jueves, 21 de agosto de 2008

13-. Semana.


Bienvenidos. Mi ruido perro se ha comido todo el paquete de biodraminas, sin dejarme ni una ni media.

Es miércoles. Estoy en Sants, esperando al tren que me llevará hacia el interrogante. Me estoy fumando un cigarrillo en la puerta cuando veo que un tipo le roba una maleta a un abuelo hindú que anda distraído. Entro detrás del ladrón, temblando como una hoja, arrastrando mi equipaje. Pienso en fingir que no he visto nada, pero desde hace días tengo el cupo de remordimientos lleno hasta los topes. Veo a dos policías. Adelanto al ladrón y les digo a los maderos que el tipo que va detrás de mí acaba de robar una maleta. El ladrón se da cuenta y echa a correr. Lo persiguen. Lo atrapan y los tres se pierden detrás de una puerta. Faltan diez minutos para que salga mi tren. Vuelvo atrás, hacia donde estaba fumando tan tranquilo. El abuelo hindú anda de un lado a otro como una osa panda a la que le han quitado la cría. Le digo en inglés que lo he visto todo y le pido que me acompañe. Encuentro a otro policía y le cuento lo sucedido. El abuelo me da un abrazo que casi me emociona. Lo dejo allí y bajo al andén, todavía temblando, y pensando que quizá soy mejor persona de lo que creía.

Mi padre me cuenta que las noticias no son buenas. La navidad queda muy lejos.

El sol nos sorprende en casa de Montse, con las pupilas como platos de café y la mandíbula desencajada de tanto reír. Mire donde mire, quizá gracias a mis pupilas de porcelana, veo a un amigo. Estamos todos los que una vez fuimos inmortales, también algunos de los que lo intentaron más tarde, y nos hemos confabulado para robarle a la noche estos últimos minutos. Me voy poco después, con todos esos besos y abrazos encerrados en el bolsillo. En el coche suena Jane says, de Jane's addiction. Subo el volumen y me desgañito hasta el ataque de tos intentando cantar más fuerte que Perry Farrell. Pierdo. Cuando llego a casa, mi madre, como es lógico, ya está despierta. Me tomo un café con ella y me dice que mis zapatillas son muy bonitas. Subo los escalones hacia mi habitación sin tocarlos.

Me quedo en casa, mi madre está jodida. Mañana empieza quimio otra vez y el miedo le agarrota el estómago. Mi padre entra y sale de casa cargando montones de ropa sucia o limpia según el viaje. Sé que anda por no pensar. Mi madre me pregunta si creo que saldrá de ésta. Por trigésima vez en cinco días. Al igual que las anteriores veintinueve veces, contesto que por supuesto. Parte de su agarrotamiento sale de su boca y se mete en la mía.

Borracho otra vez. Litus canta canciones de Elvis durante dos horas en un bar. Los demás bebemos. Después del concierto seguimos bebiendo en la playa. Hace tanto frío que tengo que guardar mis brazos dentro de la camiseta, pero no me importa. Llego a casa contento de que nadie esté despierto aún. Entro en el blog de Nayra y descubro que ser espiado jamás había sido tan bonito. Me duermo sin necesidad de encender el televisor.

Cenando. Mi madre de repente suelta que esta casa solía ser más divertida. La garganta se me cierra antes de que pueda tragar el pedazo de atún. Mi padre contesta que sí, que los otros veranos siempre había algo que hacer, barbacoas, piscina, gintonics... silencio. Los dos siguen comiendo. En el televisor Gasol encesta después de robarle la pelota a un angoleño.

LLevo veinte segundos sentado en el fondo de la piscina. Los ruidos del exterior me llegan amortiguados por los metros cúbicos de agua que me arropan. Pienso que respirar debajo del agua debería ser un derecho innato para todo aquél que necesite aislarse de su vida. Dustin Hoffman lo tenía mucho más fácil en El Graduado, él tenía oxígeno. Cuando no puedo más, me impulso con los pies y salgo a la superficie. Los tres perros corren alrededor del agua. Mi madre y mi hermana hablan en el umbral de la puerta. El sol rebota en las baldosas blancas de la corona, cegándome.

Mi hermana se casa en dos semanas, y me llena de orgullo que me pregunte si la canción que ha escogido para su entrada en la ceremonia está bien. La canción es perfecta, Anna, y estoy contando los minutos que faltan para verte entrar de la mano de papá.

Es miércoles. Y el avión que me regresa a Madrid sobrevuela Barajas en círculos durante más de media hora. Yo no me doy cuenta hasta que, esperando mi maleta, enciendo el móvil y veo que son las cuatro menos cuarto. Inmediatamente recibo nueve mensajes preguntándome si estoy bien. Sí, estoy bien, no era mi avión. Por lo visto, mientras terminaba de leer En el camino sobrevolábamos el infierno.

Me gustaría acordarme del momento en que la vida dejó de ser el chiste de leperos al que ya me había acostumbrado y se convirtió en esta montaña rusa sin cinturones de seguridad en los asientos.

Canción de la noche: Dirty day, de U2. Porque, como escribió Bukowski, los días huyen como caballos en la colina.

Uf.

martes, 12 de agosto de 2008

12-. Banda de caballos.


Ya la tengo. Bienvenidos. ¿Habéis visto como anda mi ruido perro panza arriba?

No estoy borracho, pero debería estarlo, quizá haga algo al respecto. Ahora pararé un momento a pensar en la frase del ruido perro y el título. También es probable que reordene algunos párrafos para facilitar su lectura, supongo que los dos en los que hablo de mi madre y del escenario, porque escribo para mí, pero también para vosotros, joder, y mi ego es como una lucecita que se enciende cuando algo no está en su sitio y me puede privar de un comentario agradable o un palmadita en la espalda, que para el caso son la misma cosa. Qué asco doy, qué asco damos.

Estoy escribiendo esto al revés, he empezado por la canción y veo que ya me queda poco para el título, y me siento idiota haciéndolo, pero las palabras fluyen acompasadas con la adrenalina, y quizá sea un método que deba explorar más a conciencia, porque si hasta ahora no me han publicado una mierda de lo que he escrito - por muy buenas palabras que haya escuchado o recibido de las editoriales - quizá deba promocionarme como el único escritor que escribe al revés, y quizá así al fin publique aunque sea un anuncio por palabras en el puto periódico. Aunque lo más probable es que algún tarado como yo ya haya patentado la idea en Iowa o Wisconsin. O en Akureyri. Ocidòirep otup le ne.

Debajo de mi balcón, desde donde escribo esto, ya han montado el escenario, que se alza amenazador recordándome que va a ser difícil dormir aquí en los días siguientes. Por cortesía de la comunidad o el ayuntamiento, o quién cojones sea, mañana a medianoche tendré a los Danza Invisible asesinando al dios de la música debajo de mi casa, y al día siguiente a Raimundo Amador y a su guitarra, Gerundina, y habrá más en los días que siguen, pero son grupos tan infectos que no quiero sus nombres en mi blog. Ya que nos van a joder cada noche hasta el domingo, y esto parece que va de grupos nacionales, podrían haber contratado a Standstill, o Iván Ferreiro, o a Deluxe. Eso sí, hoy ha nacido uno de los girasoles, cuya foto abre este post a modo de extravagante nota optimista. A su lado, la orquídea ha empezado a perder flores. (Esta última frase ha sido añadida al terminar de escribir, pero aún sin título).

En cualquier caso, como han vuelto a ingresar a mi madre, sólo voy a sufrir dicha contaminación acústica hasta el jueves, porque ese día me voy a verla a Girona. Y uno ya no sabe qué pensar, o sí, pero no termina de atreverse. Sólo sé que desde que esta mierda flota en la superficie me siento fatal cada vez que enciendo un cigarrillo, y que no he podido volver a escuchar Funeral, de los Band of horses. Y me jode sobremanera, porque probablemente sea una de las mejores canciones que jamás haya escrito un grupo de Seattle, y no me olvido de Nirvana, Pearl Jam, Hendrix, Screaming trees, Alice in Chains, The Melvins, Mudhoney, Death cab for cutie, Soundgarden, etc, Pero si eres capaz de escuchar Funeral sin que se te erice la piel no tienes alma.

En las latas de refresco hay dos edulcorantes artificales llamados aspártame y acesúlfame, que, con la debida tilde en el sitio adecuado, parecen el imperativo de los verbos aspartar y acesulfar. Me siento como si me hubieran hecho las dos cosas sin dejarme tiempo a tomar aire entre una y otra.

Mañana cuando lea esto tendré ganas de borrarlo, como le pasa a veces a Lui en su colchón, pero, como también le suele pasar a ella, será demasiado tarde. (Esta frase también la he añadido al final, aún sin título).

¿Que qué significa? A mí no me preguntéis, yo sólo lo he escrito.

Canción de la noche: A hard rain's A-gonna fall, de Bob Dylan. Porque aunque sea ácida - y no podría ser de otro tipo - me vendría bien la lluvia.

¿Noches qué?

jueves, 7 de agosto de 2008

11-. Vacas en la playa de Pregonda.


Bienvenidos. ¿Quién le ha puesto a mi ruido perro esos cuernos de espuma?

Estoy tumbado en el sofá, escribiendo en mi libretita negra. Mañana, si tengo un momento, iré al locutorio y lo transcribiré a formato html, al más puro estilo supercrisis. Laura duerme a mi lado, Adrià y Anita duermen en la habitación del fondo, y en el televisor, uno de los de Muchachada Nui come kriptonita en silencio. De vez en cuando, a lo lejos, se oye el aullido de un perro, o los relinchos nerviosos de un burro. Son casi las dos de la madrugada.

Por la mañana salimos en moto a recorrer la isla, en busca de playas desiertas. Comemos cualquier cosa tumbados en la arena. Por la tarde leo, paseo y fumo. Por la noche escribo, voy contando los mosquitos que me pican y sigo fumando. Algunas veces, el perro de nuestra casera, que se llama Jamal - el perro, no la casera -, viene a saludarme, a que le rasque detrás de las orejas.

Hoy me he empecinado en ir a pescar, y Laura me ha acompañado como sólo se acompaña a los sobrinos pequeños. Cuando era niño me encantaba ir a pescar, pero hoy, cortar los gusanos y ensartarlos en el anzuelo me ha dado mucho asco, y el único pez que he pescado, un salmonete pequeño de un rojo intenso, me ha dado pena, y lo he devuelto al agua. Cuando ha oscurecido hemos vuelto a casa y he empezado En el camino, de Kerouac, un libro que me debía desde hace años, y, al contrario que muchos de mis amigos, enseguida he preferido ser Sal Paradise en lugar de Dean Moriarty. ¿Por qué diablos no lo tradujeron como En la carretera?

Sería tan fácil acostumbrarme a esta vida que

(un ruido me distrae, unos golpes secos y espaciados. Me acerco a la ventana y me encuentro a un escarabajo enorme chocando contra el cristal una y otra vez, convencido de poder atravesarlo. Lo atrapo con cuidado y lo llevo al jardín, sus patas me arañan la palma de la mano mientras intenta escapar.)

Hace dos días estábamos tostándonos en la playa de Pregonda cuando, de repente, unas diez vacas aparecieron entre las dunas y empezaron a comerse los hierbajos resecos que sobresalían de la arena. Pese a emocionarme por peculiar, lo primero que pensé fue que unas vacas andando por la playa estaban algo desubicadas, pero al poco me di cuenta de que era exactamente al revés. Ellas casi seguro que lleven toda la vida bajando a pastar a la playa, yo llevaba en Pregonda menos de tres horas. Eran ellas las que nos miraban raro a nosotros, y no al revés.

Así somos, creemos que algo nos pertenece por el mero hecho de estar allí, porque cerramos la mano y lo apresamos entre nuestros dedos por unos segundos.

Y en verdad, incluso durante esos segundos, los prisioneros somos nosotros.

Canción de la noche: Sight to behold, de Devendra Banhart, porque me gustaría tener un nombre tan raro como el suyo, y porque ha estado goteando en mi oídos mientras escribía esto.

Buenas noches.