jueves, 11 de agosto de 2011

58-. Exoterror.

Nueve de agosto. Las ocho y media de la tarde. Dana y yo andamos por Malasaña. Aunque el día está casi vencido, el calor todavía tiene la fuerza suficiente para subir reverberando desde el asfalto y pegarnos la ropa a la piel. A nosotros y a cualquier ser vivo con el que compartamos espacio y esté vestido. La poca gente con la que nos cruzamos parece moverse a cámara lenta.

Poco antes nos hemos fumado un porro mientras andábamos sin rumbo y nos poníamos al día. La última vez que nos vimos queda ya muy atrás y había mucho que contar, sobretodo por su parte. Pero tranquilos, la historia de hoy no va de dos personas que se reencuentran y bla, bla. Cero por ciento sandeces sensibleras. Hoy no. Primero porque no es el caso, segundo porque lo que me apetece contar es mucho más prosaico.

El caso es que, gracias a un par de sustos de otra vida, que afortunadamente se resolvieron sin subir de categoría, no acostumbro a fumar marihuana, pero, vete a saber tú por qué, me ha parecido descortés rechazar el porro cuando ella me lo ha pasado, así que me he autoadministrado la dosis que, desde que dejé de consumir esta droga, considero dentro de la zona de seguridad: tres caladas.

A pesar de ello, hace rato que los baldosines de las aceras emiten un fulgor azulado que no les recordaba, y todas las personas que veo se parecen a Angela Landsbury. Niños incluidos. Un poco como en este vídeo de Aphex Twin, pero en plan vieja repelente. Quizá la velocidad a la que percibo que andan tampoco sea efecto del calor.

Cuando Dana propone que nos acerquemos a la plaza a por un zumo, imagino a las maravillosas propiedades de la fruta fresca y recién exprimida esparciéndose por todo mi cuerpo, desde el estómago hasta las puntas de los cabellos, mientras ahuyentan, a golpe de vitamina y antioxidante, a esta neblina molesta y surrealista. No hay nada que necesite más ahora mismo. Tras intentar despegar mis labios tres veces sin conseguirlo, asiento, sonrío y la sigo.

No recuerdo como se llama el sitio de los zumos. Es una pequeña ventana que da a una de las calles adyacentes a la plaza del Dos de mayo. Los que vivís aquí seguro que habéis pasado por delante mil veces. Detrás de la ventana sólo hay sitio para un par de licuadoras, otras tantas neveras, una mesa y una chica con sobrepeso, tocada con una ridícula visera naranja.

Mientras Dana y yo fingimos hablar, moviendo los labios pero sin emitir ningún sonido, o eso es lo que me parece, veo por el rabillo del ojo como la chica se aparta con brusquedad de la licuadora en la que, hasta ese momento, trabajaba en nuestros zumos. Cuando me giro, me la encuentro mirándome, lívida. Lo primero que pienso es que se ha cortado con algo, pero tras unos segundos de silencio algo incómodos, me saca de mi error.

Cucaracha.

¿Qué? Acierto a decir, aunque la palabra ha llegado cristalina a mis oídos. Que acabo de ver una cucaracha y les tengo fobia. No me puedo mover. Mi primer impulso es pincharla con algo, para ver si se mueve o no, pero en lugar de ello miro a Dana, que no dice nada. Supongo que nos miramos durante mucho rato, porque al final, una señora, situada a nuestras espaldas y de la que no teníamos noticia hasta ese momento, chasquea la lengua y decide intervenir.

Oye, que la cucarachas no hacen nada y yo tengo un poco de prisa.

No, si ya lo sé, contesta la chica, pero de verdad que es superior a mí, si veo una no me puedo mover. ¿Qué hago, llamo a mi jefe? En ese momento me da por mirar al muro situado detrás de la chica, y veo que al menos cinco parientes de la causante de este entuerto han decidido también asomarse a ver qué ocurría, y andan por las baldosas verdes hacia el techo dibujando rayos de sol equidistantes, siempre y cuando entendiéramos la licuadora como el núcleo solar. Como no podía ser de otra forma, la chica, siguiendo mi mirada, se da la vuelta.

Estoy a punto de gritar que no lo haga en plan película mala de miedo, pero no me da tiempo. Un chillido, cercano en megaherzios al que emitiría una orca en celo, nos perfora los tímpanos. La chica nos vuelve a mirar, aproximadamente el doble de lívida que la primera vez, y decide obsequiarnos con un mantra, quizá con la intención de sanar nuestros maltratados oídos. La canción, repetitiva como todo buen mantra, dice algo como: yoasinopuedotrabajaryoasinopuedotrabajaryoasinopuedotrabajaryoasinopuedotrabajar...

Llegados a cierto punto, la chica decide interrumpirse a sí misma, y, clavando sus ojos en los míos de un modo tan malévolo como intencionado, nos dice que si alguien quiere entrar y matarlas le hará un favor muy grande. Genial. Ahora las tres me miran. El subtexto de esas miradas no es nada difícil de entender. Mis ancestros homínidos que salían a cazar dinosaurios a golpes de garrote y toda la evolución machista desde entonces, todas las historias de caballeros matando a dragones y cien años de películas, me obligan a enfrentarme a las bestias a pecho descubierto.

Lo que estas tres no saben es que sólo las garrapatas me dan más miedo que las cucarachas. Y las razones de ese pavor sobrehumano e imposible de superar, totalmente justificado, no como el de la cobarde con visera, quedan perfectamente explicadas en este post de hace unos años.

Sabiendo que no voy a ser capaz de admitir que preferiría desnudarme y bailar esto a entrar allí dentro, vacío de aire mis pulmones y levanto la barra de madera para entrar en el infierno. La primera víctima intenta esconderse dentro de las hojas de una piña, pero agarro la fruta, con el vello erizado del asco que siento, y la sacudo hasta que la pequeña hija de puta da con su exoesqueleto contra el suelo. Cuando la aplasto con mi zapatilla no puedo evitar cerrar los ojos y contraer los músculos de mi cara. Por suerte, estoy de espaldas a las tres culpables de mi suplicio. Me da tiempo a matar una segunda, con una especie de mano de mortero, mientras corretea por la barra, antes de que se presenten las primeras náuseas. La otras tres cucarachas parecen haber entendido que es mejor esperar un rato antes de volver a asomar las antenas, no hay ni rastro de ellas. Gracias, dios, en mi vida he pensado que existieras, pero en este momento no me da vergüenza pronunciar tu nombre.

Cuando Dana y yo nos alejamos de la pequeña ventana con sendos vasos de zumo en la mano, oímos la voz de la señora que esperaba tras nosotros.

Da igual, déjalo, que se ha hecho muy tarde.

Canción de la noche: Radioactivity, en la versión de Señor Coconut, por la consabida historia sobre cucarachas y catástrofes nucleares, y porque esta versión tropicalizada, habiendo luchado a muerte con ellas entre piñas y mangos, me parece más apropiada que la original de Kraftwerk.

miércoles, 6 de julio de 2011

57-. Una de modernos.


Lunes por la tarde. Desperté con la sensación de que quizá la castración química fuera lo mejor para mí. No porque sea incapaz de reprimir mis bajos impulsos, lo consigo un 99,9 periódico por ciento de las veces, sino porque, puede que si dejara de pensar con la polla, viviría mucho más tranquilo.

Y sobretodo, de un modo infinitamente menos ridículo y más saludable.

Mi hermana, en uno de sus repentinos ataques de lucidez, me llamó una tarde para decirme que yo no me enamoraba de las personas, que a mí lo que me ponía era el hecho de estar enamorado, que por eso siempre me buscaba historias imposibles, y que ese síndrome, según el libro que estaba leyendo, tenía un nombre.

Por supuesto, olvidé el nombre del síndrome, el título del libro y el autor tan rápido como pude.

Pues sí, es cierto. Si no tienes novio, no estás enamorada de otro, no dependes de ninguna substancia nociva y preferiblemente ilegal, no eres lesbiana, no vives a doscientos mil quilómetros de donde vivo yo o tu historial psiquiátrico no es más extenso que la guía telefónica de Madrid, es muy probable que no me fije en ti. O peor, puede que follemos un par de veces y que cuando nos veamos de nuevo no me acuerde de cómo te llamas.

O que seas incapaz de ponérmela dura una tercera vez.

En todo esto andaba pensando cuando desperté, mientras evaluaba la densidad de las estalactitas que el largo fin de semana había esculpido en mis fosas nasales, cuando recordé que, por una vez, había un evento al que, por extraño que parezca, me apetecía asistir. En unas tres horas, Sailor Jerry, una marca de ron bastante conocida en otros países, y que debe de estar buscando empezar a serlo aquí, nos invitaba a bloggers, criaturas habituales de la noche madrileña, y otros deshechos parecidos, a una barbacoa. En mi caso, a través de la comunidad blogger de Vice. Gracias, Nerea.

Conciertos dentro de una piscina, costillas, hamburguesas y perritos, barra libre de ron y más modernez por centímetro cuadrado que en un videoclip de The Zombie Kids. Sinceramente, no se me ocurrió plan mejor para olvidar a locas, lesbianas, yonkis y demás, aunque también era bastante probable que casi todas estuvieran allí.

Nos metieron a todos los modernos en autobuses, y nos soltaron en un chalet llamado Villa María, que estaba en algún punto entre Madrid y Colmenar, por lo que pude ver después. Los mismos rostros, la misma tinta encima de la misma piel, y las mismas frases de siempre, pero en un entorno distinto, en eso ya salíamos ganando respecto a cualquier noche en cualquier pista en las que pincho, bailo, me drogo o me emborracho.

O las cuatro a la vez.

Y la tarde mejoró de forma sustancial a medida que los grupos, perdón, las bandas, iban desfilando por la piscina vacía y equipada para la ocasión. Chiquita y Chatarra caldearon bien el ambiente, Los Chicos, a los que no conocía, se marcaron una brutalidad de concierto, con píldoras de garage eléctrico, micromonólogos bastante graciosos y descarga de extintor incluida, y los indispensables Los Coronas - no confundir con un grupo muy moña que se llaman The Coronas y de los que no os pienso poner enlace - remataron la noche en su onda: surf malasañero con mucha mala leche. Tocó otro banda, pero yo estaba demasiado ocupado masticando costillas de cerdo como para hacerle caso.

Por cierto, que el trompetista de Los Coronas se llama Yevgeni y es de Ucrania, verle tocar un pasodoble fue impagable.

Incluso hubo la necesaria anécdota trash para que la noche resultara redonda. Aqeel, el negro que canta con los zombies, lo habéis visto en el vídeo de arriba - y nótese que el término negro aquí no está usado como rasgo peyorativo, sino diferencial - decidió unilateralmente que ésa también iba a ser su noche de gloria, y se subió al escenario mientras tocaban Los Coronas, para soltar sus Yeahs! y esas cosas que suele hacer. La primera vez tuvo su gracia, pero repitió la operación dos veces más y terminó por apestar. La seguridad del evento intentó bajarle, pero supongo que las gafas de sol que llevaba no le debían dejar ver bien los escalones, porque allí se quedó, hasta que lo sacaron a rastras entre cinco. No sé, a mí no se me ocurriría subir al escenario del Zombie Club cuando está él rapeando, o haciendo eso que hace, que no sé yo lo que pensaría de ello Gill Scott-Heron, para quitarle el micro y empezar a soltar gritos goriloides. Debe ser que, a pesar de mis reiterados intentos por volverme cool de una vez por todas, todavía cojeo en modernez.

Es cierto que Keith Moon consiguió su puesto en The Who exactamente así, subiendo del foso al escenario, sacando a patadas al batería que tenían y poniéndose él a tocar. Pero ni Aqeel es Keith Moon, ni los coronas necesitan a un vocalista.

La organización nos devolvió sanos y salvos - bueno, a Aqeel no lo tengo tan claro - a Madrid, y como todavía era pronto, me fui al estudio con Koan y Rubén, que ni les conocéis ni falta que os hace, a intercambiar fracasos.

Me lo pasé bien, muy cierto. No me topé con ninguna de mis torturas actuales, aunque divisé a alguna muy futurible e incluso a alguna pasada y ya olvidada, o eso creía yo. Y el ron era demasiado dulce para mezclarlo, pero con un chorro de zumo de limón estaba rico.

La semana que viene hay una fiesta Brugal con los Zombies y tal, pero ni esto es el lecturas ni yo tengo tanto estómago.

Canción de la noche: Hacha de guerra, de Los Coronas, porque me hicieron bailar con una resaca considerable, y eso siempre es de agradecer. Por cierto, su grito: "¡Abuelo, el pasodoble es rock´n´roll!" va camino de convertirse en un clásico.

lunes, 6 de junio de 2011

56-. Dos exorcismos.

Dos exorcismos en diez días son demasiados incluso para alguien como yo, al que el diablo siempre le pareció un tipo gracioso, y que ostenta, a modo de cartel de neón sobre la cabeza, un doctorado cum laude en el arte de sobreponerse y seguir andando.

Puede que no haya ayudado el hecho de vagabundear cuatro días por el paraíso, con las pupilas dilatadas como rodajas de limón y el cuerpo acribillado a aguijonazos de colores, para luego tener que volver a este lugar del que no provengo, pero al que, por lo visto, pertenezco.

La cuestión es que dos son demasiados.

Incluso para mí.

El primero era un negocio cerrado. Un producto con fecha de caducidad. Todo estaba perfectamente acordado, y aún así salió mal. 'No se llora en mi cama' es algo que debería grabar con un cuchillo en la puerta de mi habitación a modo de aviso para navegantes. No se llora en mi cama ni se escupe a menos que se quiera ser escupido de vuelta.

El segundo no tendría ni que haber ocurrido. Nada escrito en la agenda, ninguna fecha señalada en rojo en el calendario, y el demonio sabe que todos los poros de mi piel estaban cerrados a cal y canto. Aun así ocurrió, como el nacimiento de una de esas orquídeas cuyas raíces parecen no estar enterradas en la tierra. Sin alimento. No hizo falta demasiado, de hecho no hizo falta nada de nada, y quizá eso sea lo que más desconcertó al músico disfrazado de cura que recitó las oraciones mientras yo vomitaba a sus pies.

Uno apareció esta tarde por sorpresa en la pantalla de mi ordenador, subvirtiendo las reglas del juego a las que me había condenado sin pensar que quizá, quizá, el momento agonizaba de inanidad, precisamente la condición que dio alas al otro.

Ahora, el pecho enjuto sigue subiendo y bajando al ritmo de mis pasos, qué son dos muescas diminutas para alguien con querencia por las cicatrices. Pero mentiría si dijera que los colores de este invento en el que habito no están un poco más apagados.

No hay nada que un estricto régimen construido a base de Radiohead y Michael Cunningham, de bailes solitarios en mi habitación y palabras que hubiera deseado escribir yo, no pueda curar. Seguiré haciéndome sangrar los oídos debajo de los auriculares en la oscuridad para que la gente de mi alrededor pueda seguir celebrando la noche. Pero por momentos yo no estaré allí.

Si yo fuera el inventor de todo esto habría muchos más encuentros fortuitos que desencuentros programados. Noruega sería un jersey colgado dentro de mi armario y todos los pisos con gato dentro tendrían ascensor. Si yo hubiera inventado esto, las palabras no serían más que palabras, y no se podrían usar como escondite, arrojar como bombas de mano, o retorcer para ser encajadas en sitios a los que no pertenecen.

Si esto hubiera sido inventado por alguien como yo, se haría de noche y de día a nuestro antojo, y podríamos acumular horas de sueño para luego permanecer despiertos el tiempo que nos quedara aquí. Si esto fuera mío, aún andaríamos cogidos de la mano.

No, mejor, no nos habríamos conocido nunca.

Si yo hubiera inventado esto, un piano cabría en un bolsillo de un pantalón vaquero, y me habría reservado el derecho a tocar como Bill Evans. Tocar como Bill Evans, escribir como Huidobro y follar como John Holmes. Aunque mucho me temo que las buenas críticas de Holmes se debían más a una cuestión de tamaño que de pericia. Un idiota jamás puede ser un buen amante.

Por mucho rabo que tenga.

Si yo fuera el inventor de todo esto, Gill Scott Heron no habría ido más allá de meterse rayas, Rimbaud no habría dejado de escribir a los veinte años, y Mark David Chapman se habría quedado en casa masturbándose ese maldito ocho de diciembre.

Si esto fuera mi invento, Steve Reich no tendría setenta y cuatro años, Al padre de Marvin Gaye no le habrían gustado las armas de fuego, Buddy Holly y Otis Redding habrían decidido coger el autobús, y Francesca Woodman habría seguido disparando hasta convertirse en una anciana, en vez de saltar por la ventana de su piso en el Lower East side.

Si todo esto fuera mío, Miguel Hernández le habría podido cantar esas nanas a su hijo, y Susan Sontag habría muerto plácidamente, la misma muerte que mi propia madre se hubiera merecido.

Si éste fuera mi invento, esto jamás habría sido escrito.

Let it all drop.

Canción de la noche: Spitting venom, de Modest Mouse, por razones obvias.

lunes, 4 de abril de 2011

55-. Madre, niño, perro.

Una de las cosas que más me gustan de Madrid es que sólo hace falta salir a la calle para encontrar cosas sobre las que escribir. Los atardeceres vendrían inmediatamente después.

hoy por la tarde volvía del mercado, envuelto en uno de esos atardeceres que me reconcilian con esta maldita ciudad, cuando me he cruzado con el niño que no sabe que su perro no es su perro. La última vez que le vi, yo todavía vivía con Laura.

ha crecido, algo esperable en un niño de su edad. Incluso puede que haya crecido lo suficiente como para descubrir que su perro, en realidad, no es su perro. El animal trotaba a su lado con media lengua fuera, ajeno a la impostura en la que vive.

Una tarde, el niño apareció con su madre y un perro en el parque donde nosotros paseábamos a los nuestros. Por aquel entonces, su perro todavía era su perro, se lo habían regalado sus padres por una navidades, o un cumpleaños, y estaba aprendiendo a pasearlo.

Aunque parezca mentira, a pasear perros también se aprende, sobretodo si eres un niño.

Su perro y los míos hicieron buenas migas, y desde entonces no era extraño que nos encontráramos tarde sí y tarde también. Recuerdo en particular una conversación con la madre acerca de los beneficios que le aporta a un niño crecer con un perro al lado: ocuparse de él, tener una responsabilidad, aprender acerca del amor incondicional, del respeto, aprender también a entender las necesidades de otro ser, a protegerlo...

De repente dejaron de venir. Con Laura lo comentamos al principio con extrañeza, pero esa sensación se fue diluyendo un poco más con cada nuevo paseo, hasta terminar desapareciendo.

Cuando ya casi no les recordábamos, una tarde nos vino a visitar la madre. Sin niño ni perro. Al pobre animal lo había atropellado un coche en plena calle Bailén. Lo llevaban suelto, se asustó y echó a correr. El conductor ni siquiera paró a ver qué era lo que había golpeado a su vehículo. El perro murió casi en el acto. Al niño, ausente en el fatídico momento, le contaron que lo habían llevado a una granja para que creciera con otros animales, que quizá volvería con ellos cuando se hiciera mayor. La mentira piadosa de hoja más afilada que conozco.

Un par de meses después, Laura y yo vimos a niño, madre y perro paseando por la calle tan alegres.

Una vecina nos desveló el misterio. Ignoro como lo consiguieron, si fueron a buscarlo al mismo sitio de donde sacaron al anterior o removieron cielo y tierra hasta que dieron con un perro igual al difunto. La cuestión es que el parecido era asombroso. Lo encontraron, se lo llevaron a casa y lo bautizaron con el mismo nombre.

Para el niño, el perro ya había crecido lo suficiente como para volver de la granja y santas pascuas.

hay varias cosas que me llaman la atención de esta historia, os prometo que totalmente verídica. Por un lado, el disgusto de los padres, de cualquier dueño, en realidad, cuando se te muere un perro. Una de las cosas más complicadas por las que he pasado. Una pena amplificada, en este caso, por la obligación de tener que hablarle de la muerte a un niño.

También resalto la opción, alguien podría pensar que un poco cobarde y de moral dudosa, pero totalmente comprensible, de mentir a tu hijo para resguardarlo del dolor, para retrasar ese contacto inevitable el mayor tiempo posible.

Y si hablamos de cobardía e inmoralidad, es justo también remarcar la fuerza de voluntad y la capacidad de sacrificio de esos mismos padres. Resueltos a conseguir algo prácticamente imposible sólo para mantener intacta la fe, poca o mucha, que su niño haya empezado a depositar en esta vida.

Sin duda, el golpe de efecto de conseguir un perro igual al anterior y hacerlo pasar por éste a los ojos de tu hijo para salvaguardar tu mentira y su inocencia de una tacada, tiene una fuerza dramática y una originalidad digna de un guión firmado por Charlie Kauffman.

Pero para mi gusto, donde reside el poder de esta historia es en el futuro. En lo que no está escrito todavía. En esos padres que deberán optar por mantener esa mentira, con el cargo de conciencia que les presupongo, repitiéndose a sí mismos de noche y con la luz apagada que hicieron lo que tenían que hacer. O por descubrirla en algún punto del crecimiento de su hijo, con el consiguiente enfrentamiento a conceptos con tanto peso como la verdad o la confianza.

Y sobretodo, en ese hijo que crecerá en las sombras, ajeno a una mentira pero también de espaldas a algo realmente bello que sus padres hicieron por él. Manipulado, sí, pero por una gran causa. O que hablará del perro que no era su perro como la génesis de la difícil relación con su madre en cada primera cita con un psicólogo.

La vida es tan bella como perversa.

Canción de la noche: Rebellion (lies), de The Arcade Fire. Porque cuando la vida me fascina y me da miedo a partes iguales, la banda sonora siempre es este disco.

miércoles, 30 de marzo de 2011

54-. Pues muy bien.

Al ordenador que me an prestado, de repente, le an dejado de funcionar la letra que va después de la F en el teclado, la que va antes de la J, y el número que va después del 5. Muy racioso todo ello. De verdad.

La aberración que habéis leído arriba es lo que tengo que ver yo cada día en la pantalla. De verdad que se me quitan las ganas de escribir. Por el bien de vuestros ojos, cuando termine corregiré el resto del post copiando las letras que no me funcionan de posts antiguos y rellenando con ellas los espacios. De nada.

Acabo de descubrir que con el corrector del blog también funciona.

Daniel me ha contratado para que le subtitule al inglés varios capítulos de la serie que está produciendo. No me quejo, mi economía actual, por culpa de distintos factores que tampoco voy a desgranar aquí, consigue que Etiopía parezca Noruega, pero puede que sea el trabajo más tedioso que haya tenido nunca. Y he trabajado en cosas muy aburridas, creédme.

Además, imaginaros lo que se usa en inglés la letra ésta que en castellano es muda. Todo el santo día recortándolas de otro lado. Una tortura.

Esta mañana vencía el plazo de entrega del primer capítulo, y como a mi me pone cachondo el trabajar bajo presión, iba muy retrasado. Ayer estuve quince horas, sí, cinco más cinco más cinco, sentado delante del monitor. Finalmente mandé el puto archivo (esta palabra sin corregir se ve graciosa: arcivo) a las seis y media de la mañana. Cuando terminé veía los subtítulos trepando por las paredes de mi habitación armados hasta las comas.

Por la tarde he recibido una llamada de Xavi, inmortal por méritos propios. hacía mucho que no hablaba de mis inmortales aquí. Estaba en Madrid. Tocaba en el Circo Price con una de las últimas maravillas, aunque lleve cinco discos publicados, que he descubierto, Refree, nombre artístico de Raül Fernández. Os dejo una y dos canciones, de verdad que vale mucho la pena.

Refree teloneaba a Nacho Vegas (Naco Veas para mi ordenador). Puede que alguien se queje por lo que estoy a punto de escribir, pero el directo de este señor no me interesa. Manta Ray estaban muy bien, a él lo reconozco como un muy buen letrista, y sus arreglos en estudio lucen lo suyo, pero en formación clásica de guitarra, bajo, batería y voz, es de las cosas más planas y monótonas que he visto últimamente. Así que después de La canción de Michi Panero, que sonó exactamente igual al resto, nos metimos en el backstage.

Sólo me acuerdo de lo que echo de menos a Xavi cuando le veo.

Iba a escribir que las hemos pasado de todos los colores y formas, pero este pensamiento ha traído consigo a otro que se ha hecho con su lugar. Cuando alguien puede decir, en cualquier acepción y/o contexto, que las ha pasado de todos los colores y formas, significa que ya va teniendo una edad, y eso es algo, en mi persona, de lo que me estoy dando cuenta últimamente. he, hemos, pasado en un tris, de ser inmortales a ostentar el poder de aburrir a los demás con nuestras batallitas, y ha ocurrido mientras yo estaba el baño, o durmiendo, porque, os lo juro, me he perdido ese momento.

Vayan un par de ejemplos al vuelo para ilustrar mi posición. Uno. En setiembre se cumplen veinte años del lanzamiento del Nevermind de Nirvana, dato apuntado por el batería de Refree, Oriol, mientras compartíamos un cigarro. ¡Veinte putos años! Cada vez que lo leo me da vértigo. Y Dos. las chicas de mi franja de edad directamente han desaparecido de las discotecas. En las que pincho y en las que bailo. De las niñas de veintipocos, con las que, y sé que estoy generalizando, me cuesta bastante hacer todo lo que involucre la palabra hablada, pasamos a las clásicas que llevan viviendo en una pista de baile desde antes del lanzamiento del Nevermind, y con las que me es imposible hacer todo lo que no involucre la palabra hablada. Por razones obvias.

Esta tarde me estaba tomando un café con Ricard y de pronto me ha preguntado si pensaba teñirme las canas. Casi le escupo el café en la cara de la sorpresa. Es que cuando te salgan más, con la cara de niño que tienes se verá un poco raro, ha argumentado.

Pues muy bien.

Al menos esta semana me han llamado cachorro musical en el newsletter de Charada.

Canción de la noche: holidays, (no he encontrado ninguna hache mayúscula en entradas anteriores) de Antonia Font. Porque cada vez que la escucho vuelvo a sentir que, en realidad, todo está por hacer.

martes, 22 de marzo de 2011

53-. Uno así.

Salgo del banco y me encuentro con Enrique, que lleva a su hijo al colegio. Al peque le han rapado la cabeza y parece más travieso si cabe. ¡Como tú! Me dice. Pues sí. ¿Sabes dónde está la plaza de las tres fuentes? No tengo ni idea. Es que hoy vamos de excursión allí, me confiesa en plan secreto de estado. Está tan nervioso por el pequeño viaje que la sangre no le cabe en el cuerpo, y prácticamente tira de nosotros dos hasta llegar a la puerta de la escuela.

Quiero tener los mismos años que Mario, y que una excursión a una plaza de mi propia ciudad me parezca una aventura digna de Indiana Jones.

El encuentro con Enrique me viene de perlas. Mi ordenador ha fallecido después de una larga y azarosa vida, y él tiene uno de sobras, desde el que ahora escribo estas letras. Gracias, man. Al volver de su casa decido acortar por el Parque de la Cornisa. Allí están algunos de mis graffitis preferidos en esta ciudad, y hace mucho tiempo que no paso a verlos. Compruebo con cierto dolor que las dos caras han desaparecido debajo de pintadas más nuevas, pero descubro a cambio un par de piezas muy interesantes que no había visto.

Ese parque, junto con la plaza donde vivo y otros solares cercanos, ha estado a punto de ser engullido por una megalópolis ideada por los curas, dueños de casi todo el barrio. Quince mil metros cuadrados de zona verde de nada, borrados por una ciudad episcopal, por un absurdo e inútil monumento al reaccionarismo más amargo y a los lavados de cerebro. Afortunadamente, hace pocos días el tribunal superior de justicia les paró los pies. Supongo que no pueden ganar siempre los malos.

Una más. Este señor es Rouco Varela, presidente de la conferencia episcopal española, nuestro Richelieu particular. Éste otro es Paco Clavel, legendario artista del underground madrileño, especializado en transformismo, números de cabaret y otras variedades. Por aquí se dice que son hermanos, si no la misma persona. Sacad vosotros vuestras propias conclusiones. Da para una peli. O dos.

Al doblar la esquina de mi plaza veo a un cura que gesticula frente a dos obnubiladas feligresas de pelo lila. Cuando les rebaso escucho que les dice: "...Es como un humo negro que se te mete dentro...", ¿Estarían hablando de Lost? Os juro que es verídico.

Llego a casa y me entretengo un rato con Noisey, la última buena idea de los chicos de Vice. Una página donde bandas de todo el mundo demuestran lo que son capaces de hacer. Muy interesante, en serio, daros una vuelta por allí. Al poco, creo estar preparado para ocuparme de algo más productivo, pero es un espejismo. Demasiado tenso para sentarme al piano, demasiado disperso para continuar con la novela que tengo a medias, demasiado soñoliento para salir a correr.

Demasiado sería mi adverbio favorito, pereza, el sustantivo.

Puede haber llegado la primavera, pero yo tengo cuerpo y alma de otoño. Tengo cuerpo de Autumn sweater, de Don´t think twice, it's allright, de Fuzzy. Supongo que me he cansado de cuerpos anónimos y mañanas unipersonales, de sentirme culpable por follar con chicas que me aburren y no querer follar con las que no, de conversaciones vanas, de vanidad nocturna, de noches olvidables.

Supongo que lo único que he querido siempre es un perro, una casa llena de libros y alguien dentro para quien cocinar.

Canción de la tarde: Grace, de Jeff Buckley, porque probablemente sea la mejor canción jamás escrita sobre un beso, y porque, qué diablos, yo quiero un beso así.

martes, 15 de marzo de 2011

52-.Shoot the whole day down.

La mañana del lunes me sorprende despierto, tumbado en mi cama, viendo capítulos de viejas series policíacas para matar el tiempo.

Mi fin de semana empezó el miércoles en Flash!, siguió el jueves pinchando en Pimpin', que dejó paso al viernes en Wonky y culminó el sábado pinchando otra vez en Carne. El epílogo tuvo lugar en el after que se monta en la sala soul. Cuando salí de allí el sábado se había convertido en domingo, yo en un armadillo, y mis compañeros de correrías en familias que paseaban por delante del palacio de oriente al pobre calor del sol invernal.

No es de extrañar que el lunes me haya pillado durmiendo a ratos, sintiendo el afilado aguijón de la culpa en mi conciencia y rodeado de promesas que deberían acercarme de una vez por todas a la virtud.

Hoy tendría que ir al INEM, a intentar averiguar por qué coño el estado ha decidido que no me ingresaba el primer sueldo mensual de los cuatro a los que tengo derecho por haber trabajado 360 días, pero sólo de pensar en ello, en las horas interminables en esa oficina gris y superpoblada, en la acritud y el desencanto de los funcionarios que me tienen que atender, en el drama que se esconde detrás de cada persona de más de cuarenta años con la que me voy a cruzar, es suficiente para que me dé la vuelta e intente dormir un poco.

Una par de horas más tarde me despierta Polo, un señor adorable que viene a limpiarnos la casa cada lunes desde hace unos meses. Sí, somos tan asquerosamente vagos que pagamos a un tipo para poder ensuciar la casa y no tener que limpiarla después, y, además, le pagamos en negro, denunciadnos. Al menos nosotros generamos empleo, y eso es algo que no puede decir el gobierno cada mes.

Falta amoniaco, friegasuelos y lejía, te lo dije la semana pasada. Mierda, es verdad. Me visto con lo primero que encuentro y salgo a la calle. Hace un día horrible. Tengo la nariz congestionada del frío y los excesos, y la puta lluvia parece no entender que estamos todos hasta las pelotas de ella.

Lluvia, tía, que sí, que molas por los pantanos y la sequía y tal, pero hazme un favor y vete a ver a los bereberes del atlas, que a ellos seguro que no les deprimes.

Si no puedo sentarme a leer en mi plaza en los próximos días me volveré loco, lo echo demasiado de menos.

Mientras me encamino hacia la droguería del barrio, me entretengo jugando a algo que me inventé hace dos o tres días. Se llama "Jamás seré" y trata de ir haciendo una lista de todas las cosas que me hubiera gustado ser y ya no seré. Encuentro tres más: jamás seré el lateral izquierdo del Barça, jamás seré un pianista de la talla de Brad Mehldau, y jamás seré un biólogo marino dedicado al estudio de los tiburones.

Entro en la tienda y una mujer envuelta en una manada de zorros muertos me hace tal obstrucción que los centrales del Sevilla pagarían por esos conocimientos. Mi comentario acerca de los cadáveres con los que se abriga parece no afectarla demasiado. Fantaseo con la idea de que, en una dimensión paralela, quizá haya un animal abrigado con una manada de zorras insensibles como ella, destripadas vivas y muertas después, evidentemente.

Mientras vuelvo a casa me acuerdo de Brenda Ann Spencer.

Cuando Brenda tenía dieciséis años, durante unas navidades, su padre le regaló un rifle semiautomático del calibre veintidós. Algo que se estila mucho allí en San Diego. En 1978 y supongo que ahora también. Un par de semanas después, un lunes por la mañana como el que nos ocupa, Brenda sacó el regalo de su funda y se apostó en la ventana de su casa.

Durante un buen rato estuvo disparando a todo lo que entraba y salía de la escuela elemental Grover Cleveland, situada a pocos metros de la casa. Las clases estaban a punto de empezar y era la hora de más afluencia. Disparó unas treinta veces. Hirió a ocho niños y a un policía, y mató al director de la escuela y al guardia de seguridad de la misma. Ambos fueron abatidos mientras intentaban apartar a los críos de la línea de fuego. La policía tardó seis horas en sacar a Brenda de su casa.

Mientras el asedio se alargaba, la policía habló varias veces con Brenda que, insisto, tenía dieciséis años. Al ser preguntada por el motivo, sin pestañear, contestó: "I just did it for the fun of it. I don´t like mondays. This livens up the day. I have to go now, I think I shot a pig and I want to shoot more, I'm having too much fun to surrender. It was just like shooting ducks in a pond, and the children were looking like a herd of cows just standing around, it was just easy pickings."

Lo hice sólo por diversión. No me gustan los lunes. Esto anima el día. Ahora me tengo que ir, creo que le he dado a un madero y quiero seguir disparando, me lo estoy pasando demasiado bien como para rendirme. Ha sido como disparar a patos en un charco, y los niños eran como un rebaño de vacas que simplemente estaba allí. Han sido blancos fáciles.

Brenda fue juzgada como un adulto debido a la gravedad de los hechos, y la condenaron a cumplir una pena de entre veinticinco años y cadena perpetua. Sigue en una cárcel en Chino, California. Su último intento fallido de conseguir la libertad condicional fue en 2009, tendrá otra oportunidad en 2019.

Bob Geldof, líder de los Boomtown rats, mucho antes de que se viera afectado por una extraña enfermedad, sufrida también por otros músicos muy reconocidos, como Paul McCartney y Roger Waters, que hace que cada día se parezcan más a sus propias abuelas, escribió una canción acerca de este suceso.

I don´t like mondays fue número uno en el Reino Unido ese mismo verano, pero las radios de Estados Unidos, y muy especialmente las de San Diego, se negaron a emitirla durante varios años.

Supongo que pueden haber lunes peores a los que vienen después de un fin de semana de cinco días.

Canción de la noche: Obviamente, I don´t like mondays, de los Boomtown Rats. Os pongo la original y una versión muy recomendable de Tori Amos.

viernes, 4 de marzo de 2011

51-. 65 discos para empezar a hablar.

El otro día, Taramona, compañero de cabina en Charada y en otros clubs de Madrid, y dueño de un blog muy recomendable en la web de Harper's bazaar, publicó la lista de sus 65 discos indispensables. Como buen adicto a todo tipo de listas, tops y clasificaciones, no me he podido resistir a elaborar la mía. Ahí va, sin ningún tipo de orden preferencial.

1-. Miles Davis - Kind of blue.
2-. dEUS - The ideal crash.
3-. The chemical brothers - Exit planet dust.
4-. Yo la tengo - I can hear the heart beating as one
5-. Pixies - Doolittle
6-. Van Morrison - Astral weeks
7-. TV on the radio - Return to cookie mountain
8-. Tom Waits-. Frank's wild years
9-. The Beatles - White album
10-. Radiohead - Ok computer
11-. Radiohead - Kid A
12-. Spiritualized - Ladies and gentlemen we are floating in space.
13-. Sonic youth - Dirty
14-. The Cure - Disintegration
15-. Bob Dylan - Blonde on bonde
16-. Bob Dylan - Blood on the tracks
17-. The Clash - London calling
18-. Primal Scream - Screamadelica
19-. Jane's Addiction - Ritual de lo habitual
20-. Pearl Jam - Vitalogy
21-. Nirvana - In utero.
22-. David Bowie - The rise and fall of Ziggy Stardust...
23-. Noah and the whale - Paceful, the world lays me down
24-. Red hot chili peppers - Mother's milk.
25-. Grinderman - Grinderman
26-. John Cale - Paris 1919
27-. Joy Division - Unknown pleasures
28-. Modest mouse - Good news for people who love bad news
29-. Gomez - Liquid skin
30-. Beck - mellowgold
31-. REM - Automatic for the people
32-. Low - drums and guns
33-. Lou reed and John Cale - songs for Drella
34-. Karate - Pockets
35-. Caribou - Andorra
36-. The Jon Spencer blues explosion - ACME
37-. Jeff Buckley - Grace
38-. Arcade fire - Funeral
39-. Elliot Smith - Elliot Smith
40-. Nick Drake - Five leaves left
41-. Otis Redding - Otis blue
42-. The Doors - The Doors
43-. Efterklang - Magic Chairs
44-. The Velvet Underground and Nico - The Velvet Underground and Nico
45-. Echo and the Bunnymen - Ocean Rain
46-. Tom Waits - Rain dogs
47-. Pavement - Brighten the corners.
48-. Sonic youth - Washing machine
49-. The Jimi Hendrix Experience - Electric Ladyland
50-. LCD Soundsystem - LCD Soundsystem
51-. Brad Mehldau - largo
52-. Beastie boys - Ill communication.
53-. Beach house - Teen dream
54-. Band of horses - Everything all the time
55-. The Stooges - The Stooges
56-. Soundgarden - Superunknown
57-. The rolling stones - Let it bleed.
58-. The rolling stones - Sticky fingers
59-. The Beatles - Sargent Pepper's lonely hearts club band
60-. Portishead - Portishead
61-. Love - Forever changes
62-. The smiths - The queen is dead
63-. Spoon - Kill the moonlight
64-. Stevie wonder - Innervisions
65-. Elbow - The seldom seen kid

lunes, 28 de febrero de 2011

50-. Don´t try.

Me he sentado frente a la pantalla dispuesto a hablar de la última chica que tuvo el privilegio de obligarme a recoger los pedazos de mi vida del suelo y unirlos con pegamento, pero al pensar en lo largo que era, me ha dado pereza. El tema vuelve al cajón esperando una ocasión mejor.

El primer libro de Bukowski que cayó en mis manos fue Mujeres. Yo tenía unos trece años, y estaba pasando parte de las vacaciones de verano en Cedeira, un pequeño pueblo de la la Costa Ártabra gallega, en casa de la familia del socio de mi madre.

Me estoy dando cuenta de que dicho verano fue más importante en mi educación de lo que pensaba hasta ahora, pues en esas vacaciones también por primera vez una canción me dejó sin aliento, Thunderstruck, de AC/DC, y una chica, de la que sólo recuerdo que se llamaba Piti y era de Valladolid, me regaló mis primeras calabazas, pero ésas son otras historias.

Me gané el viaje por mis buenas notas en el curso que acababa de terminar, y para allí que me fui solo, sin padres ni hermana, aprovechando que el susodicho socio, entonces prácticamente un tío para mí, empezaba sus vacaciones e iba a visitar a su familia.

Las horas comprendidas entre el almuerzo y la reunión diaria de mi cuadrilla en la ría, que casi todo el pueblo empleaba en dormir la siesta, eran de un tedio pavoroso, y una tarde, harto de dar vueltas, resolví inspeccionar los pocos libros que había en esa casa, cuya única función parecía ser acumular polvo con el paso de los años. Sin tener mucho donde elegir, me decidí por Mujeres.

Decir que me pasé el resto de las vacaciones matándome a pajas mientras leía una y otra vez los pasajes más pornográficos sería acercarse bastante a la verdad.

Visto ahora resulta curioso, porque me había tirado todo el curso escolar haciendo lo mismo en casa mientras me aprendía de memoria Pájaros de fuego, de Anaïs Nin. Jamás entenderé qué hacía esa maravilla de libro entre los volúmenes de la modesta biblioteca de mis padres, donde los nombres más repetidos eran Frederick Forsyth y Stephen King. En cualquier caso, le proporcioné asilo en mi habitación, lejos de espías rusos y perros poseídos, y a cambio, Pájaros de fuego se convirtió en un compañero indispensable cada noche antes de acostarme.

Volviendo a Mujeres y dejando el onanismo preadolescente a un lado, la prosa de Bukowski me espabiló de golpe. Yo estaba a punto de terminar la educación primaria en un colegio muy religioso, y no tenía ni la más remota idea de que se pudiera escribir así. Ese hijo de puta no sólo me la ponía dura cada vez que me contaba sus andanzas con el sexo opuesto, también maldecía, vivía borracho, se peleaba cuando le venía en gusto y me hacía retorcer de la risa sin ningún problema para dejarse en ridículo a sí mismo con tal finalidad.

Confieso, sin ningún tipo de remordimiento, que cuando terminó el verano ese libro viajó a mi casa metido en mi maleta, y Hank Chinaski se convirtió en una digna pareja de baile para Anaïs Nin.

Desde entonces, cada vez que me sobraban aproximadamente mil quinientas pesetas, me compraba un libro de Bukowski. Poco a poco fueron cayendo casi todos. Cartero, que de entre sus novelas quizá sea mi favorita, Pulp, Factótum, Hollywood...

Al empezar la secundaria, Hank Chinaski resultó ser el gadget ideal para combinar con las primeras borracheras, los primeros porros y la tan deseada pérdida de virginidad. Un libro de Bukowski colocado de forma estratégica delante de la carpeta en los cambios de clase era toda una declaración de principios: no sólo soy un intelectual que lee, además me gusta andar por el lado salvaje de la vida y sé unas cuantas cosas que os van a dejar con la boca abierta, muñecas.

Estúpido renacuajo gilipollas.

Con el paso de los años conocí a otros escritores, y las andanzas de Chinaski, aunque conservaron todo mi cariño, perdieron parte de su brillo. Eso sí, descubrí a un poeta con mucho más calado del que pueda parecer a primera vista.

Uno de mis poemas favoritos de este hombre es Dinosauria, we, cuyo primer verso da título a un documental que he visto recientemente, y que es el motivo por el que escribo esto. Por cierto, si os interesa, la traducción del poema está en los comentarios de este post, y aquí tenéis el enlace a la película con sus respectivos subtítulos.

En el documental, estrenado en 2003, hay un momento demoledor. Es una entrevista de 1972, cuando Bukowski tenía cincuenta y dos años, aparentaba setenta, y llevaba sólo tres dedicándose exclusivamente a escribir, lejos de ese empleo en el servicio postal americano que tanto llegó a odiar. En un punto de la entrevista, Bukowski se descuelga diciendo que siente ganas de estrellar la cerveza que tiene en la mano contra la cabeza del periodista, y cuando éste, suponiendo que está ante otra de las típicas boutades de su entrevistado, pregunta por qué, el escritor, con más amargura de la que se pueda digerir, se olvida del personaje que tan bien llegó a interpretar y, mostrando una poco acostumbrada fragilidad, confiesa que todo le ha llegado tarde. Los periodistas cargando sus estúpidas cámaras, las jovencitas rubias de coño apretado...

Ese momento, para mí, entronca directamente con el epitafio que decora su lápida, justo encima de la silueta de un boxeador, deporte del que Bukowski era un apasionado. Don´t try. No lo intentes.

¿Para qué intentarlo? ¿Para tirarte años esperando que suene el teléfono? ¿Décadas antes de que tengas una oportunidad? ¿Para acumular decepción tras decepción? ¿Para que una vez allí, te des cuenta de que no hay tanta diferencia entre el sitio donde estás ahora y el que habías ocupado hasta ese momento?

El pragmático pesismismo de Bukowski despierta en mí sentimientos encontrados. Por un lado soy de los que piensan, y aquí no hay negociación posible, que el único camino es intentarlo, porque sería incapaz de vivir preguntándome qué habría pasado si hubiera tenido el valor suficiente. Por el otro, favorece uno de mis miedos más arraigados en lo relativo al intento, que no es la falta de dinero, de comodidad, el hambre, literal y figurada, la soledad, las repetidas decepciones, la frustración...

...sino qué será de mí si cuando lo consiga ha dejado de hacerme ilusión.

Canción de la tarde: Alina, de Arvo Pärt. Porque mientras me pueda refugiar dentro de cosas tan bellas como ésta, importa poco lo mal o bien que me vaya.

miércoles, 16 de febrero de 2011

49-. Asfixia.

Abro los ojos exactamente a las cuatro y cincuenta y siete de la madrugada. Lo primero que escucho es el zumbido de mi ordenador sobre el escritorio, preparado para despegar en cualquier momento.

Me he quedado dormido sobre las dos, pero estoy tan despierto, mis sentidos tan afilados, que podría convencerme de que he disfrutado de una larga y relajada noche de sueño reparador.

No lo entiendo.

Busco en google INSOMNIO + CAUSAS sin estar convencido de que mi trastorno sea ése, no tengo ningún problema en dormir durante las horas de sol. Hay algunas enfermedades que pueden causarlo, como las úlceras de estómago, una actividad desmesurada de la tiroides, la artritis o el asma. Que yo sepa, no sufro ninguna de ellas. No veo escrita por ningún lado la palabra tumor, pero lo que leo acerca de la relación entre el insomnio y las insuficiencias cardíacas o los derrames cerebrales basta para que se me encoja el estómago.

También descubro un nuevo trastorno, llamado síndrome de las piernas inquietas y me reconozco en casa síntoma descrito. Para los hipocondríacos, usar internet es a veces como intentar cortarte las venas con el cuchillo de la mantequilla, una tortura que te aleja de tu propósito cuanto más crees que te estás acercando.

Afuera es de noche. Mientras decido en que ocupar las tres horas que faltan para poder salir a desayunar me entretengo haciendo una pirámide con los filtros de tabaco que hay desperdigados en mi escritorio. Siete en la primera fila, seis en la siguiente, etc. Mi obra se derrumba cuatro veces antes de estar concluida.

Veinte minutos después he terminado de leer la novela que me ha mantenido ocupado estos días, Asfixia, de Palahniuk, y vuelvo a estar en la casilla de salida. Lo leído no ha conseguido mejorar mi estado de ánimo. Trópico de cáncer me espera dentro de mi mochila. Leo la primera página de la introducción como los perros mean en las esquinas, para marcar el territorio, para decirme a mí y al libro que ya lo he empezado, y lo cierro sobre mi pecho.

Oigo la vibración de un aparato. Mi teléfono descansa en la mesilla de noche, me declaro inocente, señoría, y es demasiado pronto para que suene el despertador de Ricard. Facebook me aburre, no me apetece prepararme la sesión del viernes, ni la de esta noche - nota mental: recuerda dormir algo por la tarde, no puedes ir a pinchar llevando casi veinticuatro horas despierto, sabes por qué - y prefiero guardarme el documental sobre Bukowski que tengo a medias para otro momento.

Media hora después he terminado el videobook de Gorka. Pasará a recogerlo esta noche, antes de que yo me largue a Charada a pinchar. No era lo que más me apetecía hacer, es más divertido mirar las uñas de mis dedos a ver si crecen, pero era a lo que menos le faltaba para estar terminado.

Creo que sé cuando empezó todo esto. El día uno de noviembre, día de todos los santos, a las doce del mediodía. Yo volvía de un after cuando mi hermana me llamó para decirme que mi padre acababa de morir de un infarto. Tuve otra época parecida antes, yo tenía diecisiete años y estaba yendo al psicólogo. Mis padres, tan adorables como ilusos, creían que así me iba a curar de algo llamado adolescencia. Según mi psicólogo - me resisto a escribir esta palabra sin la P inicial igual que jamás escribiré güisky o guion sin tilde por mucho que hombres y mujeres mucho más sabios y leídos que yo digan que es lo correcto - sostenía que esos patrones tan extraños en mis horas de sueño eran provocados por mi miedo a morir. Que mi subconsciente se resistía a dejarme dormir por miedo a no volver a despertarme.

Coincidencia no es la palabra correcta, pero es la primera que te viene a la mente.

Decía que sé cuando empezó y por qué, y que mis escapadas ocasionales a lomos de cualquier substancia psicoactiva que se me ponga delante seguro que no ayudan demasiado. He delimitado los factores, la ecuación parece resuelta, que no anulada, pero no puedo evitar pensar que hay algo más que no estoy viendo, algo que no funciona como es debido de la piel para adentro.

Vuelvo del mercado a las diez y media de la mañana, después de desayunar una tostada con tomate y un café con leche, y de haberme aprovisionado de todo lo que transitará del exterior a mi interior esta semana, tabaco incluido. Al llegar, tras meter la compra en la nevera y liarme un cigarrillo, pongo el kid A de radiohead y decido terminar este post. Noto los párpados pesados, el cerebro comprimido, los hombros quejumbrosos, con un poco de suerte dormiré algo antes de la hora de comer.

En la novela de Palahniuk asistimos a la última etapa del proceso autodestructivo de su personaje central. El mundo se derrumba a su alrededor, y él con todo lo que conoce, pero, sorprendentemente, la redención le llega en un giro argumental sublime, cuando acepta que eso es lo que es él, ésa la vida que le ha tocado vivir, y ésos los seres con los que debe compartirla.

"Tengo suficiente educación como para disuadirme a mí misma de hacer cualquier cosa. Para deconstruir cualquier fantasía. Para convencerme de abandonar cualquier meta. Soy tan lista que puedo abandonar cualquier sueño."

Obviamente, algo tan brillante sólo puede ser de este señor, pero pocas veces un puñado de palabras me han pegado tan fuerte.

Como le pasa al personaje de Palahniuk, lo que me rodea tiene poquísimo sentido, y yo parezco una pieza cortada exactamente para encajar de forma milimétrica en este puzzle dado vuelta, pero me repito que entre él y yo hay algunas diferencias, que yo soy un ser funcional, que soy capaz de ir al mercado a hacer la compra, de sentarme y traducir a palabras los fantasmas que tengo dentro, de ponerme detrás de una mesa de mezclas y hacer bailar a quinientas personas durante cuatro horas.

Me pregunto cómo recordaré esta época dentro de unos años.

Canción de esta mañana que para mi será noche dentro de unos minutos: I bleed, de The Pixies. Porque llevo tres días viviendo dentro de esa canción.