jueves, 31 de julio de 2008

10-. Dientesverdes.


Bienvenidos. Al veros, mi ruido perro se ha escondido debajo de la cama.

En Islandia sólo hay una carretera interurbana asfaltada. Los islandeses la llaman Hringvegur, para el resto del mundo es la Ring Road, porque bordea la isla en su interior como si fuera un anillo. Lo podéis ver aquí.

En Islandia no hay trenes, ni un solo metro de vía férrea en todo el país, con lo que si quieres ir de un lado a otro, no te queda otra que hacerlo por la Ring Road, un sólo carril por cada sentido y un aspecto que en su mayor parte luce como en la foto que abre esto que escribo.

En Islandia, en verano, no hay noche.

Laura y yo viajamos allí hace cinco años. Nuestra idea era recorrer la mayor parte del país en autobús e ir acampando donde pudiéramos, pero al llegar nos dimos cuenta de que dos billetes desde Reykjavic hasta Akureyri, la segunda ciudad del país, 15.000 habitantes, valían tanto como todo el presupuesto que llevábamos para los veinte días que duraba el viaje. Después de un momento de crisis decidimos - por consejo del padre de Laura - hacer el trayecto a dedo.

La distancia entre Reykjavic - suroeste- y Akureyri - norte - es de 400 Kilometros. En línea recta sería mucho menos, pero como sólo se puede ir por la Ring Road el trayecto dura séis o siete horas. Eso si conduces tú, si estás a merced de la voluntad de los coches con los que te cruzas os podéis imaginar que los tiempos se dilatan de forma ostensible.

Por suerte, los islandeses son gente muy confiada - no tienen razón alguna para no serlo - y paran absolutamente todos los coches con los que te cruzas. El problema es que ves un coche cada hora o hora y media.

Llevábamos unas cuatro horas de viaje y estábamos a medio camino. El último conductor con el que nos habíamos cruzado - un escritor local que nos estuvo hablando de la mitología autóctona - nos había dejado en medio de la nada, una nada cercana a la casa donde vivía. Habíamos andado un par de kilómetros desde ese punto, con las mochilas colgadas de las espaldas, y sólo nos habíamos cruzado con ovejas y caballos salvajes. De repente, vimos un coche a lo lejos. Extendí mi brazo y levanté el pulgar. Como no podía ser de otra forma, el coche paró. Era una ranchera como las que llevan los agricultores tejanos. El conductor nos abrió la puerta y subimos, yo me senté en el asiento del copiloto, y Laura detrás.

El aspecto del tipo nos pareció un poco extraño. Debía estar cerca de la cincuentena y estaba muy delgado. Iba vestido con una camisa roja a cuadros, estilo leñador, unos vaqueros y unas botas de montaña. Su cara estaba surcada en su totalidad por arrugas muy profundas y debía llevar una semana sin afeitarse. Hasta aquí más o menos normal, pero cuando sonrió al presentarse - no recuerdo su nombre - nos mostró sus dientes, y éstos estaban recubiertos en su mitad superior por algo verde. No sabría deciros qué era, parecía musgo, pero evidentemente no podía serlo. Laura y yo cruzamos una mirada, pero no hicimos nada, bajarnos del coche de un tipo por el color de sus dientes sonaba a estupidez.

Recorrimos unos diez kilómetros con total normalidad. El tipo nos hablaba de Akureyri - él era de allí, y creo recordar que nos dijo que era pescador - y nosotros escuchábamos encantados. En Islandia todo el mundo, y cuando digo todo el mundo quiero decir hasta los pescadores de Akureyri - habla inglés.

De repente, sin avisar, se desvió a la derecha y se adentró por una pista de tierra. Miré a Laura y estaba pálida. Tardó diez segundos en encender el teléfono móvil y la videocámara. ¿Qué haces? Pregunté. ¿Adónde nos lleva? preguntó ella a su vez. ¿Qué coño está haciendo? El tipo seguía conduciendo con la vista al frente, no parecía haber notado nuestra inquietud. ¿Were are we going? Pregunté. Me dijo que se había desviado porque quería enseñarnos el único bosque de coníferas del país, que era muy bonito y que quedaba cerca. En efecto, un bosque que parecía bastante frondoso se recortaba contra el cielo a varios kilómetros, rodeado del habitual vacío del paisaje islandés. Se lo traduje a Laura.

Ni de coña, dijo asustada. Yo a esas alturas también estaba bastante acojonado. Dile que vuelva a la carretera. Un psicópata islandés asesina a dos turistas españoles, pensé, el luctuoso suceso queda registrado en la videocámara de las dos víctimas, pensé, ¿Podría dejarle inconsciente de un sólo puñetazo? - Pensé - ¿Ponernos de acuerdo para abrir las puertas y saltar del coche?

El tipo seguía conduciendo con la vista al frente. We'd love to see it, but I think it's better we go back to the road. Why? Pregunta el tipo. ¿Cómo que why? Because somos dos españolitos perdidos en un país raro de cojones, y con tu iniciativa nos has dado miedo. Because nos sudan la polla tus árboles, y because con esos dientes y, sobretodo, desde que te has metido en esta pista de cabras, cada vez tienes más pinta de psicópata.

Because we are a little bit tired and we would like to arrive and get some rest. El tipo me contesta que ya casi hemos llegado y que no nos preocupemos, que luego nos devuelve a la puta Ring Road y santas pascuas. Lo intento otra vez, me contesta lo mismo, todavía sin despegar la vista del cristal. No sé qué más decirle. Laura tampoco. El tipo sigue conduciendo como si nada.

Because we'd like to plant our tent before it gets dark*

Por primera vez, el tipo despega la vista de la luna y me mira. Me mira como si fuera gilipollas. Tardo un poco en darme cuenta de lo que pasa. EN ESTE PUTO PAÍS NO HAY NOCHE, COÑO, LOS PÁJAROS SE CAEN DE LAS RAMAS PORQUE NO SABEN CUANDO SE TIENEN QUE DORMIR. Me acabo de cubrir de gloria.

Ok, dice Dientesverdes después de unos segundos, don´t worry. Y, para nuestra sorpresa, da media vuelta. Respiro. Laura también. Miro al tipo y le noto la decepción en la cara. Nadie dice nada durante los minutos que tardamos en llegar a la carretera. La incomodidad es tan densa que se puede masticar.

Ya en la Ring Road, bajamos del coche con nuestras maletas, nadie se despide. Cierro la puerta y Dientesverdes da media vuelta y se va en la dirección opuesta a la que llevábamos antes de entrar en la pista forestal. Le perdemos de vista.

A veces, con Laura, hablamos de este tipo. Yo, con el tiempo he ido convenciéndome de que realmente nos quería enseñar el bosque, si hubiera querido hacernos algo lo podría haber hecho en la pista forestal. Laura dice que nunca lo sabremos, que nos dio mala espina desde el principio, y quizá tenga razón. Quizá la vida moderna nos haya estropeado tanto que ya no podemos fiarnos de un pescador islandés, quizá nos libramos de un episodio tirando a oscuro.

Una hora después, un nissan patrol se detuvo a nuestro lado. Lo conducía un chico de diecisiete años - en Islandia es legal conducir desde los dieciséis - que se había despertado esa mañana en un hospital de Reykjavic después de un coma etílico y estaba regresando a casa. Pero ésta es otra historia.

Todo esto venía a que mañana, aunque me quede mucho más cerquita, me voy de viaje con Laura. Ojalá que a la vuelta tenga alguna historia extraña para contaros.

Canción de la noche: People are strange, de The doors, porque raros somos todos.

Góda nótt.


*: Porque nos gustaría plantar la tienda antes de que oscurezca.

domingo, 27 de julio de 2008

9-. Polo opuesto.


Bienvenidos, dejad que, por un ratito, mi ruido perro sea un minino silencioso, a ver qué le parece.

El miércoles pasado me emborraché tanto que, de pronto, era jueves al mediodía, y yo seguía allí, dondequiera que estuviese, con las sinapsis cortocircuitadas, los pulmones rezumando humo y el hígado convenciendo al resto de mis visceras para iniciar una revuelta.

Llegué a casa, no sé muy bien cómo, y después de unas horas de sueño - las que pude - y de que un antalgin 550 - mi bonita pastilla azul - acturara a modo de ejército pacificador en el campo de batalla de mi cerebro, ya era jueves por la noche, y me hallaba frente al espejo, evaluando posibles daños, y sumido en esa fase de la resaca que básicamente se compone de odio hacia uno mismo.

A la imagen que me devolvía el cristal, ojos vidriosos y enrojecidos, piel macilenta, ojeras parduzcas, labios resecos, etc, se sumaban la cuenta del dinero quemado así, a lo tonto, y unos odiosos flashbacks que traían de vuelta los momentos más humillantes de la noche, esos recuerdos inmediatos que provocan un brusco encogimiento del estómago y un súbito y poderoso deseo de que nadie se acuerde de tí, de ser otra persona. De allí, pasé a la sensación de fracaso, al qué coño hago yo aquí, al quién cojones me he creído que soy, al despierta ya, imbécil.

Y en ese momento, justo en ése, me acordé de Radovan Karadzic. Sí, en mi estado hubiera sido mejor pensar en cosas más bonitas, como ésta, o ésta, pero no, quien vino a mi mente abriéndose paso entre billetes de cincuenta en llamas y mi patética imagen hablando sin parar y arrastandro la lengua fue el tipejo este.

Nos os voy a aburrir hablando de la sarta de barbaridades que Karadzic cometió con total impunidad durante la Guerra de los Balcanes y en los años siguientes, para eso está la wikipedia. Pensé en este indeseable por el ejercicio de transformación que llevó a cabo después de cometer esas barbaridades.

El señor Karadzic, siendo directamente responsable de centenares de miles de muertes, se dejó crecer la barba y el pelo, sus cejas dejaron de estar fruncidas y abandonó los uniformes militares para vestirse con respetables camisas negras y sombreros de ala ancha. Y nació el doctor Dragan David Dabic, respetado neuropsiquiatra y naturólogo serbio, formado en China y Rusia, que residía en la calle Yuri Gagarin de Nueva Belgrado. Un médico que daba conferencias y escribía en la prensa especializada, que recibía a enfermos en distintas consultas y hasta tenía una página web con, entre otras cosas, una detallada biografía y una dirección de email en la que localizarle.

El asesino convertido en sanador, el cáncer convertido en cura.

Entonces, yo, desde mi resaca y mi odio, me propuse a mí mismo repetir el ejercicio, a ver qué pasaba. Vayámonos al polo opuesto. Pongamos por caso - me dije - que no soy lo que soy, un escritor que salvo aquí no publica en ningún lado, un actor que hasta ahora sólo ha obtenido pequeños papeles en series y películas. Pongamos que, años atrás, en el momento de decidirme por - digámoslo así - la vida bohemia, cambio de opinión y hago caso a mis padres.

Pongamos que estudio la carrera que ellos querían, periodismo, que no me marcho primero a Barcelona y luego a Madrid, que, en mi época más salvaje ni huelo las drogas, que sólo me emborracho los fines de semana, que me quedo a vivir a su lado en ese pueblo de postal, que me caso de negro y por la iglesia, que tengo un hijo, que me compro un coche, y una casa.

Pongamos que ya no soy un tipo taciturno al que le gusta acostarse tarde y despertarse más tarde aún, que vive en Madrid de alquiler, en pecado, con su chica, y tiene dos perros. Ahora soy un periodista que trabaja de lunes a viernes durante once meses al año en un periódico como éste, que vive en un pisito a pagar en treinta años situado tal que aquí, que conduce un coche así de bonito, que tiene un hijo que se llama como él para seguir con la tradición familiar y una mujer con la que se casó un veintitrés de abril de hace seis años.

Pongamos que tengo veintinueve años y ya sé que mi vida, desde este punto hasta que cumpla los cincuenta, no va a cambiar en casi nada. Una árida y vastísima llanura se extiende desde mis pies hasta el momento en que, irremediablemente, me convertiré en mi padre.

Karadzic seguía siendo un asesino cuando recetaba medicamentos homeopáticos contra la ansiedad.

Canción de la noche: Army of me, de Björk. Porque aquí dentro sólo estoy yo, este yo.

Buenas noches.

lunes, 21 de julio de 2008

8-. feo


Bienvenidos, decidle a mi ruido perro que se aparte del espejo.

Estoy en el aeropuerto de Girona, esperando a que mi maleta asome la cabeza montada en el lomo de la cinta transportadora. Tengo un mal día, un día muy malo, de los peores. Las cosas no están nada bien aquí, estoy muy jodido. De repente, a mi espalda escucho - y cito literalmente porque incluso saqué mi libreta para apuntarla - la siguiente frase: "a mí si me dieran a elegir entre ir en silla de ruedas o ser feo, escogería ir en silla de ruedas, así que ya ve, no se preocupe que hay cosas peores".

Sin poderlo evitar, la piel de mis brazos se eriza por la descarga de vergüenza ajena recibida. Necesito saber quién acaba de convertirse en el gilipollas del año pulverizando los anteriores récords sin ningún tipo de piedad. Me doy la vuelta.

Un azafato de Spanair espera al lado de una vieja en silla de ruedas. Es de suponer que la ha empujado hasta aquí desde el avión. No puedo ni imaginarme la sarta de estupideces que le habrá soltado a la pobre abuela durante el trayecto.

Entiendo que el tipo, deseoso de romper un silencio muy incómodo, ha intentado ir de azafato servicial, comprensivo y atento. Entiendo que su intención era arrancar una leve sonrisa de esos labios agrietados, era mostrarle a la abuela que es un ser empático que se preocupa por los demás, y que no ha encontrado nada mejor que decir. Pero a pesar de mi esforzado ejercicio por comprender, cuando le miro de nuevo sólo veo AL MAYOR GILIPOLLAS QUE JAMÁS HA PISADO ESTE PLANETA.

Han pasado unos segundos, me vuelvo a girar, siguen ahí, a un metro de mi nuca, en silencio. Mientras les observo, ya sin nigún tipo de pudor, le sigo dando vueltas al tema. Una de las funciones de este tipo debe ser precisamente empujar las sillas de ruedas de los viajeros con los que se cruza, por tanto, me imagino que esa señora no es su primera. Me niego a pensar que está nervioso, esa situación se le tiene que haber repetido infinidad de veces, es imposible que esté improvisando. ¿Ésa es su frase estrella para tratar con discapacitados? ¿Le dirá lo mismo a cada persona en silla de ruedas que tenga que empujar? Oh my.

Pero hay un detalle, un enorme detalle, que convierte a esta situación cruel en un chascarrillo surrealista. El tipo es FEO. Es MUY FEO. Sigo mirándole. Cráneo estrecho y alargado, como si le hubieran dado forma con un torno. Pelo corto, seco y oscuro, que ya clarea en la coronilla. Poca frente, nariz aguileña, ojos pequeños y muy separados. Marcas de viruela en las mejillas, labios delgados, boca pequeña, poco mentón. ES EL GILIPOLLAS MÁS FEO QUE HE VISTO EN MI VIDA.

Para rematar el asunto, la vieja también es fea. Y no me refiero a las huellas del paso del tiempo. Hay señoras a las que se les intuye la belleza pasada debajo de las arrugas. Éste no es el caso. Está muy delgada, y también tiene la boca y los ojos pequeños. En éstos aún se percibe la luz que otorga la cordura. Lleva el pelo recogido en una larga cola de caballo despeluchada y gris. Las orejas y la nariz son tan grandes que parecen robados de otro rostro. Además, su nariz está repleta de puntos negros. Me recuerda a esos jefes indios pasados de época que malviven en las reservas de las películas americanas.

A juzgar por su expresión, fría y dura como una deuda, la frase del tipo, dado que ella reúne las dos características nombradas, discapacitada y fea, le tiene que haber reducido en uno o dos años el tiempo que le queda de vida. Le tiene que haber provocado el impulso de comprarse una pistola, para matarse o para matarlo a él. O para las dos cosas.

Mi maleta aparece por fin, librándome de seguir dando saltitos en el fango. Cuando estoy a punto de abandonar la sala de equipajes no puedo resistir el impulso y los vuelvo a buscar con la mirada. Ahí siguen, cada uno con la cara vuelta hacia un lado, deseando no haberse conocido nunca.

Canción de la noche: Idiotheque, de Radiohead. Porque en mi idioteca, el tipo del que os he estado hablando, casi me desbanca.

martes, 15 de julio de 2008

7-. inmortales.


Bienvenidos. Dejad que mi ruido perro juegue hasta agotarse, como si volviera a ser cachorro.

El de las gafas redondas de cristales rojos a juego con su sudadera es Xavi, probablemente el más extraño y maniático de mis amigos, pero, de largo, el que más talento tiene de todos nosotros. La foto es suya, suyo es el brazo que sujeta la cámara, aunque no lo veáis. Debajo de sus gafas de John Lennon psicotrópico estoy yo, y el diámetro de las pupilas que miran fijamente al otro lado del objetivo, enmarcadas en unas profundas ojeras, no son gratuitas. A mi lado está Litus. Con él he compartido cosas que no están al alcance de la mayoría de los hombres. Y al lado de Litus está Lluis. Es curioso, le conozco desde hace muchos años, pero ha tardado lo suyo en trascender el apelativo de conocido para convertirse en un amigo, y me imagino que la sensación es recíproca. La vida se emperró en llevarnos por caminos distintos para después soltarnos en el mismo patio a ver qué pasaba. Con los otros dos he reído y llorado tanto que a veces parecemos un matrimonio de tres.

La foto es injusta, todas lo son. Faltan muchos rostros que también tuvieron su parte en lo que quiero contar, Montse, Àlex, Diana, Vice, Pat... faltan tantas cosas...

Llevo varios días intentando descubrir cuando demonios nos hicimos esa foto, pero no he sido capaz. Muchos recuerdos de esa época se funden unos con otros, el nivel de consciencia nunca fue muy alto, y las imágenes entre mis orejas se modifican con el paso del tiempo sin que yo lo pueda evitar. Tampoco recuerdo como llegó a mí, aunque sospecho que me la mandó Xavi en uno de sus mails repletos de recomendaciones musicales.

Pero hay una cosa de la que estoy completamente seguro: la foto fue tomada poco antes de que dejáramos de ser inmortales.

Hubo una época en nuestras vidas en la que todo era ligero. No teníamos ninguna cuenta que saldar, y las calles de Barcelona se extendían bajo nuestro pies como un recreo interminable. Las horas se estiraban y se contraían a nuestro antojo, con un chasquido de nuestros dedos se hacía de noche, y con otro, el sol volvía a salir. Nos bastaban un mechero y una goma elástica para hacer música, las mismas cuatro paredes de siempre eran un mundo distinto cuando volvíamos a mirarlas, nos enámorabamos a cada minuto y dormíamos en cualquier lado. Nuestra sangre era pura química, lo teníamos todo por hacer, y nos comportábamos como si estuvieramos de vuelta de todo. Éramos los Beatles tocando en Hamburgo ciegos de anfetaminas, éramos Tzara y compañía conspirando en el Cabaret Voltaire, éramos los apóstoles de la última cena de Da Vinci, los que se sublevaron en la cubierta del Potemkin, la bomba surcando el cielo de Hiroshima, muertos de risa ante los ojos aterrorizados de cien mil japoneses. Estábamos a punto de ocurrir, y cuando ocurriéramos, el mundo no nos olvidaría en cien siglos, viviríamos para siempre.

El cambio ocurrió sin que nos diéramos cuenta, a paso lento y seguro, con la precisión de los engranajes de un reloj, y, cuando la vida, que hasta entonces nos había consentido como sólo puede hacerlo una mucama que nunca tuvo hijos, nos enseñó su sonrisa mellada, descubrimos, cada uno por su cuenta, que los Beatles se odiaron la mitad de su vida, que Tristán Tzara en realidad se llamaba Samuel Rosenstock, que entre los apóstoles había un traidor, que los sublevados del Potemkin murieron al pisar tierra firme, que la bomba era el infierno.

Ahora, años después. Cuando conseguimos reunirnos, el conjuro parece funcionar de nuevo, ninguno de nosotros lo olvidó jamás, todos hemos mantenido encendida la llama del mitote para honrar la memoria de los seres celestiales que fuimos una vez, pero sus efectos son cada vez más débiles, y aun cuando nos envuelve el halo mágico que aparece cuando cada pieza parece estar en su sitio, por debajo se extiende el abismo que se presentó sin invitación, y que no tiene pensado irse si no es agarrado de nuestras manos.

Hace unos días me preguntaron por la foto de la cabecera de mi blog. Que por qué esa y no otra. Por todo lo contado arriba. Por que cuando la miro recuerdo que una vez fui inmortal, que una vez no me importó que todo a mi alrededor estuviera borroso. Y por un millón de cosas que sólo nosotros sabemos.

Canción de la noche: Relaxin' with Cherry, de Kid Loco. Porque muchas de esas noches y también muchas de esas mañanas empezaron con este tema.

Bona nit, allà on sigueu.

jueves, 10 de julio de 2008

6-. imbécil.


Bienvenidos, quitadle el bozal a mi ruido perro, que ya pasó.

Bajo con Laura y nuestros dos perros, Cactus y Pumba, por las escaleras que unen la plaza de las vistillas con la calle Segovia. Las de la foto. En el primer rellano vemos a un tipo extraño. Descalzo, pantalones y camisa muy sucios, pelo enmarañado, vista perdida. No parece un yonki, más bien algún tipo de enfermo mental. Laura y yo nos miramos una décima de segundo y decidimos que parece inofensivo. De hecho, cuando nos cruzamos, el tipo ni nos nota, anda demasiado ocupado hablando con alguien que nosotros no vemos.

Dos rellanos más abajo hay cuatro chicos hablando, con la espalda apoyada en el murete. Tres de ellos rondan la veintena, el cuarto debe tener diez años. Cuando llegamos a su altura, uno de ellos da el último trago a un botellín, y, delante de nuestras atónitas miradas, lo lanza con fuerza hacia arriba, el botellín estalla cerca del primer rellano. Más tarde, Laura me hará ver que apuntaba al pobre infeliz con el que nos hemos cruzado antes, en ese momento lo único que veo es un niñato de veinte años haciendo estallar un botellín treinta escalones más arriba de donde estamos.

Me los quedo mirando, y ellos a mí. El que ha tirado el botellín luce estética skinhead, patillas largas, pelo rapado, polo fred perry blanco y vaqueros. El que está a su lado está gordo y va en chandal, del aspecto del tercero, sinceramente no me acuerdo, y el niño lleva unos pantalones cortos y una camiseta normales y corrientes. No me puedo aguantar. ¿A tí te parece normal? Pregunto. ¿El qué? Lo que acabas de hacer. No sé, no pasa nada. Pasa que la gente se puede cortar, dice Laura. Por aquí sólo pasan latinos, por mí que se corten.

La sangre me empieza a hervir, Laura parece más calmada y, obviando la barbaridad que acabamos de oír, sigue. ¿Y si pasa un niño pequeño y se corta? ¿Y si se corta mi perro? El gordo le contesta: No pasa nada, tu ya ves por donde están los cristales.

Sé que no debo cruzar la línea, que no vale la pena, así que intento contenerme lo mejor que puedo: ¿Y por que a tí se te cante en los cojones romper una botella yo tengo que andar esquivando cristales rotos?

La palabra cojones parece activar algún resorte en el de las patillas, que se levanta como propulsado por un muelle y me mira fijamente. ¿Tú quién te crees que eres para decirme cojones a mí? Que a mí no me canta las cuarenta nadie, y si tienes algún problema ven y lo arreglamos, que éstos - señalando al resto de sus amigos, niño incluido - no se meten.

Mi parte irracional, mi yo afectado, que diría un profesor de interpretación que tuve, sólo piensa en saltar sobre él y hundirle el cráneo con el mosquetón de la correa de mi perro, en romperle los dientes de un cabezazo, en meterle los dedos en los ojos, en doblarle de un rodillazo en las pelotas. Mi otra parte piensa en Laura, en los perros y en que, aunque sólo tienen veinte años, sin contar al niño son tres. me gustaría poder decir que hay una parte de mí que piensa que no debo ponerme a su altura, que son unos críos, que yo no soy como ellos, que por suerte tengo una educación que me aleja de estas situaciones, que lo que me gusta es leer y escribir, no pelearme en la calle, pero esos pensamientos no llegan. Todo el cuerpo me tiembla de rabia. ¿Crees que me das miedo? Pregunto. Mi voz sale ronca, extraña, él no contesta.

De repente, el tercero, el que no recuerdo como era, que no ha dicho nada en todo el rato, golpea en el hombro al de las patillas y le dice: eh, tío, que está mi hermano aquí y no quiero que vea movidas. Miro a Laura, está tan rabiosa como yo, pero sus ojos desaprueban lo que estoy pensando. El niño me mira fijamente, sin atisbo de odio, casi con curiosidad, me sorprendo, el momento pasa. Pego un tirón a la correa del perro y sigo bajando los escalones. Laura le dice al de las patillas que se tranquilice, y él, sintiéndose vencedor, le contesta que nos tranquilicemos nosotros, que si hace falta le pide perdón a ella por los cristales pero que - señalándome - ese gilipollas no le canta las cuarenta, que tenemos que ir al psicólogo, que estamos locos. No me lo puedo creer, pienso en detenerme otra vez, pero no lo hago. Vuelvo la cabeza, se levantan, el de las patillas nos grita tarados, y se van en dirección contraria a la nuestra.

Aún estoy encendido, aún quiero volver atrás, tirarlo al suelo y romperle la cabeza a patadas, pese a saber de sobra que estoy equivocado, que yo no soy así. ¿Lo soy? Ando muy deprisa, el perro me sigue casi ahorcado. Laura, dos metros detrás de mí, me enfrenta con algo que ya sé, que yo no, que yo no. Cállate la puta boca, grito sin girarme. Silencio. Sigo andando. Cinco pasos después me detengo, Laura llora, soy un imbécil.

Más tarde, ya en casa, después de un rato de amargo silencio, de pedirle perdón y de que me regale un abrazo, le digo que no puedo evitarlo, que ese tipo de gente me provoca ganas de matarles. A mí no, contesta, a mí me dan mucha pena. Sé que es cierto. Pienso que tiene razón.

Cuando vuelvo a hacer la foto de arriba, no hay rastro de ellos, pero cincuenta pequeños murciélagos sobrevuelan los escalones.

Ahora, en frío, si tuviera delante a esos cuatro, me gustaría poder decir que le pediría perdón al niño pequeño por no pensar como yo mismo espero de mí, que felicitaria al único que no recuerdo porque, a su modo, ha sido capaz de proteger a su hermanito. Me gustaría poder decir que cogería al de las patillas por el hombro y le intentaría hacer ver que está equivocado, que sé perfectamente cuál será su vida dentro de diez años y que no se dirige hacia nada bueno. De verdad, me gustaría.

Hoy en día, ser rebelde es darles un beso de buenas noches a tus padres.

Canción de la noche: Bigmouth strikes again, de The Smiths. Porque lo que más lamento es haberle gritado a Laura.

lunes, 7 de julio de 2008

5-. Disculpen que no me levante.



Bienvenidos. Decidle a mi ruido perro que se aparte de la ventana, no se vaya a caer.

Mi padre, que es un hombre al que quiero pero con el que a estas alturas ya comparto pocas cosas, una vez soltó una frase que se me quedó grabada. Habíamos acabado de comer, y en uno de esos momentos trascendentes que a veces suceden alrededor de una mesa con una taza de café en la mano, mi madre nos soltó que le encantaría morirse habiéndonos dejado la vida solucionada a mí y a mi hermana - algo que, desgraciadamente, de momento no parece que vaya a suceder -. Después de tal declaración, mi madre levanto la cabeza y mirando a mi padre dijo: "¿Verdad?" Y el hombre nos miró, se recolocó las gafas y dijo: "Una vez muerto, mierda pa' los vivos". La carcajada que nos sobrevino a todos los presentes fue monumental.

El caso es que el hombre tenía más razón que un santo. ¿Por que nos iba a preocupar lo que pase en el mundo cuando hayamos muerto?

Yo estoy muy contento de haber descubierto que mi padre tenía razón, y también de ser ateo. Así no me tengo que preocupar por lo que pase aquí cuando me muera, ni de lo que pase conmigo después de morir. Francamente, el concepto de infierno me da bastante pereza, y el cielo... lo veo difícil. Aunque estaría bien, me imagino el cielo como un sitio en el que después de beber no tienes resaca, y en el que cada noche toca una superbanda formada por John Lennon, Miles Davis, Charlie Parker, Jimi Hendrix, Jaco Pastorius, Keith Moon y Brad Mehldau, que no está muerto, pero que cuando muera yo, y teniendo en cuenta el ritmo que lleva, ya llevará años bajo tierra.

En cambio, el infierno debe ser una habitación decorada por Mariscal, donde viven todos los músicos que he citado más arriba pero no pueden tocar, porque les guardan los instrumentos en cielo. Un sitio donde cada noche tienes que pasarte la seda dental y siempre suena el hilo musical del Corte Inglés, con ofertas incluidas. Así que, sabiendo que casi seguro no me dejen entrar en el cielo, mirad de lo que me librado por ser ateo.

Sin embargo, lo que sí me importa es lo que vaya a sudecer en el momento de mi muerte. Me gustaría que pasara algo que fuera recordado. Y no me refiero a unas últimas palabras solemnes y cargadas de peso, como las de Joan Maragall, que exclamó: "Sia ma mort una major naixença". (Sea mi muerte un mayor nacimiento), a raíz de su estrecha relación con el Dios que yo digo que no existe.

A mí me gustaría que me sucediera algo surrealista, que hiciera reír a la gente que dejaré atrás, a los que no voy a recordar. Como pasó con Einstein, que sabemos que dijo algo justo antes de morir, pero no sabemos qué, porque la única persona que estaba con él, su enfermera, no hablaba alemán. O como María Antonieta, que, dirigiéndose hacia la guillotina, tropezó con su verdugo y le pidió perdón, o como Maximiliano de Habsburgo, al que, esperando ser fusilado, otro condenado a muerte le preguntó: "¿Es ésa la señal para que nos ejecuten?" Y el respondió: "No lo sé, es mi primera vez".

O como, y os prometo que ésta es la última, Buster Keaton. El tipo yacía con los ojos cerrados, y alguien a su alrededor preguntó si estaba muerto. Otro ser presente contestó que deberían tocarle los pies, porque los muertos siempre tienen los pies fríos, a lo que Keaton abrió un ojo y dijo: "Juana de Arco no", para morir segundos después. Brutal.

Porque, sinceramente, si la vida es un chiste de leperos, ¿Por qué iba a ser la muerte algo serio?

Canción de la noche: Banana boat song, de Harry Belafonte. Porque adoro esa película, y porque, si estoy equivocado, cuando muera quiero ser como Beetlejuice.

Buenas noches.

sábado, 5 de julio de 2008

4-. marasmo


Bienvenidos. Dejad que mi ruido perro suba al sofá a dormir la siesta.

marasmo:

(Del b. lat. marasmus, y este del gr. μαρασμός).

1. m. Suspensión, paralización, inmovilidad, en lo moral o en lo físico.

2. m. Med. Extremado enflaquecimiento del cuerpo humano.



Lo más productivo que he hecho en el día de hoy ha sido darle al botón de recargar la página para ir contando las visitas de este blog una a una. Y no os penséis que tengo demasiadas. Julio, Madrid, marasmo.

El mundo da vueltas con la primera metida y pisando el gas a fondo, ahogado. La camiseta se me pega a la piel, y la piel a los músculos y así de forma sucesiva capa a capa. Mi cuerpo se amontona sobre sí mismo igual que lo hacen los días en el calendario. es fuerte, joder, ya nos hemos comido más de la mitad de 2008 y todo sigue igual que cuando oscurecía a las cinco de la tarde y no podíamos salir a la calle sin bufanda. Las promesas siguen a la misma distancia, la zanahoria atada al palo no se ha acercado un milímetro ni por inercia.

Es como si la vida no pudiera estar en dos sitios a la vez, y de esos otros sitios me llegan ecos que suenan a carcajada a mi costa. Mientras escribo por las noches robándole horas al sueño, en México una gallina llamada Rabanita pone huevos verdes. Mientras me quejo dando vueltas sobre mí mismo en el sofá, un perro en Florida hereda dos millones de dólares. Cualquiera de las noches que me emborraché en el Doble Malta encontraron a un tipo, también borracho, circulando con una silla de ruedas por un autopista australiano. Si yo me vuelvo loco buscando las llaves por toda la casa, alguien en Washington guarda a su abuela muerta en un armario esperando que resucite. Cuando echo de menos la playa en la que estaba hace solamente cinco días, un oso polar viaja de Groenlandia a Islandia haciendo surf sobre un trozo de hielo. Pienso en masturbarme para matar al aburrimiento y una compañía aérea promete mamadas a sus pasajeros.

Supongo que soy yo, que es mi forma de mirar las cosas, pero como no aprendamos a reírnos de nosotros mismos y de nuestros - la mayoría de las veces - ridículos sueños, lo llevamos claro. Berlanga se quedaba corto, la vida es un chiste de leperos.

Canción de la noche: Oh, what a world, de Rufus Wainwright, porque en el fracaso, nada es más elegante que reírse de uno mismo.

Buenas noches.

miércoles, 2 de julio de 2008

3-. no me gusta


Bienvenidos. Decídle a mi ruido perro que quite las patas de la mesa.

En Colombia han liberado a Ingrid Betancourt justo a tiempo para que se muera en su casa. ¿De verdad que no era posible llevar a cabo la misma operación cuando todavía se podía hacer algo con el hígado de esa mujer?

Aquí - cuidado, tópico va - los políticos se piensan que somos gilipollas. Vamos a ver. Crisis, como en todas las segundas legislaturas del PSOE. ¿No tendrá algo que ver la herencia recibida de los anteriores gobiernos? Señores del PP, si los dos factores principales de esto que se nos viene encima son el desplome de la construcción y el precio del petróleo, tengo un par de cosas que decirles: ¿No tendrán ustedes algún tipo de responsabilidad teniendo en cuenta su connivencia con los constructores (Marina d´Or, Seseña, Afinsa, Arlanzón...) para seguir edificando como locos cuando ya se sabía lo que iba a pasar? Y respecto al petróleo, ¿De verdad creen que la invasión ilegal con la que provocaron la guerra de irak no tiene nada que ver con lo que vale ahora el barril de crudo? Y señores del PSOE: ¿Quieren pronunciar la maldita palabra de una vez? Díganlo alto y claro: Cri-sis, criiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiisiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiis, y cuando la hayan pronunciado, dejen de buscar eufemismos y pónganse a trabajar para remediarlo. Para la búsqueda de sinónimos ya tenemos a los abueletes de la RAE.

La farmacéutica de debajo de mi casa me pide la receta hasta para las píldoras antinenes de Laura. ¿Tal cara de adicto tengo? ¿Qué cree, que machacaré las dichosas Harmonet con un mechero y un chivato de tabaco y me haré rayas con ellas?

¿Qué coño pinta una oficina del Instituto Cervantes en Gibraltar si los propios gibraltareños no quieren ser españoles?

¿Por qué nadie no ha inventado nada más útil para comer ensalada que el tenedor?

En Suiza están tristes porque el único oso pardo adulto que quedaba en libertad había desaparecido y ahora lo han encontrado en Italia. ¿Qué oso en su sano juicio dejaría las frondosos bosques suizos para irse a un país gobernado por Berlusconi? Aunque yo sé la razón de su fuga. Al oso en cuestión lo habían bautizado con el bonito nombre de JJ2. Su hermano, que fue abatido por los propios suizos por haber perdido el miedo a los humanos y representar un peligro para los hombres, se llamaba JJ3. ¿Qué oso no es un peligro para los hombres? ¿Qué esperaban los suizos que hiciera JJ2 después de matarle al hermano? ¿Tan dificil era buscarles un nombre como dios manda o en su defecto llamarles simplementes osos, un nombre desde luego mucho más digno que dos miserable jotas y un número?

Por favor. ¿Quieren dejar a Amy Winehouse drogarse todo lo que le apetezca de una vez? ¿Qué es peor, que reviente de una sobredosis en cualquier callejón mugriento de Londres o asistir día a día a una muerte mucho más lenta y denigrante a través de nuestras pantallas?

Balones y toallas. Balones y toallas. Alguien puede retirarles el carnet de publicistas a los responsables de la campaña de verano de los supermercados eroski?

¿Soy el único que cree que la intención de David Meca de cruzar tres veces a nado el estrecho de Gibraltar es una falta de respeto hacia los sin papeles que se han ahogado en ese mismo estrecho?

¿Por qué cuando los voluntarios de ACNUR que pululan por Sol me asaltan y les digo que ya colaboro con dicha ONG, en vez de sonreír me miran como si fuera un delincuente sin sentimientos que no quiere pararse a hablar con ellos?

Otra del PP, ésta, de Cataluña. Rajoy ha impuesto a dedo - aunque digan lo contrario - a Alicia Sánchez Camacho como futura presidenta del PP catalán. Por favor, hay alguien que crea que con esta cara recontramegaoperada se puede dirigir algo que no sean las coristas de Carmen de Mairena?

¿Por qué las viejas siempre escogen la calle de la piscina donde estoy nadando yo para ponerse a remojo? Soy plusmarquista olímpico de los 200 metros libres con finta a morsa artrítica.

Es todo. Canción de la noche: Hang me in the bottle, de Tom Waits. Porque hay veces que lo mejor es seguir bebiendo.

Buenas noches.