perdut, agilitat i ritme, fa que m faci por enfrontar-m'hi de nou, per veure que realment el temps ha guanyat la batalla al coneixement...

Ptns

Podràs practicar el petit pianista, bach, czerny i pràcticament tots els compositors propis dels exàmens del Liceu...

Eclipse dijo...

o yo estoy muy sensible o no sé... pero últimamente tus posts, querido amigo transatlántico, me emocionan, están cargados de una nostalgia contagiosa que me deja repicando cosas en la cabeza.
me enternece, me dan ganas de aportar para el empujoncito que te lleve a retomar la música.

Niñapajaro dijo...

uhi busca glenn gloud creo que se escribe asi es el mejor pianista aunque ya no viva. en la calle fernandez de los rios entre blasco de garay y galileo hay un bajo desde donde se pueden oir las notas de un bello piano cuyo dueño es da clases asi salud

Lorena Ceballos dijo...

Este es uno de los mejores post que he leido, me encantó... no pdía parar de leer... y ya quiero saber que sucederá...

saludos

chafandika dijo...

Sí, siempre será bueno darle total libertad a los deditos.
Me quedo con un dato que aqui dejas, cada vez "ves" la casa de un tamaño más y más grande. Tal vez, puede ser, que no te hayas detenido aún a escuchar el ruido. Y se oye, sí se oye.

Lui Lu dijo...

Mi piano también languidece en una habitación que es la habitación de Luisa pero ya no es la mía; a veces mi cocker spaniel se echaba a dormir encima de los pedales y no me dejaba prolongar la duración de las notas...

ruidoperro dijo...

Sofía Elena:

Yo siempre he querido saber tocar el concierto número 3, el Rach 3, como tú. David Helfgott, el pianista australiano que inspiró la pel.lícula shine, perdió la cabeza intentándolo. Si no la has visto te la recomiendo. Cuidado con Rachmaninov, que tiene muy mala baba.

Elisa:

Moltes gràcies. M´encanta que t´hi hagis sentit identificada, i, pel que llegeixo, en Dani i la Laura també tenen punts en comú. Accepto la invitació amb molt de gust, a veure quin dia ens marquem algo a 4 mans.

Eclipse:

Muchas gracias, también tú amiga transatlántica (me encantó el término). La nostalgia es como la parte confortable de la tristeza, por eso creo que nos gusta tanto. Me doy cuenta de que hace días que no te leo, me voy a dar una vuelta por tus connotaciones a ver qué has escrito.

Bambina Ucello:

Apunto las dos sugerencias. No conozco a ese pianista, me encanta descubrir nuevos músicos. Y la dirección que me das está lo suficientemente lejos de mi casa como para no sufrir si no estudio, una tarde me acercaré a ver si ese hombre me quiere de alumno. Gracias.

Lorena:

Muchas gracias. Qué pasará. A saber, mucha pereza, poca disciplina y muchas ganas. Extraña ecuación.

Chafandika:

lo de la casa es porque ahor, cada vez que voy, que no son muchas, me parece mucha más vacía que antes. Lo del ruido ya me llamó la atención en tu último comentario, pero sigo cortocircuitado. Qué quieres decir?

Lui:

Es increíble. También tenías un cocker? A mí eso me lo hacía un shi-tzu que era de mi madre y se llamaba Xut. Por qué lo harían?

Benjamín Gomollón dijo...

Mi nostalgia es de prestado, a trasmano. Mi hijo de catorce años toca. Y creo que lo dejará, que tendrá que acudir a su cita con el tiempo abierto en carne viva. Pero he sabido leyéndote que Mozart, Schumann o Beethoven esperan detrás de otras distancias, de otros oscuros bornes imprecisos. Lees Marías, otro encuentro, otra esquina que doblada hace que me tope con tu blog como en un encontronazo sorprendido, molesto, pero que incita a superar el desconocimiento. Por eso saludo, escribo. Por eso y porque me gusta cómo escribes.

Chafandika dijo...

Nada, ya lo has puesto tú en palabras. Pensé (al comentarte eso) que es que no querías detenerte a escuchar el significado de la sensación al ver la casa tann amplia...