jueves, 25 de diciembre de 2008

28-. El curioso incidente de la mujer a media tarde.


Bienvenidos. Mi ruido perro se ha quedado con el ojo pegado a la mirilla, y dice que nos avisa la próxima vez.


Llevo tantos días sin escribir que los temas se me han amontonado en la libretita. Podría hablaros de la peripecia de Xavi con una estatua en el Reina Sofía, o podría hablaros de por qué al final, y después de tirarme meses temiendo estas fiestas, las estoy pasando en Madrid con Laura, a setecientos kilómetros de lo que queda de mi familia. O de un gitano llamado Ricardo Montoya y sus tácticas de supervivencia.


Prometo desgranar todas esas anécdotas en próximas entradas, tampoco tengo mucho más que hacer estos días durante las horas de sol, pero ahora os quiero hablar de otra cosa.


Primero os tengo que poner en antecedentes.


El piso donde vivo es bastante especial. En él murió Ignacio Zuloaga. Se da la curiosa casualidad de que él murió aquí, al lado de donde escribo, el treinta y uno de octubre de 1945, y Laura y yo entramos a vivir en el que fue su estudio el treinta y uno de octubre de 2006. La verdad es que daría para una película de terror, pero a Laura y a mí siempre nos ha gustado todo lo singular, y tenemos un pequeño juego al respecto casi desde el primer día. Cada vez que cruje el parqué o tintinea una bombilla, que suele ser muy a menudo, uno de los dos dice: “Don Ignacio, estése quieto, que no me deja oír la tele”, o algo similar. Además, nuestros perros siempre se habían portado mal cuando se quedaban solos en otros pisos, y aquí todavía no han roto nada. Nos gusta pensar que es porque no se quedan solos nunca, no sé si me explico.


Cuando supe que Zuloaga había pisado donde yo piso, y dormido donde yo duermo, investigué un poquito. Y descubrí que aquí también había dormido Rilke, amigo del pintor, antes de que los dos partieran de viaje hacia Andalucía, que gran parte de la Generación del 98 tomó el fresco en mi balcón, y que gente como Ortega y Gasset, Valle-Inclán o Pérez de Ayala posaron para él en el que ahora es mi salón.


Llevo más de dos años viviendo aquí, y aún se me eriza el vello de los brazos al pensarlo.


Dicho esto, ayer por la tarde estábamos Laura y yo tumbados en el sofá, en pijama - sí, en pijama, qué pasa - viendo la televisión, cuando sonó el timbre. Me levanté con el corazón encogido, pues últimamente por la tarde sólo nos visita el cartero para darnos alguna mala noticia, y descolgué el teléfono del portero automático. ¿Sí? Dije. Hola, queríamos subir a ver la casa de Zuloaga, contestó una voz de mujer. De todo lo que me podrían haber dicho en ese momento, ésa era la posibilidad que menos esperaba. Es que esto ahora es una casa particular, objeté entre balbuceos. Ya lo sé, dijo la voz, ¿pero no podría dejarnos subir un momento? Dudé unos segundos. La verdad es que no me costaba nada, y a la mujer, por la razón que fuera, parecía hacerle mucha ilusión. Laura estuvo de acuerdo.


Encerré a los perros en la habitación – suelen ser muy efusivos, conozcan o no a la visita – y esperé en el rellano. Después de un tiempo muy superior al que se tarda en subir dos pisos, aparecieron una mujer que aparentaba sesenta años, aunque he hecho cálculos y debía ser bastante mayor, y una niña que debía rondar los diez. La mujer iba vestida con un traje-chaqueta lila de muy buen corte, a juego con su sombra de ojos. La niña era rubia, llevaba su larga melena recogida en una cola de caballo e iba vestida con unos pantalones de pana verdes y un jersey blanco de lana. Las dos entraron como si estuvieran en su casa.


Después de las típicas frases cordiales fruto de la incomodidad, la mujer empezó a interrogarnos mientras se paseaba por el salón. Debía salir de una comida familiar, porque sus pasos estaban cercanos al tambaleo, y su aliento olía a coñac. Laura y yo fuimos contestando a todas sus preguntas, totalmente estupefactos. Cuando tuvo toda la información referente a nuestras profesiones e inquietudes artísticas, pasó a describirnos cómo era nuestra casa hace medio siglo. En ese punto yo ya empecé a acojonarme, porque describió ciertas cosas, como por ejemplo dónde tenía la alcoba Don Ignacio, que yo ya sabía, y lo hizo con una exactitud brutal. Al ver nuestra cara de pasmo, detuvo su explicación y sonrió.


- Es que yo soy la nieta de Zuloaga, y ella – dijo señalando a la niña – es su tataranieta.


La visita duró poco más. La mujer me corroboró todo lo que yo había investigado sobre la vida del pintor en esta casa, y nos contó unas cuantas anécdotas más. La niña no abrió la boca en todo el rato. Al marcharse, nos dijo que estaba muy contenta porque en casa de su abuelo seguía viviendo gente que se dedicaba al arte, y nos pidió los teléfonos, quién sabe por qué. El olor de su perfume mezclado con el del coñac permaneció con nosotros varios segundos después de haber cerrado la puerta tras sus pasos.


Canción de la noche: Qualsevol nit pot surtir el sol, de Jaume Sisa. Porque es una canción maravillosa, porque me traslada a las navidades de mi infancia y porque, entre otras cosas, también habla de visitas y visitantes.


Buenas noches.


Por cierto, Lua, he visto tu comentario sobre este blog en el blog de “la segona hora”. Muchas gracias, pero la segunda parte me ha dejado de piedra y no sé quién eres. Si estás leyendo esto ¡Manifiéstate!

miércoles, 10 de diciembre de 2008

27-. Aitana, Lucas y María.


Bienvenidos. Pregunta mi ruido perro si yo sería capaz de decir algo así de él.

 

Domingo al mediodía. Estoy con Aitana en la terraza de Joaquín. Yo apuro un cigarrillo, ella se cuelga de la barandilla como si fuera un monito, y se ríe cada vez que choca contra los barrotes. Aitana tiene cinco años, y desde hace unos meses está inmersa en esa etapa en que las niñas se disfrazan de princesa a la menor ocasión. Del disfraz de hoy destacan una larga falda de raso rosa con mucho vuelo y cubierta por un tul del mismo color, y una diadema plateada de plástico. Lleva los labios pintados de rojo y sombra oscura sobre los ojos.

 

De repente, se suelta de la barandilla y se tumba en la hamaca de un salto. Se me queda mirando. Tengo una mascota nueva, dice. ¿Ah, sí? Sí, es un ratón y se llama María. ¿Y qué tal se lleva con Lucas?

 

Hago la pregunta por inercia, por seguir manteniendo la conversación con la niña. Lucas es su perro. Hace unos meses un coche le golpeó y perdió un ojo. Al principio no se sabía qué iba a pasar con él, pero ahora es un feliz perro pirata, con el párpado cosido a la mejilla. Cuando oye el nombre de su perro, Aitana muda la expresión. Su mirada se ensombrece y su voz pasa del acostumbrado tono agudo e impertinente al susurro.

 

Es que Lucas se ha ido, dice. Empiezo a pensar que he metido la pata hasta el fondo. Me gustaría que la conversación terminara aquí, pero la mirada inquisidora de la niña me obliga a seguir preguntando. Trago saliva. ¿Adónde ha ido? Aitana, que sigue tumbada en la hamaca, vuelve el rostro hacia la pared y, sin mirarme, suelta la frase que lleva unos minutos revoloteando a nuestro alrededor como un murciélago.

 

Se ha ido al cielo, dice. Joder. El día se ensombrece de golpe, acabo de hacer que una niña de cinco años se acuerde de la muerte de su perro. Me quiero abofetear. ¿Qué puede ser lo siguiente? ¿Contarle que los reyes son los padres? Ella me sigue mirando sin pestañear, con el ceño fruncido y unos pucheros dignos de Popeye. El carmín corrido le confiere un aire de muñeca rota. No tengo ni la más remota idea de qué puedo decir. Seguimos mirándonos unos segundos que me parecen eternos, hasta que la llaman desde el salón, ya está la comida y hay que lavarse las manos.

 

La niña suspira, se levanta de la hamaca, se sacude la falda como se estila en la corte del príncipe azul y me deja solo. Noto la sangre latiendo en mis sienes y, a pesar de que el día es frío, tengo las mejillas encendidas. ¿Por qué nadie me ha dicho que Lucas se ha muerto? ¿Y qué le ha pasado? No puede ser del accidente, hace dos semanas estuve jugando con él en esta misma terraza. ¿Habré removido una herida que ya estaba cicatrizando gracias a María el ratón?

 

Entro buscando a Laura para que me aclare qué ha pasado con el perro y me topo con Itxaso, la madre. Me aclaro la voz. Oye, Itxaso, creo que la he cagado. No sabía lo de Lucas, y Aitana me ha contado lo del ratón y… bueno, que creo que se ha puesto triste.

 

La madre me mira como si yo fuera Lucas resucitado, como si le estuviera hablando en polaco, como si estuviera desnudo. Soy Lucas resucitado y le estoy hablando a Itxaso en polaco mientras me rasco las pelotas como mi difunta madre me trajo al mundo. Dioses.

 

Intento recomenzar mi explicación por la parte en la que yo no sabía que Lucas estaba muerto, pero Itxaso me corta antes de que pueda decirle cuánto siento haber entristecido a la niña, y me dice que Lucas está en su casa, vivito y coleando. En ese justo momento, Aitana irrumpe en el salón envuelta en una carcajada, salpicando con sus manitas húmedas el rostro de su padre, que la lleva en brazos. Itxaso me da la espalda y le pregunta a la niña qué me ha contado sobre Lucas.

 

Que estaba en el cielo, responde como si dicha respuesta fuera la más lógica posible. ¿Y por qué le has dicho eso? Inquiere la madre. La niña se encoje de hombros mientras tuerce la boca como sólo los niños saben hacerlo. Veo que tiene moquitos resecos en sus pequeñas fosas nasales, sobre esos labios rojos de carmín y debajo de esos ojos enmarcados en oscuro. Todo cobra un matiz grotesco y empiezo a pensar de nuevo si estaré loco. Aitana parece cerca de las lágrimas, no quiero que Itxaso la riña. Estoy a punto de intervenir. Por suerte, la borrasca pasa deprisa. Itxaso se vuelve hacia mí de nuevo y me asegura otra vez que Lucas está en su casa y que no existe ningún ratón llamado María. Todos reímos, más o menos, la niña también. Joaquín aparece con el arroz y nos sentamos a comer.

 

Hablamos de lo que acaba de ocurrir durante gran parte de la comida. Aitana tatarea una canción infantil mientras mastica, como si la conversación no fuera con ella. Los mayores deciden que la niña es tan inteligente como imaginativa, que sólo era un juego. Yo pienso en las veces que habrá jugado con Lucas, y me imagino a mí mismo bromeando sobre la muerte de mis perros. Un escalofrío recorre mi espalda. Aitana se levanta antes de haber terminado su plato para ver una película de dibujos amorrada al televisor. Hipnotizada por los monigotes en la pantalla, probablemente ya no se acuerde de que hace unos minutos ha matado a su perro tuerto en beneficio de un ratón imaginario llamado María.

 

Yo me sigo acordando días después, y me pregunto si, a pesar de que el desconocimiento de la ley no nos exime del cumplimiento de la misma, no saber lo que es la maldad nos libra de ella. Los enormes ojos de Aitana, llenos de dibujos animados, podrían ser un argumento a favor de tal teoría. Aunque yo no la comparta.  

 

Canción de la noche: Kids with guns, de Gorillaz. Porque, como canta Damon Albarn, igual son ellos los que nos convierten en monstruos a nosotros. Es decir, puede que con sus juegos desenmascaren nuestra oscuridad.

 

Buenas noches.    

jueves, 4 de diciembre de 2008

26-. Tuxedo.

Bienvenidos. Mi ruido perro se ha hecho un nudo Windsor con la correa y quiere bajar a la calle a ver qué pasa ahora.


- Quiénes?


El hombre embutido dentro de un smoking, cincuenta, barriga prominente, barba de intelectual progresista, pajarita alrededor del cuello y novia de veinticinco colgada del codo, me mira con los ojos muy abiertos, y a mí se me antoja harto complicado explicarle quién coño son The Rapture, un grupo que empezó a ensayar en el garaje de los padres del cantante, allá en Nueva York, poco después de que él se divorciara de su primera mujer. Mientras espera mi respuesta, el tipo da otra calada de su Partagás. Su novia arruga la nariz.


De repente, el tema de The Rapture termina, y empieza a sonar el primer acorde, afilado como la navaja de un barbero, de London calling, de The Clash. Por fin un nexo de unión como dios, así, en minúscula, manda. Esta vez la balanza se inclina de su lado, lo admito. Él probablemente pisó el Londres que la voz rota de Joe Strummer describe en la canción, yo sólo lo he podido imaginar. Pero mi imaginación es como una Uzi, advierto. El contacto visual con este hombre embutido en su smoking, o tuxedo, como dirían los de The Rapture, se intensifica, y soy capaz de encontrar en el fondo de sus ojos los gramos de cocaína que han remontado la pendiente adversa de sus fosas nasales, los tratos sellados con un apretón de manos y un trago de Chivas, las veces que decepcionó a sus dos ex esposas, los ceros que, a través de los años, se han ido acumulando a la derecha de la cifra que importa, en sus distintas cuentas corrientes.


Él advierte abismos parecidos entre mis pestañas. Strummer nos cuenta que la ciudad se ahoga y él vive cerca del río, y la explicación que nos llevó a establecer este curioso contacto visual, nunca verbalizada, deja de ser importante. Él es el primero en cerrar los ojos, poco a poco se da la vuelta y sacude su cabeza al ritmo de la canción, feliz por pisar terreno conocido por primera vez en más de una hora. Yo me llevo el vaso a la boca y también le doy la espalda despacio. Simón baila con una chica a la que no había visto antes.


Esa décima de segundo en la que los dos nos hemos olido el culo como si fuéramos perros en un parque y nos hemos reconocido sigue flotando detrás de mis ojos, entre mis orejas.


En veinte años a partir de este momento yo también vestiré un smoking cortado a medida para celebrar los cumpleaños de mis amigos, tomaré viagra cuando lo necesite, tendré una casa en la Costa Brava y un apartamento en Pedralbes, fumaré cigarros Partagás y escribiré artículos de opinión en El País.


En veinte años a partir de este momento estaré a punto de publicar, después de muchos sinsabores, mi primera novela. En una editorial pequeña, casi desconocida, pero verla en los estantes de cualquier librería me provocará un orgasmo tan intenso como el primero. Seguiré viviendo de alquiler.


En veinte años a partir de este momento seré el propietario de un pequeño club en la costa, música en vivo y buenos cocktails, y recordaré, con algún que otro pinchazo en el amor propio, mi anhelo de ser escritor como la locura bohemia que no pudo ser. Mi hígado estará tan castigado como en cualquiera de las dos opciones anteriores.



En veinte años a partir de este momento llevaré diez dentro del ataúd más barato que le pueda ofrecer la funeraria a Laura o a mi hermana. La carne de mis mejillas se habrá convertido en polvo, pero mi pelo y mis uñas seguirán creciendo. Como el de Strummer, mi corazón dirá basta en algún punto todavía por determinar, y me iré al suelo con los dos dedos medios extendidos.


En cualquier caso, recordaré estos frustrantes años de dificultades, de no saber cómo pagaré el alquiler dentro de dos meses, de bastarme un ron con coca para ser Keith Richards, de matar el tiempo escribiendo cosas que nadie lee, de oler las oportunidades de los demás por las esquinas, de saludar al sol con los ojos inyectados en sangre, de ver la tele tapado con una manta por el frío, de follar sin condón sobre sábanas desteñidas, de, en definitiva, negarme a reverenciar los smokings que me voy encontrando mientras noto el sabor acre de la envidia en la comisura de mis labios, como una de las épocas más felices de esta broma pesada que nos empeñamos en llamar vida.


Canción de la noche: como no podía ser de otra forma, London Calling, de The Clash. Por ese bajo que, como nos tocaría hacer a nosotros, se cuela sin invitación, y porque, como canta Strummer en el último verso, I never felt so much a’like.


Buenas noches.

jueves, 27 de noviembre de 2008

25-. Cucarachas.


Bienvenidos. Mi ruido perro hace rato que mastica algo crujiente, pero no atino a ver qué es.


Si le arrancas la cabeza a una cucaracha no muere en el acto, como sería de esperar desde un punto de vista más o menos humano. Una cucaracha sin cabeza sobrevive varios días, y cuando muere por fin, no es porque se haya desangrado, o de dolor, razones que – insisto – tendería a pensar cualquier humano que se precie. El bicho termina muriendo de hambre. Si no hay cabeza no hay boca, si no hay boca no hay comida, y si no hay comida te mueres. Bonito silogismo. 


Leí este curioso dato hace días, y no puedo sacármelo de la cabeza. Quién sabe por qué. Siendo como soy, me podría haber obsesionado con cualquier otro dato inútil de los muchos que he ido recabando a lo largo de los años, como por ejemplo que no podemos chuparnos el codo, que los elefantes no pueden saltar o que los delfines son los únicos animales, junto con nosotros, que follan por el simple placer de follar. Pero no, tocan cucarachas.


El primer piso en el que viví cuando me mudé a Barcelona, un cuchitril en pleno Raval, estaba infestado de cucarachas. Había tantas que, al contrario de lo que suelen hacer estos bichos, no esperaban a que no estuviéramos presentes para hacer sus cosas. Cruzaban la cocina a plena luz del día mientras desayunábamos, y si te encontrabas con una en el pasillo no se escondía. Se quedaba quieta, esperando pacientemente a que entraras en el baño, o en la habitación, y luego reemprendía su marcha. Años después siguen siendo las cucarachas con más cojones que he visto en mi vida. Si es eso posible.


La tarde que se nos ocurrió prepararle una fiesta sorpresa a Àlex por su cumpleaños supimos que algo había que hacer. Pretendíamos llenar el piso de gente, cuanta más mejor, y los bichos podían herir alguna sensibilidad que otra. Organizamos una expedición a los paquis – lo que en Madrid serían chinos – de la calle contigua para armarnos como requería la ocasión. Leer los prospectos de dichas armas te hacía sentir tan poderoso como Kissinger, joder, que se cargó a todos los gobiernos suramericanos que le apeteció y encima luego le dieron el Nobel de la Paz.


Nos decidimos por unos cepos cuyo veneno era de acción retardada. Las cucarachas comían, se iban tan tranquilas a dormir la mona y morían en sus madrigueras, dondequiera que éstas estuvieran. Era perfecto, nosotros no las veríamos nunca más, y ellas se pudrirían lentamente en sus rincones, reforzando con su polvo de insecto los cimientos de nuestro edificio. Sembramos el piso de cepos y nos fuimos a dormir.


Algo falló. A la mañana siguiente nuestro piso parecía el campo de batalla de una de las guerras organizadas por Kissinger. El pasillo, el salón, la cocina, el baño. Sembrados de cadáveres. Nunca os fiéis de unos cepos para cucarachas comprados en unos paquis – o chinos, si vivís donde yo –. La hipótesis aceptada como más probable por unanimidad fue que el veneno actuó demasiado rápido, mató a las cucarachas antes de que ganaran su refugio. Contamos más de cincuenta. La mayor medía siete centímetros – juro por mis perros que la medimos con una regla – y todavía hoy me pregunto cómo nunca detectamos la entrada a su madriguera, ya que debía ser de dimensiones considerables. Días después, una de las supervivientes – que las hubo – vengó el genocidio colocándose unos centímetros delante de la nevera, en el lugar exacto donde aterrizó mi pie descalzo décimas de segundo después. En ese lugar se erige hoy el único monumento conocido que honra el valor de una cucaracha kamikaze.


La fiesta salió muy bien. Recuerdo dos momentos con especial cariño. En el primero yo salía de una de las habitaciones cuando me encontré a un viejo sentado en el pasillo, tocando mi guitarra con un porro enorme en la boca. Y tú quién eres, pregunté. El vecino de arriba, contestó. He bajado a echaros la bronca, pero visto el buen rollo que hay aquí he subido a casa a por marihuana y he vuelto. En el segundo momento, cuando abrimos el balcón para que entrara un poco de aire nos encontramos con otro vecino apuntándonos con una escopeta de caza desde el balcón que teníamos enfrente, mientras gritaba fuera de sí que quitáramos la puta música. Pero esa es otra historia.


Canción de la noche: Hoy, como caso excepcional, son dos. Bugs, de Pearl Jam, y 24 hour party people, de The happy Mondays. Las dos a la memoria de los caídos. 


Buenas noches.

domingo, 16 de noviembre de 2008

24-. Chicle y polvos de vainilla.

Bienvenidos. Mi ruido perro dice que no se despierta, que para qué.

Llevo días retrasando este momento. He empezado tres veces a escribir esta entrada y he desistido otras tantas, frustrado. Para qué, si no tenía nada que decir. Tampoco es que ahora cargue con el peso de una conferencia, pero espero que algo salga. Y si no, tengo la segunda temporada de MadMen por ver. O quizá algo de porno. O las dos cosas.

Es sábado por la noche. Oigo los gritos del botellón en la plaza a través de mis auriculares, que me perdonen los Grant Lee Buffalo. Hace siete días yo estaba exactamente igual que los dueños de esos gritos, borracho como un marinero de permiso. Hoy he apagado el móvil para evitar cualquier tentación y llevo el pijama puesto desde las siete de la tarde. Al menos en eso hemos avanzado algo. O no, según se mire.

Vuelvo a tener la sensación de que los días son de chicle. Se estiran, se deforman, y sus extremos se funden entre ellos para ocultarme que avanzan. Todo sigue igual, y mientras me lamento de que cada tarde es un calco de la anterior, los hijos de puta han puesto la directa y ya estamos a mitad de noviembre.

Despierto, desayuno, limpio, leo el periódico, escucho la radio, como, paseo a los perros, leo, trabajo con el ordenador, paseo a los perros, ceno, veo la tele, escribo, leo, duermo. On repeat. Debajo de todo esto, la navidad asomando la pezuña por debajo de la puerta. Y yo con el afro puesto.

Una de las veces que hablé a solas con él, el oncólogo de mi madre me dijo que la navidad quedaba muy lejos, como metáfora del poco tiempo que le quedaba. Desde entonces he usado esa frase como etiqueta en este blog cada vez que hablaba del tema. Pues bien, ahora ella ya no está, y la frase, que durante estos meses me ha perseguido como una deuda, ha perdido sus dos razones de ser, la metafórica y la literal. Y la verdad, después de joderme durante meses, lo mínimo que podía haber hecho por mí la puta frase era conservar su literalidad, mantener las fiestas encalladas en el calendario, al menos un par de meses más. Tampoco era tanto pedir.

Miento. Esta semana sí me han pasado cosas, sólo que no han sido las que yo quería. Abramos un paréntesis.

El martes terminé el libro de Murakami y me dio absolutamente igual. Lo cerré preguntándome por qué coño había tardado el hombre doscientas páginas en contarme algo que A) no tenía ni pies ni cabeza, y B) se lo podía haber ventilado en, a lo sumo, treinta o cuarenta. Qué chasco, con lo que le envidio. Ayer me compré el de Saviano, de momento promete.

El miércoles un perro llamado Ron mordió a Pumba y le arrancó un trozo de oreja. Como era de noche tuvimos que llevarle en nuestro coche a la clínica. Le durmieron, le dieron tres puntos y a mí me cobraron casi doscientos euros. Ahora lleva esa especie de pantalla de plástico alrededor de la cabeza para que no se rasque y se da con todo lo que encuentra. Parte de la herida no se pudo coser porque le faltaba piel, y tenemos que echarle encima unos polvos cicatrizantes que huelen a vanilla. Sí, habéis leído bien, vainilla, cortesía de algún químico subnormal. Evidentemente, cada vez que los huele, encima de su oreja o en la pantalla, intenta comérselos. Un drama. La foto que inicia este sinsentido que estáis leyendo es de mi bañera, de cuando aún no habíamos visto que le faltaba un trozo de oreja e intentamos curarle por nuestros medios.

El jueves hablé con mi padre durante veinte minutos. Poco antes de colgar noté en su voz las oscilaciones típicas de quien aguanta las lágrimas en la garganta. Me jode pensar que cuando hablo con él le dejo peor de lo que estaba antes de mi llamada, porque se supone que hablar es precisamente lo que mejor le tendría que ir. La cuestión es que, si ya estamos así, no quiero pensar como será la cena del veinticuatro, o la comida de navidad. ¿Alguien me puede prestar una varita mágica? O en su defecto doscientos miligramos de ácido lisérgico.

Ayer empecé un blog nuevo. Se llama he visto un fantasma y no, no tiene nada que ver con mi madre. Tengo una novela entera por corregir, un editor esperando, y pierdo una noche entera en eso. Y hoy otra aquí. Viva.

Cerremos el paréntesis. Aquí lo que ocurre, a parte de mi genuino terror al mes que entra, es que llevo demasiado tiempo esperando que suene el teléfono. Y no, María, no lo digo por lo nuestro. Todos aquellos que me podrían dar un trabajo que me interesara esperan entre cajas, y en esa espera aumentan los halagos y desciende el saldo de la cuenta corriente. Lástima que los halagos no se coman ni paguen el alquiler. Eso sí, todavía creo que no ha llegado el momento de poner copas, que a fin de cuentas es lo que más he hecho en mi vida laboral, y por tanto, se podría considerar mi verdadero oficio a pesar de mis esfuerzos en la dirección opuesta.

Bien pensado, mis mojitos son insuperables.

Canción de la noche: Expectations, de Belle and Sebastian. Porque, gracias al demonio, ando sobrado de ellas. Malditas.

Hala, a dormirla.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

23-. Pequeño inventario.


Bienvenidos. Mi ruido perro se ha subido al escritorio, y observa la calle desierta con el hocico pegado a la ventana.


Vivo en un piso viejo, donde muchos años atrás murió un pintor reconocido. A veces, con el crujir de la madera del suelo o el temblor de una bombilla en la pared, imagino que sigue aquí en espíritu, protestando como sólo un viejo sabe hacerlo cuando agujereo un muro armado con el taladro, jugando con mis perros como sólo lo hace un niño cuando no estoy.


En el edificio de al lado vive Concha. Su belleza, dudosa cuando era joven, es ahora un dogma de fe, una causa perdida. Vive con su madre, una mujer muy mayor. Muchos días la veo bajar del taxi con paso inseguro. Las carnes rotundas embutidas en unas mallas oscuras, los pies sufriendo atrapados en unos viejos zapatos de tacón demasiado pequeños, los ojos de mirada turbia escondidos tras unas gafas de sol. Saluda con su voz cincelada a golpe de aguardiente mientras se pone un abrigo de piel ajado, e imagino que fue puta toda la vida, y que hoy conserva dos o tres buenos clientes de otras décadas, un juez, un militar, quizá incluso un antiguo ministro que, más por el cariño que creció con el paso de los años que por los servicios que aún pueda prestar, la llaman una vez por semana, toman café con ella y, cuando Concha abandona la mesa para ir un momento al baño, le deslizan un sobre dentro del bolso con lo que pueda necesitar.


Debajo del piso de Concha hay un restaurante en cuyas paredes reposan mil caras conocidas que alguna vez pasaron por allí. Futbolistas, actores, cantantes, políticos e incluso el rey sonríen con la barriga llena y las mejillas inundadas de color. Cuando entras, un hombre te da la mano, recoge los abrigos con gracia y se los confía a un camarero. Piropea a la chica con lo que él cree que es elegancia sin parar de sonreír, te busca la mejor mesa y te acomoda posando su vista una última vez encima del escote o el culo de la chica. Pelo canoso peinado a la moda de hace treinta años, mirada y gesto de mal actor de cine negro, altura de peso mosca, voz profunda y rugosa de fumador de ducados, acento y humor tan castizo como un chotis por San Isidro. Después le ves traer y llevar platos con la frente perlada de sudor, y te das cuenta de que lleva la misma chaqueta blanca que el camarero al que antes le dio tu abrigo. Con el tiempo aprendes que es el hermano del dueño, quien se pasea por el comedor sin ninguna prisa, hablando con cada comensal, vestido con una casaca mucho más elegante, e imaginas que el hermano, tras años dando vueltas por diques secos y clubes de carretera, volvió a casa tragándose el orgullo y aceptó el trabajo de camarero. De mala gana al principio, mejor en cuanto descubrió lo bien que sienta ser el jefe por un minuto cada vez que se abre la puerta.


En la otra esquina estaba el bar de Jacinto, un abuelo de barriga criada con cariño y nariz de patata. Ya no, se jubiló hace unos meses y traspasó el bar a alguien que tiró todo lo que había dentro para poder empezar de nuevo. A veces me encuentro con él, siempre ofreciéndole el brazo a su mujer, vestidos los dos de domingo, y me cuenta que ahora disfruta de la vida, que ya no le duele la espalda, que tiene tiempo para todo, que va a la playa, al cine, incluso a bailar alguna vez, mientras desde el fondo de sus ojos te saluda la añoranza de esos días pasados de cabo a rabo detrás de la barra, calentando raciones de callos y tirando cañas, sin otro sol que un fluorescente lleno de polvo colgado del techo amarillento.


Encima del que era el bar de Jacinto vive el hombre malcarado. Bajito, pasicorto, lustrosa mata de pelo negro rematando la cabeza, traje y corbata comprados en El corte inglés, maletín de piel en una mano, muchas veces gritándole a un móvil sujetado por la otra. Pese a su mal gusto para los trajes y las corbatas, siempre pensé que se trataba de un ejecutivo de la vieja escuela, un yuppie que sobrevivió a los ochenta sin volverse loco ni tener un infarto, maestro del Ibex35, conocedor de las más altas esferas. Hasta que le vi bajar de un seat ibiza cubierto en su totalidad por adhesivos publicitarios de leche Pascual.


Enfrente del hombre malcarado viven los maestros. Él enseña en un instituto, fuma como un carretero, es del betis y conoció los calabozos de Sol durante el franquismo. Luce un bigote frondoso, herencia de cuando el presidente del gobierno usaba americana de pana, y gafas de pasta negra y cristales gruesos. Ella sigue siendo bella a pesar de los años, y cuando habla sus palabras parecen acariciarte. No ha olvidado la caída de ojos que tantas veces debió ensayar ante el espejo y, coqueta, a veces aún la practica. Debió tener muchos pretendientes, pero se quedó con el único que la hacía reír. Cada sábado van al teatro. Su perra, Quica, de raza indefinida y pequeña como un ratón, jamás suelta la pelota de tenis que sujeta con la boca.


No muy lejos vive Mercedes. Cuenta que cuando era pequeña Picasso le daba la papilla después de sentarla en su regazo, y que, años después, cuando vivía en el De Efe, Serrat le enseño a hacer un cóctel a base de tequila y caldo de ternera. Vive con un negrazo mucho más joven, grande como un camión y dueño de la sonrisa más llena de dientes del barrio, al que ella ha aprendido a perdonar los deslices que a veces tiene con otras mujeres. Trabaja porque quiere, porque si no se aburriría, y si se aburre de trabajar viaja, casi siempre sola. Cuando aparece el miedo, echa mano de esas pastillas encerradas en su santa cajita de oro y nácar, y el día recupera su brillo.


A mi alrededor, y alrededor de todos ellos, un millón de historias esperan a que alguien las encuentre.


Canción de la noche: In the neighborhood, de Tom Waits. Porque ellos viven cuando duermo, y cuando duermen escribo sobre lo que han vivido.


Buenas noches.

jueves, 30 de octubre de 2008

22-. Uno de tantos.


Bienvenidos. Mi ruido perro acaba de aterrizar encima de un la menor sin previo aviso.


Debajo del apartamento donde crecí, en el segundo piso, vivía un profesor de piano. Cada vez que pasaba delante de su puerta, botando la pelota, de camino a la panadería o al bar a comprarles tabaco a mis padres, oía las notas que sus dedos, o los de sus alumnos, liberaban a través de las teclas. Llegaban a mí amortiguadas por una gruesa puerta de madera oscura, envueltas en un aura de misterio, de secreto no revelado.


Tenía siete años cuando, de la mano de mi madre, me atreví a llamar al timbre de esa puerta. Quería aprender a tocar el piano, quería ser como esos chicos y chicas que bajaban las escaleras de mi edificio muertos de risa cada tarde de la semana. El profesor nos dijo que aún era pronto, que sólo aceptaba a niños de ocho o nueve años, porque a esa edad ya habían aprendido las fracciones en la escuela.


El día que cumplí ocho años volví a llamar al timbre. Aún no tenía ni idea de lo que eran las fracciones, pero poco me importaba. Él había dicho ocho o nueve y yo ya tenía ocho. Mi vecino, supongo que por no darme un segundo disgusto, cumplió su palabra. Esa misma primavera empecé las lecciones.


Mi primera clase fue un lunes a las seis de la tarde. Aparecí en casa de mi vecino armado con un bloc pentagrafiado, dos lápices staedler del número dos, una goma milán verde y los libros que él previamente me había apuntado en un papel. Entre ellos, uno que se llamaba El petit pianista (el pequeño pianista). Era una selección de canciones sencillas, la mayoría tradicionales, y, en la portada, un perro tocaba un piano de cola mientras un pájaro le sujetaba las partituras delante de los ojos con el pico. Todavía debe estar en la otra punta de país, en esa casa que ahora parece demasiado grande, dentro de un cajón, criando polvo.


Aprendí lo que eran las fracciones con la música. Mi vecino, cargado de paciencia, me las enseñó con el solfeo y la teoría musical, mucho antes de que llegara a ellas en la escuela.


Las lecciones de El petit pianista y el curso preliminar de piano las estudié con un teclado electrónico yamaha bastante simple, que me compraron mis padres. Supongo que esperaban a ver si lo mío con la música iba en serio o no, pero cuando empecé primero el teclado se me quedó corto.


Lo recuerdo perfectamente. Era un lunes de invierno, las nueve de la noche. Yo cumplía diez años esa semana. Estuve en casa de mi vecino hasta esa hora, ya estaba en el turno de los medianos. Al terminar, subí la veintena de escalones que separaban su piso del mío y metí mi llave en la cerradura. La sopa ya estaba en la mesa, así que me senté a cenar. Cuando levanté la vista del plato, dos pares de ojos me miraban estupefactos. Mi padre y mi madre. ¿Qué pasa? Pregunté. ¿Será posible que no lo hayas visto? Respondieron muertos de risa. Entonces volví la cabeza y lo vi. Un precioso Pearl River negro reposaba contra la pared más cercana a la mesa. Un piano. Mi piano.


Todavía vive, abandonado la mayor parte del año, cada vez más desafinado, en mi habitación de esa casa que crece con el pasar de los días. Ese piano y un cachorro de cocker spaniel llamado Ruski fueron los dos regalos más importantes de mi infancia. De mi vida. Con los años descubrí que mis padres tuvieron que pedir cien mil pesetas a mis abuelos para poder comprarlo.


A El petit pianista le siguieron el Beyer, el Wird y el Czerny, y el Shostakovich. Y el Bartok. Las escalas, los arpegios. La armonía. Primero, segundo, tercero, cuarto y quinto de solfeo. Las fichas de teoría. Los dictados a una mano al principio, después a dos. Una vez al año, en verano, mi vecino nos llevaba en su coche a examinarnos al conservatorio del pueblo vecino. Yo era de los que aprobaba siempre.


Hasta que dejé de ser un niño. O tan niño. Hasta que cambié los pantalones de pana por los vaqueros, las camisas con animalitos por las camisetas, las zapatillas paredes por las Doctor Martens, los polvos de talco por las cuchillas de afeitar de mi padre. Hasta que descubrí que era más divertido pasar la tarde jugando a la botella con chicos y chicas de mi clase que practicar arpegios primero, que era más fácil ligar berreando temas de Nirvana con un bajo colgado del hombro que tocando sonatinas de Köhler después.


Me acostumbré a no dar ni golpe durante el invierno y la primavera para machacarme un mes antes del examen. Lo que habían sido matrículas eran ahora aprobados justísimos. También suspendí alguna vez. Mi vecino subía a mi casa para decirles a mis padres que no había oído el piano en toda la semana, que en los cursos en los que estaba mi nuevo sistema de estudio dejaría de funcionar pronto.


Tenía razón. Suspendí sexto en junio y en setiembre, y, al empezar de nuevo en octubre, mi vecino me dijo que no me quería más en clase. Que igual yo no estaba hecho para el conservatorio, que explorara otras posibilidades. Blues quizá, otros instrumentos. En ese momento no me importó. Es más, fue un alivio. Tenía diecisiete años y una banda de rock. Sabía todo lo que hay que saber. Pronto me iría a estudiar a Barcelona, a encontrarme con el resto de mi vida, y no me daba la gana perder un segundo de mi precioso tiempo lamentándome por un estúpido piano con sus estúpidos Granados, Albéniz, Mendehlsson y Liszt.


La pasada navidad, Laura me regaló un piano eléctrico magnífico. Cinco octavas, pedales, teclas sensibles, salida usb. Fantástico. Intento tocar un poco cada día, recuperar por mí mismo los años perdidos. Compongo algo de vez en cuando. Toco piezas fáciles, las gimnopedias, por ejemplo, o algún vals de Brahms. Y música más cercana. Temas de la Penguin café orchestra, o temas como She's a rainbow, de los rolling, o Hope there's someone, de Anthony, y de una decena de bandas más que le pondrían los pelos de punta a mi vecino el profesor.


Cuando tenga algo más de tiempo y dinero buscaré un profesor aquí, en Madrid, que preferiblemente no sea mi vecino para que no me riña si no me oye estudiar, e intentaré desoxidar los dedos, devolverles la agilidad perdida para que vayan tan rápido como la cabeza. Enmendaré un error.


Canción de la noche: Libertango, de Astor Piazzolla. Porque es lo último que he tocado antes de sentarme a escribir.


Buenas noches.

sábado, 25 de octubre de 2008

21-. a las tres serán las dos.


Bienvenidos. Mi ruido perro cojea como un pirata borracho. Pero no se queja, no.


Viernes noche. Las doce y media. Despierto en el sofá con los dos perros encima y calambres en un brazo. En la tele, un reportaje sobre el Bagdad. La ciudad no, el garito. Un tipo ha decidido no casarse y para celebrar su falta de compromiso se deja grabar con la barriga cubierta de nata mientras una tipa le golpea la cabeza con dos tetas como balas de cañón. País de subnormales. No tengo un buen día. Laura, por suerte para ella, ha salido a tomar algo con Dani y alguien más.


Bach original flower remedies. Rescue. El escozor debajo de la lengua. Vuelvo a tener ansiedad. Supongo que porque el miércoles salí y me pasé un poco mucho. Me he enfriado mientras dormía y me noto la garganta irritada. Ayer me reventé el dedo meñique del pie izquierdo contra la pata de la cama. Sí, tan estúpido como suena. Dicho dedo luce ahora una amplia y bonita gama de colores que van del amarillo al morado. Igual se me cae la uña. En la tele un anuncio con Gasol.


Cambian la hora, a las tres serán las dos. Lo que significa que, a partir de mañana, se hará de noche entre las cinco y las seis de la tarde. Algo que siempre me ha tirado para abajo los otros inviernos. Me imagino, por lo que vengo arrastrando, que éste será bastante peor. Es curioso, porque soy un tipo más bien nocturno, y prefiero el frío al calor, pero no soporto el atardecer. Un psicólogo me dijo una vez que era miedo a la muerte, que a esa hora es cuando muere el sol, y que la analogía era bastante clara. Según él, eso también se relacionaba con mis problemas de ansiedad e insomnio. Aunque este tipo, después de estafar a varias personas, entre ellas mi madre, ahora cría ganado en Argentina, con lo que no tengo muy claro qué coño pensar. Saludos, Teno.


Cada vez que miro el reloj son las 22:22, o las 16:16. Una vez escribí un corto sobre un tipo al que lo más importante que le pasaba en su día a día era eso, hasta que una mañana cometía una buena acción y, al mirar el reloj, éste pasaba de 12:12 a 12:13. Es decir, de golpe su vida cobraba sentido. Lo tengo en el disco duro de este portátil en el que escribo ahora, junto con los otros cortos que jamás he dirigido. El corto, como es obvio, se llamaba 12:12. Luego descubrí que una banda, que me encanta, se llamaba igual.


Últimamente me ha dado por jugar a la ruleta rusa con el playlist de este blog. Me explico. Aquí deberían haber ido dos puntos (:), pero odio los dos puntos desde pequeño, al igual que el punto y coma (;). Me explico. Hay una canción que no puedo escuchar. Funeral, de Band of horses, por razones anteriormente explicadas. Pues bien. Me digo a mí mismo que si avanzo diez canciones y no aparece el dichoso tema me llamarán de la prueba que hice en Barcelona para darme el papel, o que si avanzo veinte y sigue sin aparecer publicaré la novela. De momento he ganado todas las partidas, pero el teléfono continúa mudo.


En la tele el anuncio de una diadema que alivia la migraña. Me pregunto si tendrán también para la neurosis.


Canción de la noche: One with the freaks, de The Notwist. Porque no hay nada peor que ser una medusa y encontrarte un cartel de prohibido medusas en la puerta.


Noches.