jueves, 30 de octubre de 2008

22-. Uno de tantos.


Bienvenidos. Mi ruido perro acaba de aterrizar encima de un la menor sin previo aviso.


Debajo del apartamento donde crecí, en el segundo piso, vivía un profesor de piano. Cada vez que pasaba delante de su puerta, botando la pelota, de camino a la panadería o al bar a comprarles tabaco a mis padres, oía las notas que sus dedos, o los de sus alumnos, liberaban a través de las teclas. Llegaban a mí amortiguadas por una gruesa puerta de madera oscura, envueltas en un aura de misterio, de secreto no revelado.


Tenía siete años cuando, de la mano de mi madre, me atreví a llamar al timbre de esa puerta. Quería aprender a tocar el piano, quería ser como esos chicos y chicas que bajaban las escaleras de mi edificio muertos de risa cada tarde de la semana. El profesor nos dijo que aún era pronto, que sólo aceptaba a niños de ocho o nueve años, porque a esa edad ya habían aprendido las fracciones en la escuela.


El día que cumplí ocho años volví a llamar al timbre. Aún no tenía ni idea de lo que eran las fracciones, pero poco me importaba. Él había dicho ocho o nueve y yo ya tenía ocho. Mi vecino, supongo que por no darme un segundo disgusto, cumplió su palabra. Esa misma primavera empecé las lecciones.


Mi primera clase fue un lunes a las seis de la tarde. Aparecí en casa de mi vecino armado con un bloc pentagrafiado, dos lápices staedler del número dos, una goma milán verde y los libros que él previamente me había apuntado en un papel. Entre ellos, uno que se llamaba El petit pianista (el pequeño pianista). Era una selección de canciones sencillas, la mayoría tradicionales, y, en la portada, un perro tocaba un piano de cola mientras un pájaro le sujetaba las partituras delante de los ojos con el pico. Todavía debe estar en la otra punta de país, en esa casa que ahora parece demasiado grande, dentro de un cajón, criando polvo.


Aprendí lo que eran las fracciones con la música. Mi vecino, cargado de paciencia, me las enseñó con el solfeo y la teoría musical, mucho antes de que llegara a ellas en la escuela.


Las lecciones de El petit pianista y el curso preliminar de piano las estudié con un teclado electrónico yamaha bastante simple, que me compraron mis padres. Supongo que esperaban a ver si lo mío con la música iba en serio o no, pero cuando empecé primero el teclado se me quedó corto.


Lo recuerdo perfectamente. Era un lunes de invierno, las nueve de la noche. Yo cumplía diez años esa semana. Estuve en casa de mi vecino hasta esa hora, ya estaba en el turno de los medianos. Al terminar, subí la veintena de escalones que separaban su piso del mío y metí mi llave en la cerradura. La sopa ya estaba en la mesa, así que me senté a cenar. Cuando levanté la vista del plato, dos pares de ojos me miraban estupefactos. Mi padre y mi madre. ¿Qué pasa? Pregunté. ¿Será posible que no lo hayas visto? Respondieron muertos de risa. Entonces volví la cabeza y lo vi. Un precioso Pearl River negro reposaba contra la pared más cercana a la mesa. Un piano. Mi piano.


Todavía vive, abandonado la mayor parte del año, cada vez más desafinado, en mi habitación de esa casa que crece con el pasar de los días. Ese piano y un cachorro de cocker spaniel llamado Ruski fueron los dos regalos más importantes de mi infancia. De mi vida. Con los años descubrí que mis padres tuvieron que pedir cien mil pesetas a mis abuelos para poder comprarlo.


A El petit pianista le siguieron el Beyer, el Wird y el Czerny, y el Shostakovich. Y el Bartok. Las escalas, los arpegios. La armonía. Primero, segundo, tercero, cuarto y quinto de solfeo. Las fichas de teoría. Los dictados a una mano al principio, después a dos. Una vez al año, en verano, mi vecino nos llevaba en su coche a examinarnos al conservatorio del pueblo vecino. Yo era de los que aprobaba siempre.


Hasta que dejé de ser un niño. O tan niño. Hasta que cambié los pantalones de pana por los vaqueros, las camisas con animalitos por las camisetas, las zapatillas paredes por las Doctor Martens, los polvos de talco por las cuchillas de afeitar de mi padre. Hasta que descubrí que era más divertido pasar la tarde jugando a la botella con chicos y chicas de mi clase que practicar arpegios primero, que era más fácil ligar berreando temas de Nirvana con un bajo colgado del hombro que tocando sonatinas de Köhler después.


Me acostumbré a no dar ni golpe durante el invierno y la primavera para machacarme un mes antes del examen. Lo que habían sido matrículas eran ahora aprobados justísimos. También suspendí alguna vez. Mi vecino subía a mi casa para decirles a mis padres que no había oído el piano en toda la semana, que en los cursos en los que estaba mi nuevo sistema de estudio dejaría de funcionar pronto.


Tenía razón. Suspendí sexto en junio y en setiembre, y, al empezar de nuevo en octubre, mi vecino me dijo que no me quería más en clase. Que igual yo no estaba hecho para el conservatorio, que explorara otras posibilidades. Blues quizá, otros instrumentos. En ese momento no me importó. Es más, fue un alivio. Tenía diecisiete años y una banda de rock. Sabía todo lo que hay que saber. Pronto me iría a estudiar a Barcelona, a encontrarme con el resto de mi vida, y no me daba la gana perder un segundo de mi precioso tiempo lamentándome por un estúpido piano con sus estúpidos Granados, Albéniz, Mendehlsson y Liszt.


La pasada navidad, Laura me regaló un piano eléctrico magnífico. Cinco octavas, pedales, teclas sensibles, salida usb. Fantástico. Intento tocar un poco cada día, recuperar por mí mismo los años perdidos. Compongo algo de vez en cuando. Toco piezas fáciles, las gimnopedias, por ejemplo, o algún vals de Brahms. Y música más cercana. Temas de la Penguin café orchestra, o temas como She's a rainbow, de los rolling, o Hope there's someone, de Anthony, y de una decena de bandas más que le pondrían los pelos de punta a mi vecino el profesor.


Cuando tenga algo más de tiempo y dinero buscaré un profesor aquí, en Madrid, que preferiblemente no sea mi vecino para que no me riña si no me oye estudiar, e intentaré desoxidar los dedos, devolverles la agilidad perdida para que vayan tan rápido como la cabeza. Enmendaré un error.


Canción de la noche: Libertango, de Astor Piazzolla. Porque es lo último que he tocado antes de sentarme a escribir.


Buenas noches.

sábado, 25 de octubre de 2008

21-. a las tres serán las dos.


Bienvenidos. Mi ruido perro cojea como un pirata borracho. Pero no se queja, no.


Viernes noche. Las doce y media. Despierto en el sofá con los dos perros encima y calambres en un brazo. En la tele, un reportaje sobre el Bagdad. La ciudad no, el garito. Un tipo ha decidido no casarse y para celebrar su falta de compromiso se deja grabar con la barriga cubierta de nata mientras una tipa le golpea la cabeza con dos tetas como balas de cañón. País de subnormales. No tengo un buen día. Laura, por suerte para ella, ha salido a tomar algo con Dani y alguien más.


Bach original flower remedies. Rescue. El escozor debajo de la lengua. Vuelvo a tener ansiedad. Supongo que porque el miércoles salí y me pasé un poco mucho. Me he enfriado mientras dormía y me noto la garganta irritada. Ayer me reventé el dedo meñique del pie izquierdo contra la pata de la cama. Sí, tan estúpido como suena. Dicho dedo luce ahora una amplia y bonita gama de colores que van del amarillo al morado. Igual se me cae la uña. En la tele un anuncio con Gasol.


Cambian la hora, a las tres serán las dos. Lo que significa que, a partir de mañana, se hará de noche entre las cinco y las seis de la tarde. Algo que siempre me ha tirado para abajo los otros inviernos. Me imagino, por lo que vengo arrastrando, que éste será bastante peor. Es curioso, porque soy un tipo más bien nocturno, y prefiero el frío al calor, pero no soporto el atardecer. Un psicólogo me dijo una vez que era miedo a la muerte, que a esa hora es cuando muere el sol, y que la analogía era bastante clara. Según él, eso también se relacionaba con mis problemas de ansiedad e insomnio. Aunque este tipo, después de estafar a varias personas, entre ellas mi madre, ahora cría ganado en Argentina, con lo que no tengo muy claro qué coño pensar. Saludos, Teno.


Cada vez que miro el reloj son las 22:22, o las 16:16. Una vez escribí un corto sobre un tipo al que lo más importante que le pasaba en su día a día era eso, hasta que una mañana cometía una buena acción y, al mirar el reloj, éste pasaba de 12:12 a 12:13. Es decir, de golpe su vida cobraba sentido. Lo tengo en el disco duro de este portátil en el que escribo ahora, junto con los otros cortos que jamás he dirigido. El corto, como es obvio, se llamaba 12:12. Luego descubrí que una banda, que me encanta, se llamaba igual.


Últimamente me ha dado por jugar a la ruleta rusa con el playlist de este blog. Me explico. Aquí deberían haber ido dos puntos (:), pero odio los dos puntos desde pequeño, al igual que el punto y coma (;). Me explico. Hay una canción que no puedo escuchar. Funeral, de Band of horses, por razones anteriormente explicadas. Pues bien. Me digo a mí mismo que si avanzo diez canciones y no aparece el dichoso tema me llamarán de la prueba que hice en Barcelona para darme el papel, o que si avanzo veinte y sigue sin aparecer publicaré la novela. De momento he ganado todas las partidas, pero el teléfono continúa mudo.


En la tele el anuncio de una diadema que alivia la migraña. Me pregunto si tendrán también para la neurosis.


Canción de la noche: One with the freaks, de The Notwist. Porque no hay nada peor que ser una medusa y encontrarte un cartel de prohibido medusas en la puerta.


Noches.

jueves, 16 de octubre de 2008

20-. After hours


Bienvenidos. Las ojeras de mi ruido perro parecen oscuros marcos alrededor de sus ojos.


No hace mucho, Chafandika me comentaba que cualquier día de estos me leía una de mis borracheras. Pues sí. Esta mañana, a las ocho, he irrumpido en mi habitación borracho como un cosaco y con la cara, el cuello y los hombros llenos de purpurina dorada. Laura ha abierto un ojo, se ha reído con ganas y se ha dado la vuelta para intentar seguir durmiendo. Tengo suerte, lo reconozco.


Todo empezó a las once, en casa de Ricard. Habíamos quedado para jugar un rato a la Wii, reunión de testosterona, nada especial. Pero Gorka había preparado un brebaje a base de ron, cerveza, limonada y azúcar moreno. Exacto, sabe igual que suena. Después de vitaminizarnos y hartos de jugar a golf bajamos al Pandora, pero estaban cerrando. Lo intentamos en el Contraclub, pero también estaba cerrado, y terminamos en el Marula. Dos cervezas después volvíamos a casa, pelín contentos, pero nada demasiado remarcable. Al entrar en la Plaza vi que la persiana del Pandora aún estaba a medio bajar, e intenté convencer a Ricard y a Enrique para tomarnos un último chupito. Me abandonaron a mi suerte. Huyeron como cobardes. (Espero que estéis leyendo esto, cabrones).


En el Pandora estaban Saqui, la camarera, y Pat. Pat es una chica que lleva entrando y saliendo de mi vida sin avisar desde la época en que fuimos inmortales, desde esa Barcelona lejana y borrosa. Evidentemente, había mucho de qué hablar. Ponme un tequila, a mí un pacharán, qué tal todo, pues ya ves, me he mudado, no me contestas las llamadas, verano jodido, bla, bla bla.


Media botella de tequila después estábamos en un taxi camino del Wurlitzer, Saqui, Pat y yo. Poco antes, habíamos bajado un mueble de casa de Saqui a la calle, no me preguntéis por qué, ni recuerdo qué mueble era ni por qué lo abandonamos en la plaza.


Allí nos encontramos con Un, al que tampoco veía hacía tiempo. Estaba con otra gente, las chaquetas puestas, se iban al Lady Pepa. No me acuerdo dónde queda, en la travesía de tal santo, pues allí que nos vemos. Tardamos más de una hora en encontrar la puta travesía del santo, menos mal que Pat se había llevado las copas del Wurli dentro del bolso, nos reconfortaron en nuestra aciaga travesía.


En el Pepa nada digno de destacar, qué quieres, para una noche de martes. Eso sí, acompañamos nuestros rones con un plato de lentejas que estaban santas. En un momento, Pat se sacó una teta y se la acarició con una botella de cerveza para ahuyentar a un italiano baboso. A pesar de lo equivocada que pueda parecer la táctica, funcionó. Supongo que, partiendo de la base de que Pat es capaz de sacarse una teta en un garito, no le importará leerlo aquí. Luego nos unimos al grupo de Un y tuve una conversación bonita con él. Siento lo de tu madre, gracias, me jode que desde un tiempo parece que estemos en bandos separados, a mí también. Perdimos a Saqui entre la teta de Pat y la conversación con Un. Para cuando cerraron el Pepa, lo mismo me daba andar en vertical que en horizontal que hablar un idioma que otro, así que seguimos a los de Un a otro garito, que resultó ser un bar lleno de travelos situado en algún punto entre Malasaña y Chueca.


Allí estaba la chica de la purpurina. Una tipa que había estado berreando en el Pepa acompañada de una guitarra. Una pija vestida como una hippie que soltaba términos como armonía o energía positiva cada dos frases sin pudor alguno. Mientras me explicaba algo que no entendí, sacó un frasco de purpurina de su bolso y me embadurnó cara y cuello. Para cuando me di cuenta de lo que había pasado, Un y Pat se partían de risa señalándome, la chica me miraba orgullosa de su obra de arte y yo parecía un extra de Priscilla, la reina del desierto.


El bar de travelos cerró y la chica de la purpurina nos propusó a todos ir a su casa a bañarnos en la piscina. Alguien objetó que no había drogas, alguien que era muy tarde. Cuando descubrimos que la casa y la piscina estaban en Las Rozas le dijimos que fuera yendo a llenarla y nos esperara sentadita.


Me despedí de Pat y Un, que llevaban otra dirección, y me puse a andar por una calle que supuse que desembocaba en Gran Vía, o cerca. Me crucé con dos travelos enormes que me pararon y me pidieron tabaco. Las invité a fumar a las dos. Una de ellas, negra, mucho más alta que yo, facciones de catálogo y voz cazallosa, me dijo que si quería follar conocía un hotel cerca. Yo les encendí los cigarros, les dí las gracias y les dije que quería mucho a mi novia. Ellas se miraron y rieron. Seguí andando.


Al despertar, he buscado la tarjeta de crédito y el móvil, que seguían en sus bolsillos correspondientes, me he tomado un antalgín, me he acordado de que hoy justo se cumplía un mes y me he vuelto a dormir. Mañana tengo que acordarme de llamar a la otra punta de país.


Canción de la noche: The way we get by, de Spoon. Porque es cierto, así somos.


Insomnes noches.


lunes, 13 de octubre de 2008

19-. Haruki y yo.


Bienvenidos. ¿Alguien le puede decir a mi ruido perro que las gafas de leer no se limpian con netol?


Es sábado por la tarde. Llueve. Un solo comentario en mi anterior entrada (gracias Lui). Me aburro. Me miro en la pantalla del portátil, y mi reflejo, más despeinado que de costumbe aunque sólo lo note yo, en pijama y con barba de varios días, me convence de que me distraiga con cualquier otra cosa.


Entro en la página de la Fnac para ver las novedades literarias. Y una en concreto me golpea entre los ojos. After Dark, Haruki Murakami. Al principio creo que es la traducción al inglés, que lleva más de un año en las librerías, pero enseguida me doy cuenta de mi error. Ya hay libro nuevo de Murakami en Español. Y yo en pijama.


Llevo dos días sin salir de casa para otra cosa que no sea pasear a los perros. Por nada en especial, todo lo que tenía que hacer estos días podía hacerlo con el ordenador. Vuelvo a ver mi reflejo en la pantalla. Hay que hacer algo con esa barba. Una ducha y un afeitado después piso la calle sin mis pintas de ermitaño. Ahora no llueve, pero para el caso da igual, tengo el pelo empapado. Mientras ando por Bailén pienso en las pocas cosas que podrían hacerme pisar la calle Preciados un sábado por la tarde. Una manifestación, la visita de un amigo y Murakami. A medida que me acerco a Sol aparece la conocida sensación de estar viviendo en un hormiguero, que me asalta cuando piso esa plaza infecta, pero hoy es más soportable que las otras mil veces. No voy a comprar leche de soja al Corte Inglés, ni lotería para mis abuelos en Doña Manolita, ni a un preestreno, Murakami tiene libro nuevo.


Leí Tokio blues, que en realidad se llama Norwegian wood, a saber por qué el cambio, hace cuatro o cinco años, cuando aquí a Murakami le conocía mucha menos gente que ahora. Siempre me ha gustado la literatura japonesa, y, también en la Fnac, pero esta vez la de Barcelona, me llamó la atención la portada, una geisha con gafas de sol. A medida que avanzaba en la historia supe que había dado con un escritor de cabecera. No recuerdo qué estaba haciendo o dónde cuando empecé el libro, pero si lo compré en Barna suena a tarde después de currar, sin Laura, a noches pasadas en sofás amigos. Enseguida me cautivó la sencillez de lo contado, la música que desprendía, esa melancolía tan japo, ese aire pop que lo impregnaba todo, el equilibro entre sexo y muerte. Sé que alguno se tirará de los pelos cuando lea lo que estoy a punto de escribir, pero comparo sin ningún pudor Tokio blues con El guardián entre el centeno.


Ya en Preciados, consigo la puntuación máxima en un juego que he heredado de Laura y Pablo, su ex, que consiste en cruzar la dichosa calle, que estaría atestada de gente aunque lloviera mierda, sin que nadie te toque, sin un roce extraño. Habitualmente no es muy difícil, pero intentadlo en los días previos o posteriores a Navidad, es prácticamente imposible, y en esos días, lo que te pide el cuerpo es encaramarte a alguien e ir saltando de cabeza en cabeza hasta llegar a Callao. Entro en la última planta de la Fnac esperando encontrarme algún montaje de marketing anunciando el lanzamiento del libro, pero no, ese espacio está reservado a la última parida pseudohistórica, el secreto de alguien, el enigma de algo, yo que sé. De hecho, encontrar After dark me cuesta un poco más de lo que pensaba, no está entre los más vendidos. En el fondo me alegro un poco.


Después de Tokio Blues llegaron el pájaro que da cuerda al mundo y Kafka, que me encantaron, e igual que yo a muchas personas. Y no negaré que me dio un poco de rabia ver anuncios de esos libros en periódicos y revistas, ver a gente con ellos en la mano por las calles, leer que Murakami está entre los futuribles al Nobel. Ya no era tan mío, la gente ya no me miraba raro al recomendarlo. Pero por otro lado, se editó en castellano casi todo lo que ha escrito. Algunos, como los dos que he nombrado al principio de este párrafo y también Sputnik mi amor o Al sur de la frontera, al oeste del sol, me encantaron. Otros, como La caza del carnero salvaje o Sauce ciego, mujer dormida, no tanto.


Vuelvo a casa. Junto con Alter dark también me he llevado Rant, de Palahniuk. Le doy a un yonki la última moneda que tengo, dos euros, sin detenerme, antes de que me obligue a sacarme los auriculares de las orejas. Se me queda mirando extrañado, sigo parapetado tras los Blonde Redhead. Fúmate el chino a mi salud, tío. Saco el libro de la bolsa. La foto de la portada es buena, la silueta de unas piernas femeninas sobre el asfalto mojado, donde rebotan luces nocturnas, los zapatos descansan en una mano de la dueña de las piernas. Leo en la contraportada que es de un tal Piotr Powietrzynski y tomo nota mental de buscar información sobre él.


Cada vez que oigo que Isabel Allende escribe realismo mágico me descojono.


Lo duro ahora será terminar el libro de Marías que me estoy leyendo, y que me está gustando, sin caer en la tentación de abrir éste cuya portada oigo crujir en mis manos.


Canción de la noche: Paris 1919, de John Cale. Porque algún fantasma habrá, escondido entre esas páginas.


Buenas noches.

jueves, 9 de octubre de 2008

18-. De repente.


Bienvenidos. Mi ruido perro acaba de recordar dónde escondió ese jugoso hueso de caño.


De repente, uno tropieza con una canción como ésta. Y el vello de sus brazos se eriza, su estómago se encoge, y sus sinapsis se retuercen de gusto con cada impulso eléctrico, convirtiendo los cinco minutos que tarda en desaparecer el sonido en un viaje por toda la geografía interior que uno atesora dentro de su piel. Y de repente, uno se acuerda de la última canción que provocó algo parecido, que era ésta, y da gracias porque sigan apareciendo canciones nuevas para esconder a las que ya no somos capaces de escuchar.


De repente, uno entra aquí y se encuentra cara a cara con gente como Freud, Pollock, o Schiele por vez primera sin que estén encerrados dentro de una página, y, parado delante de sus cuadros, puede imaginarlos pintando desde el mismo punto en que uno observa, borrachos o no, los ojos febriles buscando fallas en el lienzo como el soldado que busca al enemigo en el campo de batalla, la mano calluda asiendo el pincel como arma cargada de sensibilidad. Durante el paseo, uno se cruza con joyas como ésta, o ésta, y vuelve a ser capaz de sentir el vértigo en la boca de su estómago y las lágrimas detrás de sus ojos. Y de repente, uno se acuerda de la última vez que lloró, y da gracias porque sigan apareciendo nuevos motivos que escondan a los que no dejaron ni una gota que ser derramada.


De repente, uno, por circunstancias bastante rocambolescas, aparece en un sitio como éste, y, a medida que avanza la visita, es capaz de imaginar las manos arañando la piedra, los pies inertes de frío, las barrigas encogidas de hambre, las mentes volando al hogar. Entonces uno se da cuenta de que puede volver a sentir el fuego ardiendo en su hígado, y las puntas de sus colmillos afilándose por momentos, y el calor de la sangre cubriendo sus mejillas por el reverso, y de repente se acuerda de la última vez que sintió esa rabia, esa impotencia, y da gracias porque sigan existiendo los mismos monstruos que antes, da gracias de que sigan allí para poder ser odiados, para poder tener un blanco, o muchos, al que dirigir toda la rabia acumulada sin saber a quién reclamar.


De repente uno recibe una carta inesperada, de un invitado desconocido, que le abre su corazón con una sinceridad terrorífica, sin esperar nada a cambio. Y de repente, uno recoge el guante lanzado y se muestra al desconocido como pocas veces lo ha hecho, con la libertad de no conocer su rostro, con el calor que proporciona el refugio construido por mil letras puestas en hilera, y da gracias porque aparezcan los invitados desconocidos, inesperados, para sustituir a los que ya tienen los oídos llenos de palabras.


De repente, uno se da cuenta de que el vacío que le acompaña a todos lados colgado de su espalda también es, en cierto modo, un tipo de compañía. Un compañero fiel, este vacío, esta añoranza, ya que uno sabe que jamás le abandonará, ni de noche ni de día. Y de repente, uno se arma de valor y se da la vuelta, y mira al vacío a los ojos, y se da cuenta de que sus aristas, antes ángulos agudos que se hundían en la carne de su espalda, presentan ahora un curioso aspecto redondeado. Y uno no sabe cuando se obró el pequeño milagro, pero da gracias porque sigan sucediendo cuando menos te lo esperas, para cambiar, por poco que se pueda, lo que días atrás parecía inmutable.


Y de repente, uno se da cuenta de que todo lo que le hacía falta para volver era un paraguas azul dentro de una tarde gris.


Canción de la noche: Peacebone, de Animal Collective. Porque ya me estoy pensando un nombre para este vacío que anda conmigo.


Buenas noches.

jueves, 2 de octubre de 2008

17-. Fantasma feliz.

"And if I die today I'll be the happy phantom.

And I'll go chasing the nuns out in the yard.

And I'll run naked through the streets without my mask on.

And I will never need umbrellas in the rain."


Bienvenidos. Mi ruido perro monta guardia en un pequeño y bonito cementerio de pueblo, pronto volverá a casa.


Batman y Gatúbela – o Catwoman para los que estén más familiarizados con la nomenclatura gringa – entran en un bar infestado de gángsters, de los de chaqueta cruzada y sombrero de ala ancha. Las orejitas de cuero y las capas se abren paso entre los trajes y los sombreros hasta que los dos superhéroes encuentran un lugar libre cerca de la barra. En ese momento suena la canción preferida de Gatúbela.

- ¿Bailamos? Pregunta con un ligero ronroneo.

- No. – Contesta Batman. – Tenemos que pasar desapercibidos.


Exactamente ésa es la sensación que nos asaltó a mi hermana y a mí al salir del funeral de mi madre. Lo único que queríamos era desaparecer, pero un enorme cartel de neón verde con la palabra HIJO flotaba encima de nuestras cabezas, y, antes de que pudiéramos dar un paso, ochenta personas nos rodearon, muchas de ellas perfectos desconocidos, buscando una mejilla que besar, unos hombros que estrechar, unos ojos que dieran fe de lo tristes que estaban.


Mi madre murió pocas horas después de que yo escribiera mi última entrada en este blog. Hoy hace exactamente dieciséis días. Y, visto ahora desde la distancia que dan esos millón tres cientos ochenta y dos mil cuatrocientos minutos, lo único que acierto a decir es que fue mejor para todos – también para ella – antes que después.


Hoy he estado solo casi todo el día, he tenido que ir y volver de Madrid a Barcelona en tren para un casting, y todas esas horas sin abrir la boca me han valido para pensar, en lo que llevo pensando estos días y en algunas cosas en las que hasta ahora no había caído.


Cómo estoy. Ya lloré lo que tenía que llorar en el hospital, en el velatorio improvisado que se montó en casa la misma tarde del día en que murió, en su entierro y en los días inmediatamente posteriores. Ahora no lloro, desde hace bastantes días, en realidad, y el dolor, que antes era un cinturón muy grueso anudado permanentemente en mi garganta, se ha ido afilando hasta convertirse en un delgado telón de fondo, que a veces llega a pasar inadvertido, pero que está presente en cada jodida cosa que pasa a mi alrededor. Un telón de fondo que hace que, por ejemplo, cuando recibo una llamada en la que se adivina que me van a publicar en un futuro no muy lejano, el primer impulso, que noto ahora como un vértigo clavado en mi estómago, siga siendo el de llamarla, como hacía antes siempre que recibía una buena noticia.


Y sí, tenía razón en lo que escribí hace exactamente quince días. Enterrar a una madre es como enterrar todo lo que has sido hasta ese momento. Mi vida sigue siendo la misma, pero nada es igual dentro de ella. Y yo, desde luego, tampoco soy el mismo. Desde hace unos días, desde que no lloro, siento que el ancla que me sujetaba ha caído por la borda, y, pese a moverme a la deriva y estar desorientado muchas veces, también siento que puedo volver a gobernar mi vida y a mí mismo, casi todo el miedo se ha ido ya. Vaya por delante que la echaré de menos cada segundo, pero ya nadie me va a llamar para decirme que ha empeorado, que me prepare, que tengo que ser fuerte. Ya no tengo que volver a mentir, a ella y a los demás, sobre su estado, ya no tengo que volver a ese jodido hospital de Girona cuyos escalones espero no volver a subir en los días, pocos o muchos, que me queden.


Mi padre y mi hermana descansan al otro lado del país. Los tres hemos masticado mucha tierra estos últimos meses, y ahora pareciera que una mano gigante nos ha metido dentro de un paréntesis para que podamos lamernos las heridas. En cuanto a ella, se fue sin saber que se iba, dormida, descansando también por fin, y a los que nos quedamos aquí nos pertenece la responsabilidad de recordarla como la mujer que fue, y no como la mujer que le obligó a ser la enfermedad.


Hoy, mientras volvía a Madrid en tren, para matar el tiempo iba borrando de la agenda de mi teléfono móvil los números que pertenecían a otras épocas, a personas con las que hace años que no hablo. Cuando he llegado al suyo, he respirado hondo y he apretado la tecla de borrar. No voy a recibir ninguna llamada desde ese teléfono, guardarlo sólo me hubiera servido para sentir el vértigo cada vez que lo viera al buscar el número de otra persona. Hace una semana eso me habría hundido, hoy no, hoy he cogido ese telón del que os hablaba antes y me he abrigado con él hasta que se ha ido el frío.


Canción de la noche: Happy Phantom, de Tori Amos. Porque me la imagino como una fantasma feliz y traviesa, que persigue monjas por el camposanto, y sonrío.


Buenas noches.