jueves, 10 de julio de 2008

6-. imbécil.


Bienvenidos, quitadle el bozal a mi ruido perro, que ya pasó.

Bajo con Laura y nuestros dos perros, Cactus y Pumba, por las escaleras que unen la plaza de las vistillas con la calle Segovia. Las de la foto. En el primer rellano vemos a un tipo extraño. Descalzo, pantalones y camisa muy sucios, pelo enmarañado, vista perdida. No parece un yonki, más bien algún tipo de enfermo mental. Laura y yo nos miramos una décima de segundo y decidimos que parece inofensivo. De hecho, cuando nos cruzamos, el tipo ni nos nota, anda demasiado ocupado hablando con alguien que nosotros no vemos.

Dos rellanos más abajo hay cuatro chicos hablando, con la espalda apoyada en el murete. Tres de ellos rondan la veintena, el cuarto debe tener diez años. Cuando llegamos a su altura, uno de ellos da el último trago a un botellín, y, delante de nuestras atónitas miradas, lo lanza con fuerza hacia arriba, el botellín estalla cerca del primer rellano. Más tarde, Laura me hará ver que apuntaba al pobre infeliz con el que nos hemos cruzado antes, en ese momento lo único que veo es un niñato de veinte años haciendo estallar un botellín treinta escalones más arriba de donde estamos.

Me los quedo mirando, y ellos a mí. El que ha tirado el botellín luce estética skinhead, patillas largas, pelo rapado, polo fred perry blanco y vaqueros. El que está a su lado está gordo y va en chandal, del aspecto del tercero, sinceramente no me acuerdo, y el niño lleva unos pantalones cortos y una camiseta normales y corrientes. No me puedo aguantar. ¿A tí te parece normal? Pregunto. ¿El qué? Lo que acabas de hacer. No sé, no pasa nada. Pasa que la gente se puede cortar, dice Laura. Por aquí sólo pasan latinos, por mí que se corten.

La sangre me empieza a hervir, Laura parece más calmada y, obviando la barbaridad que acabamos de oír, sigue. ¿Y si pasa un niño pequeño y se corta? ¿Y si se corta mi perro? El gordo le contesta: No pasa nada, tu ya ves por donde están los cristales.

Sé que no debo cruzar la línea, que no vale la pena, así que intento contenerme lo mejor que puedo: ¿Y por que a tí se te cante en los cojones romper una botella yo tengo que andar esquivando cristales rotos?

La palabra cojones parece activar algún resorte en el de las patillas, que se levanta como propulsado por un muelle y me mira fijamente. ¿Tú quién te crees que eres para decirme cojones a mí? Que a mí no me canta las cuarenta nadie, y si tienes algún problema ven y lo arreglamos, que éstos - señalando al resto de sus amigos, niño incluido - no se meten.

Mi parte irracional, mi yo afectado, que diría un profesor de interpretación que tuve, sólo piensa en saltar sobre él y hundirle el cráneo con el mosquetón de la correa de mi perro, en romperle los dientes de un cabezazo, en meterle los dedos en los ojos, en doblarle de un rodillazo en las pelotas. Mi otra parte piensa en Laura, en los perros y en que, aunque sólo tienen veinte años, sin contar al niño son tres. me gustaría poder decir que hay una parte de mí que piensa que no debo ponerme a su altura, que son unos críos, que yo no soy como ellos, que por suerte tengo una educación que me aleja de estas situaciones, que lo que me gusta es leer y escribir, no pelearme en la calle, pero esos pensamientos no llegan. Todo el cuerpo me tiembla de rabia. ¿Crees que me das miedo? Pregunto. Mi voz sale ronca, extraña, él no contesta.

De repente, el tercero, el que no recuerdo como era, que no ha dicho nada en todo el rato, golpea en el hombro al de las patillas y le dice: eh, tío, que está mi hermano aquí y no quiero que vea movidas. Miro a Laura, está tan rabiosa como yo, pero sus ojos desaprueban lo que estoy pensando. El niño me mira fijamente, sin atisbo de odio, casi con curiosidad, me sorprendo, el momento pasa. Pego un tirón a la correa del perro y sigo bajando los escalones. Laura le dice al de las patillas que se tranquilice, y él, sintiéndose vencedor, le contesta que nos tranquilicemos nosotros, que si hace falta le pide perdón a ella por los cristales pero que - señalándome - ese gilipollas no le canta las cuarenta, que tenemos que ir al psicólogo, que estamos locos. No me lo puedo creer, pienso en detenerme otra vez, pero no lo hago. Vuelvo la cabeza, se levantan, el de las patillas nos grita tarados, y se van en dirección contraria a la nuestra.

Aún estoy encendido, aún quiero volver atrás, tirarlo al suelo y romperle la cabeza a patadas, pese a saber de sobra que estoy equivocado, que yo no soy así. ¿Lo soy? Ando muy deprisa, el perro me sigue casi ahorcado. Laura, dos metros detrás de mí, me enfrenta con algo que ya sé, que yo no, que yo no. Cállate la puta boca, grito sin girarme. Silencio. Sigo andando. Cinco pasos después me detengo, Laura llora, soy un imbécil.

Más tarde, ya en casa, después de un rato de amargo silencio, de pedirle perdón y de que me regale un abrazo, le digo que no puedo evitarlo, que ese tipo de gente me provoca ganas de matarles. A mí no, contesta, a mí me dan mucha pena. Sé que es cierto. Pienso que tiene razón.

Cuando vuelvo a hacer la foto de arriba, no hay rastro de ellos, pero cincuenta pequeños murciélagos sobrevuelan los escalones.

Ahora, en frío, si tuviera delante a esos cuatro, me gustaría poder decir que le pediría perdón al niño pequeño por no pensar como yo mismo espero de mí, que felicitaria al único que no recuerdo porque, a su modo, ha sido capaz de proteger a su hermanito. Me gustaría poder decir que cogería al de las patillas por el hombro y le intentaría hacer ver que está equivocado, que sé perfectamente cuál será su vida dentro de diez años y que no se dirige hacia nada bueno. De verdad, me gustaría.

Hoy en día, ser rebelde es darles un beso de buenas noches a tus padres.

Canción de la noche: Bigmouth strikes again, de The Smiths. Porque lo que más lamento es haberle gritado a Laura.

7 comentarios:

Lui Lu dijo...

Supongo que cuando no se sabe qué decir no hay que dejar comentario. A mí me da mucho miedo la rabia...

Lui Lu dijo...

Vuelvo porque he visto tu respuesta en el blog de David.

Romper el escenario con el más colgado de los Arcade Fire debe de ayudar a liberar mucha mala leche.

En cuanto me entere de cómo se puede hacer eso te aviso!

Niñapajaro dijo...

hola. yo se lo que es la rabia contenida y la frustación que sorportamos al no poder hacer lo que quisieramos. hacemos lo que debemos porque somos civilizados y educados. yo que trabajo con adolescentes veo como la violencia la asimilan como algo normal y no como un tipo de perversión identitaria. da miedo la verdad. aunque sean agresiones verbales es energía negativa. Laura y tu teneis la suerte de contar con vosotros mismos. un saludo

Jose Marzo dijo...

Somos personas, y algunos llevamos un hombre dentro, para lo bueno y para lo malo. Lo controlamos porque el día a día suele ser predecible, y no hace falta sacar los dientes, y algunos ni siquiera despertar el cerebro. Desgraciadamente, algunos chavales no tienen futuro, porque ellos no quieren o por lo que siempre se ha llamado 'las malas compañías', y creo que eso es así desde siempre, lo que pasa que lo que antes se arreglaba con un par de hostias, ahora te sacan la navaja y adiós muy buenas. El problema son ellos (por supuesto que ésto daría para un estudio en profundidad), nosotros sólo somos hombres, y menos mal que a veces una mujer nos hace razonar convenientemente.

ruidoperro dijo...

Lui, gracias por la sugerencia, la próxima vez que tenga un encuentro similar, y espero que sea en mucho muuuuuuuuuucho tiempo, al llegar a casa me pondré Wake up a todo volumen en el ipod y le pegaré patadas al cojín del sofá imaginando que es un amplificador. Ahora nos falta idear el sucedáneo de la borrachera con Bowie :)

Girlbird, es más o menos lo que dijo Laura, que ese chico sólo tenía violencia dentro, que no conocía ningún otro referente, y que eso era muy triste. Y es verdad.

Jose, completamente de acuerdo, si ellas gobernaran irak sería un vergel.

salu2.

Santero Delcolmo dijo...

Sin aspereza no hay suavidad.

Nayra dijo...

No me siento orgullosa de esto, pero:
-cuando veo un eskin jed le abriría la cabeza a patadas
-cuando veo a un pederasta le abriría la cabeza a patadas
-cuando veo gente que se la suda volver puestísimo en un coche y matar a una familia que va a pasar el día al campo, les abriría la cabeza a patadas
-cuando veo a quienes ordenan la guerra, les abriría la cabeza a patadas
-cuando los hombres intimidan a las mujeres, les abriría la cabeza a patadas
Es grave mi instinto de violencia? Yo me quedo con que es sed de justicia y con que, en realidad, nunca he dado una patada a nadie.